lunes, 20 de julio de 2015

El brazo de Nelson

La leve oscilación de una voz que lucha por no quebrase. La distancia, infinita, rota por una llamada. El estómago encogido. La ausencia, tangible y despiadada, los últimos consejos. Una mirada perdida. Un suspiro lejano, con razón de ser, el ritmo conseguido. Yo me descubro ante el acero español de hace doscientos años. Y huelo el miedo, el honor, la pólvora y los cañones del San Juan Nepomuceno; el grito de Churruca. Un monumento a la muerte y la gloria. Y en mi interior resuena Millán Astray. ¡Viva la muerte! Pero que sea a tu lado. Me coges de la mano mientras el mundo se desploma y el cielo estalla una madrugada de diario. Los ojos que no me miran y los labios que recuerdan: Ten claras las ideas. Las palabras vienen solas. Mis dedos se despojan del pretexto. El sudor perla mi frente y calculo que, al final, solo queda una opción; a la que siempre se recurre: Seguir.

martes, 14 de julio de 2015

Atardecer de Babieca

Leí, una vez, en la penumbra de un vagón, una despedida emocionada. Un hombre en una habitación ajena apoya con ternura un collar de perlas en la almohada. De su maleta, saca un guante - un sólo guante- y lo abandona, al lado del collar. Despacio, con lentitud medida y plomo en su alma cansada, abre la puerta de la habitación, coloca su maleta al lado de su pie derecho y con la mano izquierda apoyada, aún, en el pomo de la puerta hace una reverencia a un público invisible. Sonríe. Supongo que midiendo con la mirada lo absurdo de su gesto, y cierra la puerta silbando un tango. Un tango de secretos, reproches y amores imposibles. Un tango que todos encerramos en el corazón y del que, a veces, muy de vez cuando, nos permitimos esa destructiva nostalgia que evoca lo que pudo ser y lo que perdimos para siempre. Yo, que soy un señor fantoche, abandoné así una casa. Cerré una época. Me consolé con el "quizá, en otra vida".  Silbaba otra canción, porque era la apropiada; llevaba dos maletas, los dedos manchados de helado y un lastre en el corazón tan obvio que el taxista no hizo preguntas y sólo me regalo palmadas en el hombro. Despedidas, abandonos, oportunidades perdidas, preguntas que sólo tienen como respuesta "quizá, en otra vida". Porque en momentos como éste la tuve entre mis brazos. Las frases acuden a mí como la sangre a la herida, como un amigo que reconforta. Hemingway, Terrés, Cicerón, Márquez, Bukowsky, Murakami, Szweig, el propio Escipión... Se escribe de un lugar después de irte, primaveras antiguas e irrecuperables, la soledad del que parte, el miedo a llegar. Todas esas palabras demoledoras, perfectas, concisas, que te salvan del naufragio. Consejos de alguien que abandonó su casa, o de un exiliado, de un traidor o de un hombre sin patria. De un extranjero o de alguien que, una vez, sintió la melancolía como un derecho propio. Palabras que acompañan, que sirven de bálsamo. Todas esas palabras que saben a pérdida. Palabras en las que te reconoces como en antiguas fotografías; pero que sabes que tienes que dejar atrás. Mañana, supongo, en los albores de un nuevo día me inclinaré, saludaré a ese público inexistente que llevo dentro y me iré silbando, al encuentro de un taxi. Supongo que con el corazón violento, exhausto. Esta noche he de decidir qué canción es la apropiada para esta despedida. O mejor, qué cojones. Si la despedida se ajusta a la canción que no quiero reconocerme, esa que no quiero silbar. Grotesco espectáculo de amaneceres, pérdida, guantes que nunca quise tener y recóndita sombra.

