domingo, 28 de junio de 2015

Qué importa que mi amor no puediera guardarla

No debería ser tan injusto conmigo. Llevo días preguntándome el funcionamiento de la química en un cerebro y en el cuerpo humano. La teoría del caos sostiene que no hay nada más errático que el corazón. Nada más aleatorio. Nunca late igual, se acelera, se ralentiza. Todo provocado por reacciones exteriores. Imágenes captadas por los ojos, una caricia, un beso, un comentario, una canción, un sabor, un recuerdo. Situaciones que generan un impulso eléctrico en el cerebro. Éste segrega algo. ALGO. La maquinaria se engrasa, se pone en marcha y genera en tu cuerpo la sensación de pérdida. De ausencia. Y luchas, claro que sí. Porque tienes que prestar atención en una reunión. O porque a un amigo no le han cogido en CBRE y está jodido. Porque es domingo, porque es lunes. Porque hace sol y la brisa que rompes con la moto es agradable y nadie merece el dolor que te incendia el pecho. Luchas porque es lo lógico. Pero a veces la situación no es la idónea, y hay demasiado silencio o poco curro y te da tiempo a pensar o te pierdes en conversaciones que no te interesan. Tu mente se extravía en recuerdos que atesoras sin querer. Aparece el problema de la memoria. Recordar del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón. Conexiones neuronales férreas y nostálgicas. Un terrible privilegio. Otro sería ser inmortal, por ejemplo. Presenciar una quema de libros. Juzgar a criminales. Contemplar la explosión de una estrella. Por ejemplo. O tener demasiada memoria. Ese regalo envenenado en forma de pasado, de camino de regreso. Química al servicio de los recuerdos. El terrible don otorgado por la perra de Mnemósime. Hay cosas que deberían poder olvidarse; arrancarlas y lanzarlas lejos. Pensaba en ello mientras subía Julián Romea. Con un dolor llenándome el pecho tan real como si alguien me hubiera pegado un tiro a bocajarro en los pulmones. La resaca, otra vez, como siempre, taladraba mi cabeza. Hace calor, voy en pantalones cortos y llevo un casco en la mano. Sonrío aún borracho preguntándome como soy tan notas de llegar a casa sin moto pero con el casco. Recuerdo entre fogonazos de recuerdos tu mirada de interés -o de lástima, quién sabe-; recuerdo también mi mano buscando tu brazo. Pero voy más allá. Me remonto semanas, años, eones y llego a la calle Huertas. Tú mirándome con los ojos encendidos y yo comprándole un anillo a un indio en vez de rosas. Anillo con el que después me declararía; con el que después, con el guión robado de una película, te pedí con una rodilla en el suelo que te casaras conmigo: Te aseguro que habrá momentos difíciles, te aseguro que habrá días en que alguno de los dos o los dos tengamos ganas de dejarlo. En medio de un paso de cebra, con una tía alucinando al cruzarse con nosotros; preguntándonos si podía hacer una foto. Ese día, me acuerdo con una maldita perfección que duele como si quemase, nos quedamos dormidos en un parque, llevabas unos pantalones vaqueros cortos, una camisa blanca y los labios pintados del color de las cerezas en primavera. Me acuerdo que lo pensé y que fliparías si te lo hubiese dicho. El mundo gira y vuelvo a mi moto, a Julián Romea, y al calor sofocante de domingo desesperado. Vuelvo a mi resaca. A la ausencia que crea mi cerebro y a los recuerdos desordenados que me asaltan sin concederme ninguna tregua. Agito la cabeza como si pudiese alejar la memoria físicamente, desorientarla. Pero las imágenes me envuelven, me cortan, se ríen de mí. Una biblioteca, un banco, un coche, el eco de una tienda de vestidos de boda, una piscina, una noche de verano, una noticia, miradas, unos dedos rozando mis labios, una llamada, la risa llenando una mañana, un paseo, frases de disculpa, un amigo, una pregunta, millones de respuestas, silencio atronador, una sonrisa inquieta; calles, nombres propios, restaurantes e impotencia. Me abandono un segundo más, el último, al torrente de recuerdos que irrumpen neuronalmente en mi cerebro, y me resigno. Sonrío con lástima y recuerdo el tacto del suelo, el leve desnivel de las líneas de aquel paso de cebra, el casco en una mano –la moto era de Maik-, la noche inquieta, las luces del Paseo del Prado. Tu mirada brillante, la ilusión ardiendo en tu sonrisa. La cabeza inclinada hacia mí, la cascada de tu pelo en los hombros desnudos. Yo ofreciéndote un anillo. Ofreciéndote mi desvelo, mis palabras y mi futuro. Rompiendo un destino que siempre ha buscado para nosotros caminos alternativos. Pero también te aseguro que si no te pido hoy que te cases conmigo, me arrepentiré el resto de mi vida. Vuelvo a Julián Romea y una extraña convicción me invade. Es la última vez, me digo. Como si supiera de qué hablo. Lo digo en alto, con firmeza. Arranco la moto, acelero y dejo irremediablemente atrás el nítido recuerdo de mi pérdida. Abandono. Huyo de tus ojos, de mi derrota. Avanzo para no seguir perdiendo. Para no seguir recordando. 

