jueves, 11 de diciembre de 2014

El porqué de tu ausencia cuando te necesito

Por un tiempo olvidé los finales abruptos. Conseguía difuminar en distintos escalones despedidas que no me importaban una mierda. Un adiós por fascículos.
Leí hace tiempo...
Sí, hace tiempo. Las hojas de los árboles. Esta mañana lo he pensado. Cómo caen lentamente, trazando amplios arcos, como si pudieran invertir el movimiento. Volver a subir. Verlas posarse en el suelo sabía a derrota.

Supongo que lo verdaderamente importante se volvió irrecuperable, hace ya un tiempo.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Viva Escocia

Se escribe, entre otras cosas, para saltar sobre los abismos de la memoria. Para recordar miradas, tacto y emociones. Se escribe, creo, cuando el vértigo es más grande que las ganas. Cuando la lluvia inunda el salón, o una idea.Cuando es la última alternativa. Un lastimero vamos a volver a empezar

Escribo porque he leído lo que dijo Pina Bausch, con una certeza nacida del horror y de los huesos, “Bailen, bailen, o estamos perdidos”.

Hace dos días. Barcelona. Y ese frío tan de costa que se cuela por las uñas y abraza los sentidos. Esa luz, una ventana abierta al mundo y un sol moribundo arremetiendo contra cada esquina. Contra cada silencio. El sonido de una casa de techos altos y recuerdos innombrables. La cama, blanca, y la ausencia de una espalda aún mas curva, más lejana, más tardía.
Los hielos crujen en vasos de plástico que se abandonan en cualquier historia. Taburetes de otras selvas, miradas que no caben en los ojos. Y sonrisas. Gritos de admiración, miedo y gritos de impotencia, de querer amalgamar esos momentos como crisálidas. Impotencia de tiempo, que se escapa entre las manos ansiosas. Gritos, con esencia de ultraje. Con corazones palpitando de fondo. La farándula, dejándose las ganas en casa. Esos ojos de rifle, de tan maligna hermosura. Eran todos ese pobre amante incapaz de nadar en una fuente. Ellas, chocando con las sonrisas. Y una camarera, atónita, jovial, de pronto otra vez joven. Que se admira y exclama: ¡por vosotros! ¡por la vida!

En fin, Atticus Finch tiene demasiada razón. Lo que da miedo no es lo que has perdido –con eso aprendiste a lidiar en el frío- ; lo que da miedo es lo que puedes perder.

¿Y tienes miedo, ojos negros? Tú, con tu espíritu indomable. Tú, la que siempre me esperaba. ¿Tú? ¿Miedo?

Pero, si es así, entonces, baila. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Maratón

Es curioso. Al final, no era la música lo que ella esperaba. En la penumbra última de una habitación yo afinaba una guitarra. Y ella me miraba con ojos de Nautilus. No le importaba el desenlace, ni las notas. Se contentaba con mirar como manipulaba las clavijas. Ella, con su cuerpo de violín, se interesaba más por el medio que el fin. Ella. Una mañana cualquiera después de tanta plaza mayor, después de Nino Bravo y antes de tantos reproches.

sábado, 18 de octubre de 2014

Nada Trenas tío, que me he puesto tontorrón

No quiero que parezca lo que no es. Es un asalto de la nostalgia.

Me he bajado tu lista de Spotify. Y es curioso porque ninguna de las canciones me recuerda a ti. Así que me pongo todo el rato una que habla de oportunidades perdidas, de abrazos que sabes que no son para siempre y de incertidumbre. Habla de cobre, de algo áspero, de caricias en una mañana gris y fría. Esconde reproches en cada ritmo vacío, en cada palabra pronunciada con rabia.

Habla de ti. De lo que no tuvimos pero de lo que es nuestro. De lo que se arregla con paciencia. Tu colega Quique dice que no hay mejor venganza que escribir una canción.

Entonces, supongo, que esto es un ajuste de cuentas.



Los gatos me recuerdan a ti. Será por la forma de tus ojos, o por ese desdén con el que andan. Como si cada esquina, cada olor y cada luz improvisada fuese para ellos. Como si la catedral que se intuye desde tu casa estuviese ideada para tus amaneceres. Que hace un lugar como este alrededor de una chica como tú. Hacías que nada tuviera sentido pero que de una manera íntima todo encajara. Tu voz rasgada me sigue percutiendo el pecho. Y ya no soy la persona que conociste. Me acuerdo. Eres un sufridor. Ya no. Algo se rompió en mi ese día. O se arregló o se cayó al suelo. Motivaste a mis engranajes a cambiar de mirada. Me acuerdo de las olas batiendo las rocas, de la luz tenue y de tu sonrisa iluminándose cada vez que oscilaba la llama de las velas. Tus ojos titilaban en la oscuridad y desde otro mundo me decías cosas que ya no recuerdo.