lunes, 6 de julio de 2015

Una cocina en el armario

Mi padre en un pueblo olvidado de Castilla. Huele a trigo y a heno. Lleva unos vaqueros gastados, rotos por las rodillas. Un atardecer imposible, una tarde calurosa. Los campos infinitos rompiendo en el horizonte. El almendro deja caer sus pétalos en una mesa de madera blanca y en el suelo de piedra. En el cielo ruge una batalla de colores y mi padre disfruta de la suave brisa atrapada en la antigua cuadra. La casa de la Labranza, con sus secretos más recónditos. El taller, Pollos Luisito, las bridas de Camarón, la alfalfa, el arnés. El destartalado seiscientos donde hace ya casi diez años grabé mi nombre y la fecha; la promesa de arreglarlo. La antigua Cota Montesa, esa moto que volvió a rugir para mí, una última vez, cuando apenas tenía doce años. Mi padre saca una cerveza del congelador, y abre la puerta que da al patio. La temperatura es agradable y la camisa, manchada, le queda lo suficientemente holgada para que el viento baile dentro de ella. Se sonríe a sí mismo. Por estar ahí. Privilegio vacuo, dirían. Reverte diría que hay atardeceres que te reconcilian con un año de mierda. A mi padre le basta eso para reconciliarse con la vida. Una cerveza, una silla, una mesa, el tacto del suelo -el simple hecho de estar ahí; el eco de los gritos, de los recuerdos, que impregnan cada muro de adobe y hierro. El almendro que plantó sin saber que era; cuando jugaba a las eguas en la loma del castillo; correr descalzo por las calles de ese pueblo que ya le reconocía como uno de sus hijos. Cuando acudía a las escuelas. El sol incendiando la ermita y el cementerio. Sonríe; probablemente recordando las guerras de piedras con Pobladura. O porque la vida le ha permitido, un año más, el simple privilegio de recordar. Recordar rodeado de las paredes que tiñeron sus anhelos, sus sueños y sus derrotas. El lugar al que siempre se regresa cuando te olvidas de vivir. Un lugar donde no existe el reproche y puedes rehacerte ante la atenta mirada de unas almenas que te vieron crecer, correr y ser feliz. Vieron como te emborrachaste con trece años, el último beso sincero o la primera caída en moto. Yo cubierto de arena y sangre. Los ojos encendidos -la vida, una prueba, los golpes del destino. Nota el pecho henchido y el agradecimiento le recorre el cuerpo como una antigua amante; como una vieja cicatriz. Suspira. Completamente en paz, en armonía con el paisaje. Le nace la urgencia en los dedos de compartirlo con alguien. Un impulso le guía para entrar en whatsapp y buscar el contacto de su hijo mayor. Le manda primero un selfie borroso en el que se adivina la sonrisa amortiguada y unos tranquilos ojos glaucos. Una segunda foto del paisaje que contempla y una escueta frase que, esta vez sí, resume en unas palabras el azar, el amor y la nostalgia: Hijo, la verdadera patria es la infancia.



