martes, 29 de julio de 2014

Y los submarinos surcaban, los charcos, inadvertidos. Seguros de la incredulidad de los niños

Siempre le pasaba lo mismo. El coche, de alguna manera, encendía su alma y los recuerdos. El aire que se colaba por las ventanillas era caliente y denso. Y se sentía como el último hombre del mundo. Como Ojo de Halcón. Pero esta vez fue diferente. El sudor le corría por la espalda y resoplaba cansado. Una sonrisa se perfilaba en su rostro. Pretendía ducharse en el gimnasio pero, desde el principio, algo le decía que no lo haría. Y así fue. Condujo, distraído, libre, hacia su casa. Y llegó de buen humor. Abrió la puerta decidido, con el corazón sin nudos. Abrió la bolsa de deporte y la miró, profundamente, durante algo más de un segundo; consciente de cada bocanada de aire. Sacó la toalla y la dejo en su armario, y se sintió ligero. Sacó el champú y lo dejo en el baño. Y desandó el camino con más fuerza, con un extraño brillo en los ojos. Por último, volcó lo que quedaba en el cesto de la ropa sucia y dejó, apartada, la bolsa de deporte en una esquina.

Se miró al espejo, deleitándose en cada rasgo. En cada ola que le surcaba los ojos.

Y se miró las manos, cerró los ojos y soltó un largo suspiro.

Se había olvidado de ella.

Ahora que vamos despacio

Supongo que te debo algo.
Si no, no sentiría esta presión tan necesaria en el pecho. Algo especial. algo que, si algún día leyeras, te llene de orgullo.
Y es verdad, siempre he dicho que cada persona tiene su momento. Que hay gente que se queda, otra que se va y otra que se queda de una manera intermitente. Palpitando en tu vida de una manera ilógica. Pero tú no. Cabrón, tú no. Fuiste scipio y máscara.
Fuiste mirada profunda, coca-cola como alegría y sonrisa. Ojos cerrados y viento en la cara.
Espero que nunca leas esto porque me daría vergüenza, pero que cojones, me he engrasado los dedos y hacia mucho que nada me aferraba el corazón.
Toda la música que me has enseñado fluye por los pasillos de mi casa. Y hoy, aquí, ahora, con los ojos cansados y el estómago atenazado te construyo la pira que algún día merecerás. No me cabe la menor duda.
Ambiguo, creo que así te definiría. Creo. Si pudiera dibujarte serías un cubo y una pala en una playa desierta. Un cielo oscuro pero que deja que los rayos de sol atraviesen, de vez en cuando, sus negras nubes. Un payaso sentado en una oficina, concentrado, que cuando le miras te devuelve la mirada y sonríe.
Eres tan único como un amor de verano. Tan raro como la sinceridad.
Eres el violín - de un minero, por ejemplo- brillando en el último bar del oeste. Eres silencio y palabras.
Creo, no te rías, que eres mi milagro.

Crea Capital

No sé que ha pasado con todo lo que he escrito hasta ahora. No lo encuentro. Lo he ido dejando en cajones, en bandejas de salida olvidadas. Frases garabateadas en folios proscritos. Epílogos de libros no impresos. Letras de canciones sin una melodía concreta. La tristeza -o la felicidad- hecha literatura en la contraportada de alguna revista. Y joder, de verdad, casi no lo recuerdo. Pero se lo merecen.

No sabéis como me empapo de estos momentos para pasar cada semana. 

Lo escupe, casi con rabia, con la mirada perdida en los árboles que desaparecen veloces tras el coche. La música se escapa, mezclada con el viento, por las ventanillas. Y todo es silencio, remordimientos y ojalás. Entonces la mirada cómplice aflora, la sonrisa estalla. Con todos sus dientes. Una palmada cansada en el hombro, teñida de una resaca que parece eterna. Las montañas, verdes, nos roban, de alguna manera, el cansancio. Y el cielo agoniza y todos, impertérritos, seguimos sin pronunciar ningún sonido. Ese silencio cómodo, resignado y tenaz.

Entonces, lo sabes.

En el sudor de O Cebreiro. En una noche en Cañadío. En el viento de tramuntana.

Sabes que ellos son eternos.

domingo, 6 de julio de 2014

Lo siento tronqui

Fue un sábado de semáforos rojos y puertas cerradas. Y lo siento. No llovía, pero el aire llevaba implícito las notas amargas de un noviembre. Como cuando andaba por aquella calle pensando en ti, arropado por el color teja de las hojas que alfombraban las aceras. Escribí algo sobre eso. De tu ausencia y mis rodillas. Tu ojos, ayer, relucían. No te mordías los labios y palpitabas a otro ritmo, en otro día, en distinta estación.

