domingo, 6 de julio de 2014

Lo siento tronqui

Fue un sábado de semáforos rojos y puertas cerradas. Y lo siento. No llovía, pero el aire llevaba implícito las notas amargas de un noviembre. Como cuando andaba por aquella calle pensando en ti, arropado por el color teja de las hojas que alfombraban las aceras. Escribí algo sobre eso. De tu ausencia y mis rodillas. Tu ojos, ayer, relucían. No te mordías los labios y palpitabas a otro ritmo, en otro día, en distinta estación.

Que quieres que te diga. No soy tan listo. No lo entiendo. Ni tu mirada, ni la distancia, ni el sonido desgarrador, definitivo, de tu silencio. 

lunes, 9 de junio de 2014

Cincuenta y nueve

Puede que tengas razón. Y puede que sea uno de esos tíos de pecho ancho y corazón rotundo. Y que mis ojos esconden más de lo que sonrío. Sí. Pero es verano. Es verano, joder. Y te pones una falda negra apretada y cruzas las piernas como quien intercambia disparos. Me miras con tus ojos de tesoro oculto y te muerdes el labio mientras le pides a la camarera cosas que no entiendo. Ni quiero. El mar rompe en las rocas y la vela nos alumbra lo justo para ver cómo sonríes cuando te digo –ruego- que te cases conmigo. Subimos las escaleras y me coges del brazo. Y andas mirando al suelo, como calculando el siguiente paso y el próximo beso. Me abrazas, desgraciada, me abrazas con desesperación. Como abandonándote al sentimiento. Como si no hubiera gente y volviésemos a estar en aquel mirador. Tan solitario y tan nuestro. Me sonríes, borracha, y me miras como si fuese de mentira. Me susurras cosas a las que nunca te has enfrentado. Y sale tu miedo y vuela tu risa. Me besas y el cielo se cae en nuestros estómagos; que desde el principio de la noche ya no eran nuestros. Kiko aplaude y la noche, ya cálida, nos empuja a acercarnos. A mezclar latidos. A sonreír de cerca. 

Pero he de marcharme. El aeropuerto es el patíbulo de Marat. Un sótano de la NKVD. Mi inquisición. Dejamos el coche en minusválidos. Porque tengo prisa y un temblor tan decidido que te lo contagio. Nos miramos con relieve y, al contacto, cerramos los ojos; para hacer la despedida más atemporal, más lejana. Te doy la espalda y tu me miras. Con los labios apretados y un grito en los pulmones. 


Te desinflas, me giro y la ternura se vuelve material. 


Sonrío, me miras y, sin remedio, se queda una parte de mi, contigo, en esta maldita e inescrutable isla. 



jueves, 22 de mayo de 2014

Me han tirado de itau

Últimamente mi vida amorosa se resume en la de mis amigos. Vivo de las relaciones a través de ellos. Me escriben desesperados: ¡qué le pongo! ¡yo sólo quiero quedar a tomar cañas con ella! Yo me descojono, claro. Por una parte, me dan envidia. No hay nada como el principio de una relación. Los juegos de miradas. Las manos que tiemblan. El corazón que te estalla en el pecho. Sonreír por la calle escribiendo en el móvil. Absorto, ajeno al mundo que no sea ella y su risa. Pero por otro lado existe la angustia, las miradas perdidas y los suspiros. El ¿me querrá?, ¿pensará en mi como yo pienso en ella?. Las dudas y el desconsuelo. Sobre todo si esa ilusión, si toda esa alegría, todo ese pecho descontrolado, no es correspondido. Eso es lo jodido.

Entonces vienen los paseos. Las vueltas en coche. Con la cabeza un poco agachada, como si hubieras recibido un ostión. Y en el fondo es lo que has hecho. Te has tirado desde un tercer piso gritando su nombre. Y ella no lo evitó.

Siempre hay amigos con mirada rota. Tienen su Sofonisba particular. Su Amelia. Su Beatriz. La quisieron tanto que ahora sólo pueden odiarla. Yo incluido, a ver quien cojones me creo. Y dan consejos simples y duros. No se enternecen. En sus palabras vibra el dolor que tuvieron que superar. La derrota. Los y sis les -nos- emboscan en cada madrugada. En cada beso robado. En cada piel que no es la suya.

Pero llega un momento en el que sales del trabajo. Te quitas la chaqueta y conectas el móvil a la radio. Siempre me he considerado un tío que se levanta sólo. Y que no necesita a nadie para quitarse el polvo, lamerse las heridas y gritar. Quizá a mis amigos, pero sólo en noches frías. Es como lo de se dieron la mano a pesar de la gripe. Tonterias. Soy de coche, ventanillas bajadas y música.



