jueves, 26 de julio de 2012

CHAU NÚMERO 2



Ella era morena. de cuerpo firme y ojos verdes y grandes. Lucía una sonrisa que atravesaba su rostro como una estrella fugaz. Él era, también, moreno, de ojos pequeños y vivos. Cuerpo esbelto y una sonrisa grande y, a la vez, distante, que parecía que le cubría la cara como un abrazo. Se conocieron una noche en un puerto mediterráneo. Se observaron, el uno al otro, desde que coincidieron en aquel local. Ella agachaba la cabeza y sonreía, siempre en silencio. Él estallaba en carcajadas. Su risa era como el crepitar de una hoguera. Ella se sentía reconfortada cuando le oía reir. Poco a poco, se fueron acercando. Él, estrepitósamente, apartó las sillas. Ella, liviana, se deslizaba entre las mesas tan grácil como una ninfa. Cuando se besaron las campanas sonaron como campanas, como siempre tuvieron que sonar. El viento de tramontana comenzó a jugar entre los pliegues de su falda y los faldones de su camisa, uniéndolos en un ritual arcano y antiguo. El mar estalló y las olas bailaban a la luz del fuego que con ellos ardía.
Aquella noche, la pasión alumbraba las casas de aquel pueblo. Las parejas se miraban cómplices, los matrimonios se acariciaban con ternura. En cualquier pantalán se entregaron el uno al otro. Él, desbocado y ardiente, ella, vibrante y altiva. La noche les arropó con su lecho de estrellas.

Cuando despertaron ninguno encontró rastro del otro. Se buscaron en las calles, en las casas, en el muelle. Se gritaron en acantilados desiertos y escarpados. Se lloraron. Clamaron al cielo por su desdicha. Golpearon el suelo con puños de rabia y lágrimas. Pero nunca más se encontraron. Sólo tuvieron una noche, lenta y majestuosa, para romperse en su mutuo amor, desangrarse. Después, el viento se llevó el nombre de ambos. El mar ahogó sus rostros y las campanas repicaron con sonidos de bronce y distancia.

Sus soledades aprendieron a ostentarse. Aún lloran contemplando el atardecer. Escurriendo recuerdos entre los destellos rojos del ocaso.

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