Que quieres que te diga. No soy tan listo. No lo entiendo. Ni tu mirada, ni la distancia, ni el sonido desgarrador, definitivo, de tu silencio. 

lunes, 9 de junio de 2014

Cincuenta y nueve

Puede que tengas razón. Y puede que sea uno de esos tíos de pecho ancho y corazón rotundo. Y que mis ojos esconden más de lo que sonrío. Sí. Pero es verano. Es verano, joder. Y te pones una falda negra apretada y cruzas las piernas como quien intercambia disparos. Me miras con tus ojos de tesoro oculto y te muerdes el labio mientras le pides a la camarera cosas que no entiendo. Ni quiero. El mar rompe en las rocas y la vela nos alumbra lo justo para ver cómo sonríes cuando te digo –ruego- que te cases conmigo. Subimos las escaleras y me coges del brazo. Y andas mirando al suelo, como calculando el siguiente paso y el próximo beso. Me abrazas, desgraciada, me abrazas con desesperación. Como abandonándote al sentimiento. Como si no hubiera gente y volviésemos a estar en aquel mirador. Tan solitario y tan nuestro. Me sonríes, borracha, y me miras como si fuese de mentira. Me susurras cosas a las que nunca te has enfrentado. Y sale tu miedo y vuela tu risa. Me besas y el cielo se cae en nuestros estómagos; que desde el principio de la noche ya no eran nuestros. Kiko aplaude y la noche, ya cálida, nos empuja a acercarnos. A mezclar latidos. A sonreír de cerca. 

Pero he de marcharme. El aeropuerto es el patíbulo de Marat. Un sótano de la NKVD. Mi inquisición. Dejamos el coche en minusválidos. Porque tengo prisa y un temblor tan decidido que te lo contagio. Nos miramos con relieve y, al contacto, cerramos los ojos; para hacer la despedida más atemporal, más lejana. Te doy la espalda y tu me miras. Con los labios apretados y un grito en los pulmones. 


Te desinflas, me giro y la ternura se vuelve material. 


Sonrío, me miras y, sin remedio, se queda una parte de mi, contigo, en esta maldita e inescrutable isla. 



jueves, 22 de mayo de 2014

Me han tirado de itau

Últimamente mi vida amorosa se resume en la de mis amigos. Vivo de las relaciones a través de ellos. Me escriben desesperados: ¡qué le pongo! ¡yo sólo quiero quedar a tomar cañas con ella! Yo me descojono, claro. Por una parte, me dan envidia. No hay nada como el principio de una relación. Los juegos de miradas. Las manos que tiemblan. El corazón que te estalla en el pecho. Sonreír por la calle escribiendo en el móvil. Absorto, ajeno al mundo que no sea ella y su risa. Pero por otro lado existe la angustia, las miradas perdidas y los suspiros. El ¿me querrá?, ¿pensará en mi como yo pienso en ella?. Las dudas y el desconsuelo. Sobre todo si esa ilusión, si toda esa alegría, todo ese pecho descontrolado, no es correspondido. Eso es lo jodido.

Entonces vienen los paseos. Las vueltas en coche. Con la cabeza un poco agachada, como si hubieras recibido un ostión. Y en el fondo es lo que has hecho. Te has tirado desde un tercer piso gritando su nombre. Y ella no lo evitó.

Siempre hay amigos con mirada rota. Tienen su Sofonisba particular. Su Amelia. Su Beatriz. La quisieron tanto que ahora sólo pueden odiarla. Yo incluido, a ver quien cojones me creo. Y dan consejos simples y duros. No se enternecen. En sus palabras vibra el dolor que tuvieron que superar. La derrota. Los y sis les -nos- emboscan en cada madrugada. En cada beso robado. En cada piel que no es la suya.

Pero llega un momento en el que sales del trabajo. Te quitas la chaqueta y conectas el móvil a la radio. Siempre me he considerado un tío que se levanta sólo. Y que no necesita a nadie para quitarse el polvo, lamerse las heridas y gritar. Quizá a mis amigos, pero sólo en noches frías. Es como lo de se dieron la mano a pesar de la gripe. Tonterias. Soy de coche, ventanillas bajadas y música.



Hay veces que sí, joder. Y hay veces que no. Decidí, hace mucho, que no se puede estar con alguien con quien  discutes en el coche. Los silencios, en el coche, son demasiado reales como para malgastarlos. Y la complicidad de verdad, la seria, la de mirarse y temblar, está ahí. Escondida en el viento que te hace sentir escalofríos. Lo -las- demás, son como las farolas de Tracy Chapman. Las vas dejando atrás.

jueves, 24 de abril de 2014

Borradores

Tenía unas piernas infinitas, ojos de almendra y olía a frontera. Ella me enseñó a escribir. A Bukowski le enseñó su padre pegándole con una correa de cuero. Le enseñó a decir exactamente lo que quería decir. Le mostró el dolor sin sentido y cómo combatirlo con palabras. A mí me enseñó ella. Me destrozó la sonrisa en toda la gama de colores, en cada una de las cuatro estaciones y en dos o tres países. Aunque no era justo. Aunque lloviese. Me enseñó cómo escuchar frases que no quieres oír. Me obligó a refugiarme en mis dedos y en las palabras. Aprendí -con ella enroscada en mis sábanas- a parapetarme detrás de los teclados y de la prosa poética. No era exactamente decir lo que quería decir. Se podría comparar con una válvula diferencial de presión. Una balanza que igualaba la rabia y la cordura. Se marchó sin mirar hacia atrás. Rompiendo con mis manos y traicionando sus promesas. Sin remordimientos. Me acarició la cara, me dio un beso en la mejilla y, mientras yo cerraba los ojos para sentir el contacto de su piel, se desvaneció en mis recuerdos. Y ahora arde en mi pecho los domingos de resaca. Se ilumina en mis ojos e inunda mi memoria, pintándolo todo de un azul nostalgia demasiado devastador para mis lágrimas.