lunes, 15 de junio de 2015

Como quien pierde una batalla, las llaves de casa o la esperanza

En 1875. Unos meses tras la vuelta del exilio de Alfonso XII, en junio, en una casa en una plaza, lidiando con la brisa vespertina y con su corazón crepitando, una mujer suspiraba de amor y lloraba certezas. Abrazaba las sábanas como quien se aferra a la esperanza. Pero un vacío le llenaba el estómago y los pájaros no cantaban con júbilo. Una procesión lenta y desoladora le cruzaba el pecho. Cerraba los puños en una impotencia amarga y profunda; y, de vez en cuando, lograba deshacerse del desamparo gritando de una manera primitiva y gutural. Te amo por ceja, por cabello. Gritando, enferma de amor roto. Él era escritor y soldado; experto en miradas esquivas y silencios impertérritos, prestidigitador de sonrisas. Soñador caído y boca ausente. Cuando se desnudaba dejaba un pequeño machete en la mesilla. Un bowie.  “Por si al despertar llueve o nos disparan”, decía. Y ella moría en su sonrisa lejana. Sus ojos evocando un paisaje que sólo le pertenecía a él; y ella no podía salvarle. Te debato en corredores blanquísimos de luz. Ella era huérfana, heredera de una pequeña fortuna. Su casa tenía techos altos, pasillos largos y recuerdos lejanos. Un sillón donde su padre le contaba historias. La alfombra donde se derramó, una tarde de sábado, el té. Los vestidos de su madre. Las cinta de pelo. Fantasmas de cuando fue feliz. Te discuto a cada nombre. Él abandonaba la cama de madrugada, en silencio, con agilidad felina. Contemplaba cómo ella dormía y murmuraba frases de disculpa mientras sentía las punzadas del remordimiento lacerando su estómago. Te arranco con delicadeza de cicatriz. Siempre dejaba la flor que llevaba en el ojal en su lado de la cama. Como un regalo, como una disculpa o como un pretexto. Como una promesa o un amanecer violento. Su corazón había perdido tanto que latía de manera involuntaria, errático, señor del caos. Sus manos habían sesgado demasiadas vidas. Había gritado miedo; llorad0 rabia y desolación. Voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago. Ella no merecía sucumbir en su nostalgia. Perderse en su soledad. Cánovas del Castillo escribía una nueva constitución para un país deshecho; para una monarquía en declive. Él escribía para olvidar. En sus palabras la melancolía de lo que podrían haber sido. Y cintas que dormían en la lluvia. Él decía que la muerte era una traición. Un castigo. La última injusticia de la cruel naturaleza humana. Una vez ella le preguntó cómo él intentaba evitarla. A la dama oscura de la guadaña rota. Él se perdió, como tantas otras veces, en un silencio particular e inabarcable, contumaz y perfecto. Con la mirada evocando fantasmas. Pero volvió de pronto. Como quien emerge de un naufragio. Con los pómulos encendidos. Con la convicción, victoriosa, en sus ojos. Además te quiero, y hace tiempo y frío.“Escribiendo más”, dijo. Se cayó el cielo y se inundó su mundo. Y ella se dio por perdida en la rabiosa inmensidad de su sonrisa sincera.  

