jueves, 19 de julio de 2012

Tu calle

Llega un momento en el que el viento deja de agitar las ramas de los árboles. Siempre que llovió, paró. Lo que nunca dicen es que el suelo se quedo empapado. Vas andando por la calle y descubres que la pequeña hoguera que arde dentro de ti ya no te molesta. Que tu cuerpo y tu corazón han encontrado la manera de lidiar con ella. Y añadirla al conjunto de actos vitales que se desarrollan en tu cuerpo. Sigues sin entender nada. Tu vida sigue y sigues pensando en ella cada día, pero con el pecho en paz. Con ademanes tranquilos las perfilas en el aire. Y susurras ya, sin violencia, su nombre cuando sonríes. Ya no hay histeria. Ni miradas perdidas en algún horizonte que ella también podría estar perdiendo. Aprendes a convivir con la desesperacion de tu corazón encogido. Comprendes que no puedes darle la vuelta a tus sentimientos. Que siempre conformarán tu forma de sonreir. De coger de la mano y de besar. Tu paso se vuelve enérgico, porque eres más sabio. Adivinas en las miradas los amores rotos y no correspondidos, los eternos. Sábes cuándo abrazar a alguien. Todo ello lo alumbra la hoguera que ya es parte de ti. La que te abrasa por dentro cuando no la encuentras -a ella- y la que, con destellos firmes, ilumina el camino.

Ya lo dicen, es mejor haber amado y haber perdido, que nunca haber amado. 

Cortázar se desdobla en su lamento peregrino: Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz...Además te quiero, y hace tiempo y frío. 
Borges elige la huída visceral y arrogante: Es el amor. Tendré que esconderme o huir.  

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