Vuelvo mucho al mirador de Pepito. No sé si lo habrás rebautizado como el mirador de Lions. O si te habrás llevado a otros incautos, como a la isla de Circe. Vuelvo porque es como un bálsamo cuando las cosas se tuercen o hay que volver a empezar. Cuando el desánimo me alcanza y comulgo con la idea de no volver a querer a alguien. Vuelvo al silencio de aquel atardecer rotundo. A tu, nunca había estado tanto tiempo aquí con alguien. Y otra vez, tu mirada indiferente de gata, desmentida por un amago de sonrisa y un abrazo largo atemporal y sincero.

Pero ya no soy el mismo tronca. Te escribo porque te echo de menos. Por que lo que me enseñaste en una ciudad que no era la mía en un momento en el que no me encontraba, ahora, se ha vuelto inherente en mi. Por que ya no necesito envolverme en la nostalgia ni a nadie esperándome en un aeropuerto. Me he vuelto más cabrón y me gusta. Por que las miradas perdidas al mar nunca las recuperas.

Y no es una carta de amor. Ni de declaraciones. Ni de pérdida. Es mi venganza. Porque vivo más liviano y ahora quien pierde es el resto.

Tú la primera.

Aún así, te extraño. Y te encuentro en los libros con portadas bonitas. En la caja de cerillas que vive en el bolsillo de mi abrigo. La caja de cerillas más estilosa del mundo. Te adivino en canciones. Te descubro en miradas de otras personas. En partidos de fútbol. Siempre estás ahí.

Te intuyo en las notas que componen el último arpegio de cada baile.

Puede, que al final, si quieres, esto sea un carta de amor. Del eterno. Una carta de cicatrices pendientes y sábanas arrugadas.

Una carta de amor imposible.

viernes, 19 de septiembre de 2014

De cómo Cortázar perdió la cabeza


¿Qué tendrá esta oscuridad?
Lo dice un mamao mirando al cielo en la ladera de un castillo. Escucha, de madrugada, preguntarse eso. La oscuridad y todas esas gilipolleces. Y se acuerda de Rust, diciendo, reflexionando sobre la lucha ancestral de las estrellas y la negrura del cielo. De la luz contra esa oscuridad.
Y sonríe. Porque cree que ese borracho –y, a su pesar, amigo- no ha entendido nada.
Sube, por ejemplo, por Montparnasse. Reflexionando sobre la vacuidad del tiempo y lo intangible del amor, la amistad y los recuerdos. Tiene el corazón resabido y en sus ojos no hay blancura suficiente para la compasión; y mucho menos para los suspiros. Ya no.
Aprendió que los lugares no son importantes. Que la catedral, el mar y los campos infinitos de trigo le sobrevivirán y que serán importantes para otros. O más temibles. Tuvo que aprender, a base de perder instantes, que lo que resuena en las paredes cóncavas del alma es la risa, las miradas cómplices y las noches de brisa cálida que embotan los sentidos. Lo demás eran circunstancias
Desentrañó, en noches necesarias, la esencia del sentirse opaco. Sin salida. Sin opciones.
Ha llegado el momento de que se quiten las caretas. Se miran a la cara y aceptan, con ojos abiertos e incrédulos- que el pasado es irrecuperable. Y que su amor, fue –nunca tuvo valor presente- una verdad efímera. Y dejó de escribir por convicción y perdió muchas miradas en muchos horizontes. Contemplando lo que estaban dando por hecho. Pero la conclusión es que siempre perdía. Siempre lo hacían.
Y dan igual los lugares, los recuerdos, porque todo les lleva a un fin que en verdad es el comienzo de otra aventura. Otro volver a empezar. Ya no hay dolor, ni ese lastre en el pecho tan cruel e innecesario.
Porque crecer es mirarse al espejo y saber que aquí hemos venido a palmar. Morir matando. A sentir, a llorar y a reír. Que nada es fácil. Y que si algo es demasiado bueno para ser cierto, no lo es. Los consejos secos y frases escuetas cargadas de batallas. De tragedias. Ya hemos crecido tanto que sabemos de lo que hablamos. Y sabemos lo que queremos. No nos hace falta nadie para reinventarnos y hemos aprendido a no gritar de impotencia los domingos.
Por eso agoniza una etapa. Un camino. Tantos mundos, tanto tiempo, tanto espacio… y coincidir. Y hay que cerrarla. La etapa de los libros y de responsabilidades con matices. Incluso la etapa de Palma. La inocencia perdida y todas esas mierdas que ahora añoramos. Nuestras miradas, a partir de ahora, siempre buscarán desafíos. Altura y vértigo. Sorpresa. Y ya no vale, no. Los errores desfilan por una memoria cansada pero dispuesta a todo. Lo anterior, todo lo escrito hasta hoy, hasta ahora, ha sido un escalón. Un pretexto. Quizá, algún día, pueda escribir de un viaje o de una mujer o de un amigo con la altura necesaria. Incluso conseguiré plasmar esa nostalgia con palabras, pero nunca será lo mismo. Es lo que dice Cortázar, que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. Y luego todas esas medias personas. Que no han sabido bajar al barro y luchar.