lunes, 1 de junio de 2015

Leíste sus cartas borracho, lloraste y, al día siguiente, en tus ojos brillaba su nombre desgastado

Decían, en su prólogo, que Ulises era algo más que una novela. Decían que era la puesta en escena de la mente humana. El torrente de ideas que nos asalta. Las emociones, la relación entre los estados de ánimo, una sonrisa o una gesto. El complicado proceso creativo. Explosiones neuronales. Unir conceptos con sensaciones. Imágenes con nostalgia. No sé si es el alcohol, la resaca o la mezcla de varias decisiones lo que consigue que los domingos me crea Joyce. Alguien capaz de inventar mundos para la melancolía, para unos ojos que te observan sorprendidos o para la acción de mirar el móvil esperando una respuesta. Para cosas que sí. Mamarse de día como privilegio. La soledad del cazador. Una historia de arrabales y sentimientos no correspondidos. Amor arrollador. París. Cada vez más presente. Con el Pont Neuf, Julio Cortázar mirando al cielo y la isla donde quemaron a Jacques de Molay. Su maldición. El arrullo del agua. El sol titilando en su superficie cambiante. La plaza de la Concordia. El río de la vida de Renoir. Gabo, regalándole el crepúsculo a su amor imposible. En París, otra vez París. Antes de volver a buscar a Beatriz. Antes de volver a Macondo y recuperar la vida que siempre había querido desperdiciar. La memoria al servicio de la desesperación. Humbert se convirtió en ese poeta involuntario. Necesitaba las palabras para encontrar la cordura. O para deshacerse de esa pasión que sólo le llevaba a calles cortadas. Quien sabe. Dolores intuía en sus ojos grises el fuego en el que ambos se consumían. Los errores no se equivocan. 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. 

Fracasa mejor. Que nadie te robe ese derecho; esa certeza. Aunque esa mujer -o tu jefe, o un amigo- te quite el sueño, la sonrisa y los libros. Perder es la victoria. Cada error, cada desengaño te acerca, de una manera inexorable, al centro de ti mismo. En lo más recaído de la derrota siempre, siempre, hay algo que pugna por levantarse. 

Aunque nada tenga sentido al final, lo importante, siempre es el ritmo. La secuencia de las palabras. El polvo del camino, las cicatrices plateadas y una mirada firme que nunca duda. Que sabe lo que quiere. 

Cómprate otros libros. Sonríe. Duerme. Escribe. Pon música. Baila. 

Enamora a Lolita. 