domingo, 28 de junio de 2015

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla

No debería ser tan injusto conmigo. Llevo días preguntándome el funcionamiento de la química en un cerebro y en el cuerpo humano. La teoría del caos sostiene que no hay nada más errático que el corazón. Nada más aleatorio. Nunca late igual, se acelera, se ralentiza. Todo provocado por reacciones exteriores. Imágenes captadas por los ojos, una caricia, un beso, un comentario, una canción, un sabor, un recuerdo. Situaciones que generan un impulso eléctrico en el cerebro. Éste segrega algo. ALGO. La maquinaria se engrasa, se pone en marcha y genera en tu cuerpo la sensación de pérdida. De ausencia. Y luchas, claro que sí. Porque tienes que prestar atención en una reunión. O porque a un amigo no le han cogido en CBRE y está jodido. Porque es domingo, porque es lunes. Porque hace sol y la brisa que rompes con la moto es agradable y nadie merece el dolor que te incendia el pecho. Luchas porque es lo lógico. Pero a veces la situación no es la idónea, y hay demasiado silencio o poco curro y te da tiempo a pensar o te pierdes en conversaciones que no te interesan. Tu mente se extravía en recuerdos que atesoras sin querer. Aparece el problema de la memoria. Recordar del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón. Conexiones neuronales férreas y nostálgicas. Un terrible privilegio. Otro sería ser inmortal, por ejemplo. Presenciar una quema de libros. Juzgar a criminales. Contemplar la explosión de una estrella. Por ejemplo. O tener demasiada memoria. Ese regalo envenenado en forma de pasado, de camino de regreso. Química al servicio de los recuerdos. El terrible don otorgado por la perra de Mnemósime. Hay cosas que deberían poder olvidarse; arrancarlas y lanzarlas lejos. Pensaba en ello mientras subía Julián Romea. Con un dolor llenándome el pecho tan real como si alguien me hubiera pegado un tiro a bocajarro en los pulmones. La resaca, otra vez, como siempre, taladraba mi cabeza. Hace calor, voy en pantalones cortos y llevo un casco en la mano. Sonrío aún borracho preguntándome como soy tan notas de llegar a casa sin moto pero con el casco. Recuerdo entre fogonazos de recuerdos tu mirada de interés -o de lástima, quién sabe-; recuerdo también mi mano buscando tu brazo. Pero voy más allá. Me remonto semanas, años, eones y llego a la calle Huertas. Tú mirándome con los ojos encendidos y yo comprándole un anillo a un indio en vez de rosas. Anillo con el que después me declararía; con el que después, con el guión robado de una película, te pedí con una rodilla en el suelo que te casaras conmigo: Te aseguro que habrá momentos difíciles, te aseguro que habrá días en que alguno de los dos o los dos tengamos ganas de dejarlo. En medio de un paso de cebra, con una tía alucinando al cruzarse con nosotros; preguntándonos si podía hacer una foto. Ese día, me acuerdo con una maldita perfección que duele como si quemase, nos quedamos dormidos en un parque, llevabas unos pantalones vaqueros cortos, una camisa blanca y los labios pintados del color de las cerezas en primavera. Me acuerdo que lo pensé y que fliparías si te lo hubiese dicho. El mundo gira y vuelvo a mi moto, a Julián Romea, y al calor sofocante de domingo desesperado. Vuelvo a mi resaca. A la ausencia que crea mi cerebro y a los recuerdos desordenados que me asaltan sin concederme ninguna tregua. Agito la cabeza como si pudiese alejar la memoria físicamente, desorientarla. Pero las imágenes me envuelven, me cortan, se ríen de mí. Una biblioteca, un banco, un coche, el eco de una tienda de vestidos de boda, una piscina, una noche de verano, una noticia, miradas, unos dedos rozando mis labios, una llamada, la risa llenando una mañana, un paseo, frases de disculpa, un amigo, una pregunta, millones de respuestas, silencio atronador, una sonrisa inquieta; calles, nombres propios, restaurantes e impotencia. Me abandono un segundo más, el último, al torrente de recuerdos que irrumpen neuronalmente en mi cerebro, y me resigno. Sonrío con lástima y recuerdo el tacto del suelo, el leve desnivel de las líneas de aquel paso de cebra, el casco en una mano –la moto era de Maik-, la noche inquieta, las luces del Paseo del Prado. Tu mirada brillante, la ilusión ardiendo en tu sonrisa. La cabeza inclinada hacia mí, la cascada de tu pelo en los hombros desnudos. Yo ofreciéndote un anillo. Ofreciéndote mi desvelo, mis palabras y mi futuro. Rompiendo un destino que siempre ha buscado para nosotros caminos alternativos. Pero también te aseguro que si no te pido hoy que te cases conmigo, me arrepentiré el resto de mi vida. Vuelvo a Julián Romea y una extraña convicción me invade. Es la última vez, me digo. Como si supiera de qué hablo. Lo digo en alto, con firmeza. Arranco la moto, acelero y dejo irremediablemente atrás el nítido recuerdo de mi pérdida. Abandono. Huyo de tus ojos, de mi derrota. Avanzo para no seguir perdiendo. Para no seguir recordando. 