La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.
La huída de explicar algo con palabras. El amor de La Maga. Horacio. Como, al final, todo es un juego de luces y de lugares. Siempre ajenos a nosotros mismos. El capítulo 93, entero.

Tendemos a inventarnos mundos imposibles. Utopías que se esfuman en cada conversación; en un beso robado o en un amanecer que resume un día, un año o una vida. Vidas forjadas en décimas de segundos. 
Una mujer magnificada a constelación.

Y siempre, al final, todo se reduce a lo que oculta esa impenetrable oscuridad. 

martes, 29 de julio de 2014

Y los submarinos surcaban, los charcos, inadvertidos. Seguros de la incredulidad de los niños

Siempre le pasaba lo mismo. El coche, de alguna manera, encendía su alma y los recuerdos. El aire que se colaba por las ventanillas era caliente y denso. Y se sentía como el último hombre del mundo. Como Ojo de Halcón. Pero esta vez fue diferente. El sudor le corría por la espalda y resoplaba cansado. Una sonrisa se perfilaba en su rostro. Pretendía ducharse en el gimnasio pero, desde el principio, algo le decía que no lo haría. Y así fue. Condujo, distraído, libre, hacia su casa. Y llegó de buen humor. Abrió la puerta decidido, con el corazón sin nudos. Abrió la bolsa de deporte y la miró, profundamente, durante algo más de un segundo; consciente de cada bocanada de aire. Sacó la toalla y la dejo en su armario, y se sintió ligero. Sacó el champú y lo dejo en el baño. Y desandó el camino con más fuerza, con un extraño brillo en los ojos. Por último, volcó lo que quedaba en el cesto de la ropa sucia y dejó, apartada, la bolsa de deporte en una esquina.

Se miró al espejo, deleitándose en cada rasgo. En cada ola que le surcaba los ojos.

Y se miró las manos, cerró los ojos y soltó un largo suspiro.

Se había olvidado de ella.

Ahora que vamos despacio

Supongo que te debo algo.
Si no, no sentiría esta presión tan necesaria en el pecho. Algo especial. algo que, si algún día leyeras, te llene de orgullo.
Y es verdad, siempre he dicho que cada persona tiene su momento. Que hay gente que se queda, otra que se va y otra que se queda de una manera intermitente. Palpitando en tu vida de una manera ilógica. Pero tú no. Cabrón, tú no. Fuiste scipio y máscara.
Fuiste mirada profunda, coca-cola como alegría y sonrisa. Ojos cerrados y viento en la cara.
Espero que nunca leas esto porque me daría vergüenza, pero que cojones, me he engrasado los dedos y hacia mucho que nada me aferraba el corazón.
Toda la música que me has enseñado fluye por los pasillos de mi casa. Y hoy, aquí, ahora, con los ojos cansados y el estómago atenazado te construyo la pira que algún día merecerás. No me cabe la menor duda.
Ambiguo, creo que así te definiría. Creo. Si pudiera dibujarte serías un cubo y una pala en una playa desierta. Un cielo oscuro pero que deja que los rayos de sol atraviesen, de vez en cuando, sus negras nubes. Un payaso sentado en una oficina, concentrado, que cuando le miras te devuelve la mirada y sonríe.
Eres tan único como un amor de verano. Tan raro como la sinceridad.
Eres el violín - de un minero, por ejemplo- brillando en el último bar del oeste. Eres silencio y palabras.
Creo, no te rías, que eres mi milagro.