Hay veces que sí, joder. Y hay veces que no. Decidí, hace mucho, que no se puede estar con alguien con quien  discutes en el coche. Los silencios, en el coche, son demasiado reales como para malgastarlos. Y la complicidad de verdad, la seria, la de mirarse y temblar, está ahí. Escondida en el viento que te hace sentir escalofríos. Lo -las- demás, son como las farolas de Tracy Chapman. Las vas dejando atrás.

jueves, 24 de abril de 2014

Borradores

Tenía unas piernas infinitas, ojos de almendra y olía a frontera. Ella me enseñó a escribir. A Bukowski le enseñó su padre pegándole con una correa de cuero. Le enseñó a decir exactamente lo que quería decir. Le mostró el dolor sin sentido y cómo combatirlo con palabras. A mí me enseñó ella. Me destrozó la sonrisa en toda la gama de colores, en cada una de las cuatro estaciones y en dos o tres países. Aunque no era justo. Aunque lloviese. Me enseñó cómo escuchar frases que no quieres oír. Me obligó a refugiarme en mis dedos y en las palabras. Aprendí -con ella enroscada en mis sábanas- a parapetarme detrás de los teclados y de la prosa poética. No era exactamente decir lo que quería decir. Se podría comparar con una válvula diferencial de presión. Una balanza que igualaba la rabia y la cordura. Se marchó sin mirar hacia atrás. Rompiendo con mis manos y traicionando sus promesas. Sin remordimientos. Me acarició la cara, me dio un beso en la mejilla y, mientras yo cerraba los ojos para sentir el contacto de su piel, se desvaneció en mis recuerdos. Y ahora arde en mi pecho los domingos de resaca. Se ilumina en mis ojos e inunda mi memoria, pintándolo todo de un azul nostalgia demasiado devastador para mis lágrimas.

La vuelta al día en ochenta mundos

Hoy estaba en el trabajo escaneando un estructurado Daimler. Y como es largo de pelotas me he quedado empanado –para variar- mirando por la ventana. Y en la acera de enfrente, tras un muro, había un niño y una niña, de unos dieciséis años, besándose. Lo sé , soy un pervertido, pero me ha hecho gracia. Me parecía tierno. Observaba como se comían a besos. Y cuando paraban se sonreían. Como con vergüenza. Incluso culpa. Pero volvían a sumergirse en abrazos infinitos y besos de película. Y no sé. Para variar me ha entrado nostalgia. Nostalgia de la buena. La del capullo de Borges. Y me he puesto a pensar en mis dieciséis años. En cómo descubrí el olor de la piel de una mujer en mi ropa. De La Mujer. Me he puesto a pensar en los besos largos que nos dábamos. En cómo se reía y cómo se sonrojaba. Supongo que seríamos lamentables. Dos niños jugando a quererse. Inventando futuros juntos que probablemente no durarían más de un curso. No sobrevivirían un verano. Y sí, me he levantado después, para volver a mirar por la ventana. Había un tío hablando por teléfono y no he podido mirar sin que el otro flipase. Después, ya se habían ido. A hacer deberes de mates, supongo. O de cono. O de filosofía. Que guapo.

No sé. Me he quedado con ganas de sentarme con el niño –por la parte que me toca y conozco- y contarle lo que siento. Lo que sentía. Pero supongo que se la pela. Y no tengo hermanos tan pequeños pero si un folio en blanco. Le habría dicho, yo que sé, que grabase esos besos en su cabeza. En su memoria. Aunque supongo que no hace falta. Esos besos te arden siempre por dentro. Los primeros. Le habría dicho que tuviese conciencia de ser joven y afortunado. Alguien te mira con ojos brillantes –aún- y te sujeta la cara entra las manos. Y no estás gordo y más o menos apruebas en el colegio. El amor te consume por dentro y ya es primavera. Aunque hoy llueva. Aunque Márquez ya no esté aquí para volarte los pájaros que tienes en la cabeza. Le miraría a los ojos y le pediría, que guardase en recovecos de su alma la alegría que ahora le inflama. Y que haga  de ese sentimiento su manera de vivir. Ilusión para cada día. Le diría que algún día fracasará –como lo hacemos todos- y que tendrá que recurrir a su nostalgia. A su rabia. A sus pulmones encharcados, para seguir adelante.

Supongo que me miraría diciendo: pero y este pollo que mierdas me cuenta. Y tiene razón. Yo tengo dieciséis años y me viene un tío con barba y de traje a soltarme esto y flipo. Probablemente llorase. Pero también creo que se me habría quedado guardado en la memoria. Como uno de esos recuerdos que a veces te asaltan, de repente. Tengo un par de esos. El del yonqui que un día en el autobús – en el 134- me dijo: estudia, tío. No acabes como yo. La afirmación de Talleyrand: la traición es una cuestión de fechas. Y las palabras de la madre de esa tía, que con dieciséis años, me trastocó el corazón: si duele, es porque estás viviendo.  