lunes, 15 de junio de 2015

Como quien pierde una batalla, las llaves de casa o la esperanza

En 1875. Unos meses tras la vuelta del exilio de Alfonso XII, en junio, en una casa en una plaza, lidiando con la brisa vespertina y con su corazón crepitando, una mujer suspiraba de amor y lloraba certezas. Abrazaba las sábanas como quien se aferra a la esperanza. Pero un vacío le llenaba el estómago y los pájaros no cantaban con júbilo. Una procesión lenta y desoladora le cruzaba el pecho. Cerraba los puños en una impotencia amarga y profunda; y, de vez en cuando, lograba deshacerse del desamparo gritando de una manera primitiva y gutural. Te amo por ceja, por cabello. Gritando, enferma de amor roto. Él era escritor y soldado; experto en miradas esquivas y silencios impertérritos, prestidigitador de sonrisas. Soñador caído y boca ausente. Cuando se desnudaba dejaba un pequeño machete en la mesilla. Un bowie.  “Por si al despertar llueve o nos disparan”, decía. Y ella moría en su sonrisa lejana. Sus ojos evocando un paisaje que sólo le pertenecía a él; y ella no podía salvarle. Te debato en corredores blanquísimos de luz. Ella era huérfana, heredera de una pequeña fortuna. Su casa tenía techos altos, pasillos largos y recuerdos lejanos. Un sillón donde su padre le contaba historias. La alfombra donde se derramó, una tarde de sábado, el té. Los vestidos de su madre. Las cinta de pelo. Fantasmas de cuando fue feliz. Te discuto a cada nombre. Él abandonaba la cama de madrugada, en silencio, con agilidad felina. Contemplaba cómo ella dormía y murmuraba frases de disculpa mientras sentía las punzadas del remordimiento lacerando su estómago. Te arranco con delicadeza de cicatriz. Siempre dejaba la flor que llevaba en el ojal en su lado de la cama. Como un regalo, como una disculpa o como un pretexto. Como una promesa o un amanecer violento. Su corazón había perdido tanto que latía de manera involuntaria, errático, señor del caos. Sus manos habían sesgado demasiadas vidas. Había gritado miedo; llorad0 rabia y desolación. Voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago. Ella no merecía sucumbir en su nostalgia. Perderse en su soledad. Cánovas del Castillo escribía una nueva constitución para un país deshecho; para una monarquía en declive. Él escribía para olvidar. En sus palabras la melancolía de lo que podrían haber sido. Y cintas que dormían en la lluvia. Él decía que la muerte era una traición. Un castigo. La última injusticia de la cruel naturaleza humana. Una vez ella le preguntó cómo él intentaba evitarla. A la dama oscura de la guadaña rota. Él se perdió, como tantas otras veces, en un silencio particular e inabarcable, contumaz y perfecto. Con la mirada evocando fantasmas. Pero volvió de pronto. Como quien emerge de un naufragio. Con los pómulos encendidos. Con la convicción, victoriosa, en sus ojos. Además te quiero, y hace tiempo y frío.“Escribiendo más”, dijo. Se cayó el cielo y se inundó su mundo. Y ella se dio por perdida en la rabiosa inmensidad de su sonrisa sincera.  

lunes, 1 de junio de 2015

Leíste sus cartas borracho, lloraste y, al día siguiente, en tus ojos brillaba su nombre desgastado