lunes, 25 de mayo de 2015

Como sería

Inteligente, taciturna, natural, distante, vivaz, callada; con ese aire bohemio que a veces te nubla los ojos. La voz rasgada. Una sonrisa de gata y un pelo ideado para bailar al viento de la sierra de Tramuntana. De risa fácil pero complicada. De música eterna. Impertérrita y sarcástica. De lado. Que intuye por donde voy. Aun así en tus ojos la sorpresa, la duda, la indiferencia. La melancolía en unos pasos que siempre te llevan a un lugar donde no hacen falta las palabras. Te hago eterna en palabras que nadie leerá. En el ideal difuso del que están hechas las quimeras. Si no hubiese tanta distancia, tanto mundo y el mar, quizá. Ese quizá. Como tantos otros. Te perfilo de esta manera porque me preguntaron que como sería. Ella. La que lograría robarme los sentidos y las ganas. Hoy he leído un artículo de La Central y he pensado que te encantaría. Te llevaría ahí una tarde de lluvia. Como si llegáramos por accidente. Como si el destino hubiera tejido el caprichoso camino de esa manera. Te llevaría ahí para que te perdieras en sus libros. Para que en tus ojos brillara la excitación contenida. Y que yo pudiera observarte a escondidas mientras acaricias el lomo de tantas palabras y te pierdes en las historias que ya leíste. O te inventas las que aún persigues. Recuerdo cómo te perdías en Babel. Cómo entrabas y te olvidabas de mí, de José Luis y del mundo. Volvías con libros para los que siempre tenías una historia. Uno fue India, otro la Costa Oeste. Otro un día en la playa con viento. Te interrumpías, confusa, al ver mi sonrisa y me llamabas idiota con ese tono. Con. Ese. Tono. El mismo con el que me reconoces que fuimos un poco novios. El mismo con el que te ríes al recordar El graduado, La gran belleza y Twin Peaks. Vaya mierda de serie. Era demasiado fácil. Y nuestra conversación, la de ayer, la de tu cumpleaños, lo demuestra. Tengo curiosidad. Tan fácil y tan extraño. Tu voz a cientos de kilómetros y yo sonriendo olvidándome en tu recuerdo. Con el dolor de la distancia aferrado a las palabras de Galeano. No puedo dormir, tengo una mujer atravesada en los ojos. Si pudiera, le pediría que se vaya. Pero tengo una mujer atravesada en la garganta. 

martes, 19 de mayo de 2015

Llovía en La Demajagua

El paisaje corre rápido, indeciso; como una moneda encendida. Como el viaje de Neruda. Un tesoro entre las manos. Mientras se pregunta quién es y en qué se ha convertido. Por lo menos tiene la música, piensa. Y una letra que dice, que pregunta, que ruega, que alguien se quede una última vez, que acuda al parque; que le permita abrazarla antes de marcharse. Siente como se ha ido apagando. Como la tristeza de los acordes que escucha con los ojos cerrados se cuela por los resquicios de su alma deshecha. Piensa en sus dedos, de los que ya no salen historias. Atascados en algún punto de un octubre lluvioso. La palabra ultramar evocando lo que está lejos. Lo que merece la pena. Recuerda aquella frase, que tanto se cansaron de repetir en su día. He repartido partes de mi corazón aquí y allá; y apenas me queda el suficiente para seguir latiendo. Algo así. Mi ambición superaba mi talento. El tren desdibuja el campo. La vertiginosa velocidad que lo aleja de una ciudad que ha llegado a resultarle desconocida. A pesar de la complicidad, de las miradas, de lo que fueron y de aquella madrugada donde, definitivamente, se olvidó en un banco de un parque el brillo de sus ojos. Justo después de que ella se fuera. Escucha la letra de la música. Al ser en inglés no la comprende del todo, pero intuye en la voz rasgada del cantante el dolor lejano al que se abandona, recordando. Le parece ver el parque. Otra vez. Sentir el ron recorriéndole las venas. Una sonrisa a punto de aflorar. El suspiro del amanecer violento. Y al final, unos pasos que se alejan. Los recuerdos estallan como cargas de profundidad perfectamente emplazadas. Una a una dinamitan su entereza. Mira el móvil pero ahí no está lo que busca. Ni tras la ventana del tren. Ni en su maleta. Ni en el futuro que le espera, rabiosamente radiante, tras un cartel de llegadas de una estación que no reconoce. Se levanta. Para qué, se repite. Si nada es para siempre, ¿por qué todo empieza? Busca el aire entre los dos vagones. Ahí la brisa es más fresca y suave; y más rápida. El traqueteo le tranquiliza y se apoya de espaldas en la pequeña ventana que da al exterior del vagón. Está cansado, pero la curva de sus labios se acentúa y se curva recordando lo que le dijo aquel jerezano. Mátala con la mirada. No la mires de arriba abajo. Tu quédate quieto, como sorprendido, con las cejas así, ¿ves? Se dio cuenta, de esa manera, que las palabras podían llevarle a cualquier parte. De cualquier desesperada manera. Y de pronto estaba en ese parque. Físicamente expectante y sorprendido. Rodeado de ese verdor exuberante que en su día le embaucó. Estaba también ella. Mirándole dentro. Matándole en cada pestañeo. Con una sonrisa a punto de romper en su boca. La primavera en sus piernas desnudas. El viento bailaba debajo de su falda y él cogió los volantes de su vestido como el timón de un barco perdido. Una tempestad en sus corazones desbocados. Se volvieron a encontrar de una manera inverosímil. A través del tiempo. Más jóvenes, envueltos por una naturaleza feroz y salvaje. Conscientes de la iluminación perfecta del atardecer, la bandada de pájaros, el sonido del agua. Ya no volvió a existir ni el tren, ni su soledad. Ni la brisa entre los vagones. Ni el libro en su regazo; ni la ventana que desdibujaba el paisaje y sus anhelos. Las palabras volvieron a sus dedos; la luz a sus ojos. El atardecer se vestía de teja, azul sufrido y arcilla; y esta vez los pasos de ella no resonaban, lejanos, bajo ningún soportal. Esta vez, ella decidía quedarse. Mañana en la batalla piensa en mí. Y caiga tu espada sin filo. Corazón tan blanco. El tiempo negro y su espalda. Mañana, en la batalla, piensa en mí, dijo ella. Estallando en una sonrisa musical y perfecta.  El parque dejó de ser parque. La posibilidad se convirtió en certeza y los pájaros en luz. Ambos eran agua. Víctor Francés tenía razón, pensó, mientras se fundía con ella y con nadie, en un abrazo atemporal e imposible. 