domingo, 30 de marzo de 2014

Que mas da de donde vengas si estás aqui

Me jode reconocerlo pero ya no quieres ser tango. Quizá, por un tiempo sí. Quizá, por un tiempo, el silencio entre los compases cautivó tu alma salvaje. Puede, incluso, que consiguieses serlo. Un tango. Puede que lo sublime de la música alcanzase tu luz. Me he pasado demasiado tiempo en ciudades que creía equivocadas. Y he tardado aún más en darme cuenta de que el mar y las estrellas son un bálsamo involuntario. Hielos que crujen en un vaso olvidado. Porque tu eras mi Itaca. Y todos los viajes que hice, todos los kilómetros y todos los cabeceos involuntarios de cansancio era para poder, Penélope, abrazarte, al menos, una última vez. Tengo las manos cansadas de intentar asirte en un viento que te evoca. También, mi alma está cansada de esta tempestad -siempre- primaveral. Urgente. Prematura. Y tengo mis labios troceados en tantos deseos que no me queda carne suficiente para poder besarte. Mis pulmones, donde mora mi nostalgia, se han bañado de alcohol y de ansia. Y ya no hay ojos ni sonrisas que logren estremecerme. Aunque haga frío y te haya tenido que dejar mi abrigo. La desesperación ha desaparecido de mis madrugadas. Y todo es más lento y hay más luz y tengo más tiempo. De vez en cuando, acaricio una espalda y mis dedos recuerdan el olor a jabón en tu piel. El perfume de tus rizos. Pero todo es efímero y acaba en una sonrisa cansada y en mis pasos deshaciendo un camino ya imposible. Porque la esperanza ya no es una bandera sino un pretexto. O lo fue. Y he aprendido a ignorarla. La música me invade y no te necesito para inventarme. Hay más corazones, más miradas, más atardeceres y tengo el valor de perseguirlo. Tengo la certeza de que el fuego que me destruía se ha convertido en arpegios de un tango que ya no bailo.Que ya no bailamos. Un tango que nunca fue nuestro pero que utilizamos para queremos nuestro antojo. En todos los soportales de tus ojos. La húmeda brisa de un amanecer te dirá, algún día, que mientras tu creíste en mi, yo seguí luchando. Pero ya es de noche y hace frío. Hay pasillo bañados de una luz imposible. Hay vino y promesas. La necesidad se ha vestido de amor y, en un balcón, hay un futuro que espera el coraje de afrontarlo.

domingo, 16 de marzo de 2014

Compadezco a los hombres cómodos y resignados que no se dejaron arrastrar por un amigo, por una mujer hermosa o por una aventura descubierta en un libro.

Estábamos destinados a devastarnos. Se está bien aquí. Supongo que esta es una noche como otra cualquiera. De cualquier modo, la temperatura es perfecta y el vino que nos sirve el camarero indio me hace recordar otros mundos. Otras épocas. Puede que, después de todo, no sea una noche normal. Se puede oir, a lo lejos, los sonidos de la selva por la noche. Animales llamándose en la oscuridad. Si agudizan el oído, caballeros, puede escuchar a los cachorros de tigre rugir. Siempre he pensado que esta veranda, la terraza del hotel Cort, huele a misterio y a aventura. ¿Que porqué volví? Bueno, siempre hay muchas razones. Siempre hay pretextos. Pero si buscan entre las palabras, si vuestros ojos son expertos, podrán intuir, en cada decisión, el nombre de una mujer. En mi destino y en el de cualquier hombre. Ahora, ha pasado ya tanto tiempo que puedo recordar sin rabia. Puedo evocar aquel invierno que cambió mi vida. Si ven que la melancolía tiñe las notas de mi voz, no se inquieten, pues es exactamente eso. La nostalgia asaltándome utilizando arietes de recuerdos hechos palabra. Como he dicho, estábamos destinados a rompernos. No fue una relación cualquiera, o tal vez sí. Los recuerdos tienden a magnificar los sentimientos. Las miradas son más profundas en las tardes donde llueve y sientes un vacío en el pecho. Probablemente, éramos dos jóvenes jugando a quererse en una ciudad desierta. Ella olía...¿cómo olía? No sé si puedo describirlo. Sería injusto sólo dedicarle un par de adjetivos. Una vez me llevó a un mirador abandonado. El mar no se podía abarcar con los ojos. Si te asomabas, el vértigo te invadía y el miedo te atenazaba el estómago. Así olía. Cómo una mañana de mayo. Como la esperanza. No se rían. Llegué a quererla tanto que, a veces, me dolía el pecho. Es lo que tiene ser joven y tener un corazón desbocado. Cambió el significado de suspirar. Ahora, en esta distancia, en esta letanía, en esta noche, aún la extraño. Recuerdo sus ojos y un nerviosismo acude a mis manos. Hoy, a pesar del tiempo, de los cuerpos de otras mujeres; a pesar del alcohol, de las lágrimas y de los amigos; hoy, a pesar de estar con ustedes, contándoles este sermón de viejo abatido; hoy estoy sólo y sigo suspirando por mujer que estaba destinada a devastarme. Y aún hoy, si se fijan, caballeros, si sus miradas son expertas, y su corazón tiene esas cicatrices plateadas, no consigo recordar sin rabia.