Decían, en su prólogo, que Ulises era algo más que una novela. Decían que era la puesta en escena de la mente humana. El torrente de ideas que nos asalta. Las emociones, la relación entre los estados de ánimo, una sonrisa o una gesto. El complicado proceso creativo. Explosiones neuronales. Unir conceptos con sensaciones. Imágenes con nostalgia. No sé si es el alcohol, la resaca o la mezcla de varias decisiones lo que consigue que los domingos me crea Joyce. Alguien capaz de inventar mundos para la melancolía, para unos ojos que te observan sorprendidos o para la acción de mirar el móvil esperando una respuesta. Para cosas que sí. Mamarse de día como privilegio. La soledad del cazador. Una historia de arrabales y sentimientos no correspondidos. Amor arrollador. París. Cada vez más presente. Con el Pont Neuf, Julio Cortázar mirando al cielo y la isla donde quemaron a Jacques de Molay. Su maldición. El arrullo del agua. El sol titilando en su superficie cambiante. La plaza de la Concordia. El río de la vida de Renoir. Gabo, regalándole el crepúsculo a su amor imposible. En París, otra vez París. Antes de volver a buscar a Beatriz. Antes de volver a Macondo y recuperar la vida que siempre había querido desperdiciar. La memoria al servicio de la desesperación. Humbert se convirtió en ese poeta involuntario. Necesitaba las palabras para encontrar la cordura. O para deshacerse de esa pasión que sólo le llevaba a calles cortadas. Quien sabe. Dolores intuía en sus ojos grises el fuego en el que ambos se consumían. Los errores no se equivocan. 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. 

Fracasa mejor. Que nadie te robe ese derecho; esa certeza. Aunque esa mujer -o tu jefe, o un amigo- te quite el sueño, la sonrisa y los libros. Perder es la victoria. Cada error, cada desengaño te acerca, de una manera inexorable, al centro de ti mismo. En lo más recaído de la derrota siempre, siempre, hay algo que pugna por levantarse. 

Aunque nada tenga sentido al final, lo importante, siempre es el ritmo. La secuencia de las palabras. El polvo del camino, las cicatrices plateadas y una mirada firme que nunca duda. Que sabe lo que quiere. 

Cómprate otros libros. Sonríe. Duerme. Escribe. Pon música. Baila. 

Enamora a Lolita. 

lunes, 25 de mayo de 2015

Como sería

Inteligente, taciturna, natural, distante, vivaz, callada; con ese aire bohemio que a veces te nubla los ojos. La voz rasgada. Una sonrisa de gata y un pelo ideado para bailar al viento de la sierra de Tramuntana. De risa fácil pero complicada. De música eterna. Impertérrita y sarcástica. De lado. Que intuye por donde voy. Aun así en tus ojos la sorpresa, la duda, la indiferencia. La melancolía en unos pasos que siempre te llevan a un lugar donde no hacen falta las palabras. Te hago eterna en palabras que nadie leerá. En el ideal difuso del que están hechas las quimeras. Si no hubiese tanta distancia, tanto mundo y el mar, quizá. Ese quizá. Como tantos otros. Te perfilo de esta manera porque me preguntaron que como sería. Ella. La que lograría robarme los sentidos y las ganas. Hoy he leído un artículo de La Central y he pensado que te encantaría. Te llevaría ahí una tarde de lluvia. Como si llegáramos por accidente. Como si el destino hubiera tejido el caprichoso camino de esa manera. Te llevaría ahí para que te perdieras en sus libros. Para que en tus ojos brillara la excitación contenida. Y que yo pudiera observarte a escondidas mientras acaricias el lomo de tantas palabras y te pierdes en las historias que ya leíste. O te inventas las que aún persigues. Recuerdo cómo te perdías en Babel. Cómo entrabas y te olvidabas de mí, de José Luis y del mundo. Volvías con libros para los que siempre tenías una historia. Uno fue India, otro la Costa Oeste. Otro un día en la playa con viento. Te interrumpías, confusa, al ver mi sonrisa y me llamabas idiota con ese tono. Con. Ese. Tono. El mismo con el que me reconoces que fuimos un poco novios. El mismo con el que te ríes al recordar El graduado, La gran belleza y Twin Peaks. Vaya mierda de serie. Era demasiado fácil. Y nuestra conversación, la de ayer, la de tu cumpleaños, lo demuestra. Tengo curiosidad. Tan fácil y tan extraño. Tu voz a cientos de kilómetros y yo sonriendo olvidándome en tu recuerdo. Con el dolor de la distancia aferrado a las palabras de Galeano. No puedo dormir, tengo una mujer atravesada en los ojos. Si pudiera, le pediría que se vaya. Pero tengo una mujer atravesada en la garganta.