Parece cierto que el hombre -quizá aún más la mujer-  […] necesita conocer lo posible además de lo cierto, las conjeturas y las hipótesis y los fracasos además de los hechos, lo descartado y lo que pudo ser además de lo que fue. [...] Cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse -todas menos una a la postre-, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros. Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.

Javier Marías 

jueves, 9 de abril de 2015

Abril de cambios

Hay cosas que te reconcilian con el sinsentido de la vida. A veces es un artículo que te enseña un tío que milita en Podemos. Héroes rusos desafiando el sabor metálico de la radiación. Agua oleaginosa iluminada por un tenue añil antinatural. Una trampa mortal y necesaria. Las pelotas de un hombre que decide donde luchar y elige dónde morir. A media mañana; tras un chupito de vodka. Cinco mil roetgens por hora. Y qué remedio, vuelves a creer en cosas ya tan vacías como el honor o el deber. Otras, es tu tío bajo la angosta luz de una lámpara precaria. Preguntando con voz queda si la cadena de distribución está bien sujeta. El corazón de una moto desguazado por tus dedos llenos de aceite. Piezas, explicaciones, una llave del ocho, pásame la linterna. La emoción contenida al oír cómo vuelve a la vida. El ronroneo de un motor que ya te pertenece. Las juntas que aguantan la tapa de la culata, el humo blanco, rodilleras, el polvo del camino. Una vez, en un viaje a Croacia hablaba con Pablo sobre los recuerdos. Tres milisegundos, ¡tres milisegundos tío! Es lo que tarda en formarse un recuerdo que te acompañará siempre. No lo eliges. Puede ser el grosor de una conexión entre neuronas, una determinada composición química producida por tu organismo. El momento perfecto, el lugar adecuado. Versos que llevas dentro cada vez que tus ojos descubren, como cada año, los campos de trigo en primavera. Tardes merecidas por la pena, noches esperanzadas de mirarte; campos de mi camino, firmamento que estoy viendo y perdiendo. Puede ser que todo tenga una explicación razonable. El viento que te alcanza en medio del campo y te desestabiliza. La visera del casco; una sonrisa a través de ella. Un atardecer rotundo que hace que todo tenga sentido: el sudor, la rabia y el éxito. Comprender que puedes caer intentando subir la ladera de un castillo olvidado. Que llueve porque es abril y las canciones que hablan de odio y melancolía son necesarias cuando las palabras no llegan a explicar las cosas. Que estar perdiendo no significa que estés perdido. La lluvia limpia las calles y mientras leo a Joyce pienso en Séneca. Porque ningún camino es bueno para aquel que no sabe a dónde va. Aunque sepa lo que quiere. 

miércoles, 18 de marzo de 2015

Material para ellas

Supongo que no es fácil reconocerte ciertas cosas, determinadas debilidades. Tampoco confesar temores, aceptar fracasos ni llorar derrotas. Llegar a la conclusión de que has perdido. De una manera o de otra, no has conseguido lo que tus ojos de niño soñaron con ser. Aun así, hay gente que lucha, que no se conforma. Que miras en sus ojos y sigue habiendo fuerza, desafío. Sus voces son sonoras y sus convicciones fuertes. Y me gusta esa gente. A lo mejor me gusta porque tengo una delante que ha hecho de la resignación un sacramento y de la risa su medicina. Y consigue salir de la cama cada día pensando que aún hay esperanza. Que si luchas, todo llega. Porque llorar no es tan malo, y llorar de rabia libera. Hay días en los que tienes que gritar en un coche aparcado dando golpes al volante. O conduciendo una moto. Porque la angustia es energía. Sin desesperación no llega la búsqueda, sin búsqueda, no hay cambio. Porque en eso consiste tu pecho en llamas. En caer, pero levantarse. No le pido mucho al futuro, El Hado, ese desconcierto de destinos. Sólo que mis músculos, convicciones e ideas sigan adelante. Que nunca se rindan. Que un fuego, cada noche de ansiedad, pueble mis pulmones, mi estómago, mis miedos; que consuma las dudas y que ilumine mi camino. Por lo menos saber a dónde se quiere llegar. La vida, según dice peña que sabe más que yo, llega cuando tienes algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar. Por eso escribo, por eso te quiero en este silencio desesperado y por eso sigo buscando.

Por eso me gusta esa gente. La que es capaz de sonreír cuando el estómago le da vueltas. Las que escuchan, las que tienen dudas pero aun así aprietan los dientes, cierran los puños y se lanzan al vacío. La vida –el cambio- es un salto de fe. Me gusta la gente que se la juega. Pierdes porque has apostado. Ganas porque has perdido. Gente fértil en silencios. Los que siempre están ahí, sujetándote sin pronunciar palabras, mirándote el alma y acompañándote en un dolor que conocen. No siempre existen palabras de consuelo y me gusta la gente lo sabe. Me gusta la gente que evita el: Hay más peces en el mar. Porque saben que te la sudan el resto de peces. Me gusta la gente con fuego en los pulmones, con ganas de olvidar, la gente con poco tacto, la gente que dice que no, cojones. Que no quiero. Lo auténtico hecho frase. La personalidad en una mirada. Me gusta los que siguen siendo optimistas informados, que básicamente son pesimistas; y me gusta la gente que es capaz de decir cosas que duelen pero que curan. ¿Os gustáis eh? Pues se está follando a otro. Gente de alcohol y betadine. Palabras que duelen y paseos que reconfortan. Gente que escucha, joder. Que no necesita ser nadie. Y menos delante de ti. Que se la pelan las modas, que si no quieres yo tampoco –si tú no vas, no voy-; y si me apetece voy yo sólo. Gente leal infiel: los que siguen los designios de sus impulsos rompiendo diques, barreras y relaciones; rehaciendo corazones. Los que no tienen cabeza pero sí el doble de sangre -de ganas, de rabia- en el cuerpo. Lo fascinante de la química humana. La gente con principios, gente que dice: no me parece bien, pero haz lo que te salga de los cojones; y después de partirse la cara por ti pregunta que qué ha pasado. Aunque lo sabe, o lo intuye. Gente que le dice a su padre que ha salido a él. Gente para los que la distancia es sólo un número, la risa un medio de transporte y el whatsapp un puente. Gente que merece la pena. Gente que hace que, cada día, puedas y quieras volver a empezar.

En fin, peña que debería decir muchas cosas, pero que se las guarda porque prefiere hacerlas. Se desesperan, se reinventan y te arrastran a emociones imposibles. Gente inquieta. Gente que arde y brilla. Gente que en su silencio se adivina una enérgica proclama a favor de seguir luchando. A favor de seguir viviendo.