domingo, 31 de enero de 2016

Cómo perder el trabajo y las llaves de casa

He estado toda la semana intentando hablar con un indio que se llama Atiqur. Le escribo, suda, me llama y no le cojo, y así cinco días laborables. Con sus correspondientes broncas y explicaciones: no me coge, no me llama, su puto equipo se desentiende. Tengo una jefa que me flipa y me acojona a partes iguales. Cada vez que tenemos una reunión importante me mira con esos ojos imperdonables y me dice que he de ser fuerte. Yo, que sigo sin tener ni puta idea de inglés, le digo que yes, que I will. Ella se ríe un poco, lo justo, con esa risa a medio camino entre el sarcasmo y la alegría. En la reunión me insultan, les increpo, les digo que no me cuenten milongas y se me tiran encima. Y cuando estoy desamparado, cuando mi lamentable dominio del idioma me pierde y recurro al silencio aparece su voz. La de ella. Sin dudas en sus vocales, con un grito enmascarado en sus frases de café parisino. Mi jefa, esa que tanto me acojona, está (esa vez) de mi parte. Haciendo preguntas que duelen, como si preguntase al manager si sigue enamorado de su ex mujer o si Oliver se va de putas asiáticas. Agotador, estimulante, desgraciadamente gráfico. Salgo de la oficina con una rabia transitable y difuminada girando en mi mirada. Cansado, sereno. Escondo mis manos en los bolsillos del abrigo y vuelvo a pensar en Atiqur y en lo que me recuerda. Un policía sosteniendo una escopeta. Prefiero que lo hagas tú, Atticus. Y Atticus Finch, ante la insólita presencia de sus hijos -unos hijos que de alguna manera habían perdido la esperanza- coge esa escopeta y apunta en silencio. Aprieta el gatillo y una detonación les devuelve a todos la realidad que extrañaban. Me leí Matar a un ruiseñor en inglés y me jode por que no pude apreciar los silencios de aquel abogado honesto; advirtiéndoles a sus hijos que matar a un ruiseñor era pecado. Es curioso, pienso, que el cabrón de Atiqur me recuerde a Atticus Finch. Un vendaval recorre Tottenham Court y recuerdo lo que dice un amigo, que hay que cambiar las frases de orden: Take a side on the wild walk.


Es de noche y hace frío. El viento me despeina sin criterio. El paso melancólico y lento me recuerda al de William Thacker y el paso de las estaciones; aquella canción de desgarro. Evito las calles concurridas y me pierdo por el Soho intentado disfrutar del día que agoniza, de la tranquila sucesión de segundos sin presión ni alegría. Llego a casa pensando en Francia, en el gran Levowski, en un amigo que está jodido, en lo complicado del paso del tiempo, las personas que se marchan. Subo penosamente las escaleras, la corbata en el bolsillo, la camisa arrugada, el cansancio tomando forma. Exhausto, rendido, extenuado. Aquel profesor de literatura: “Un hombre no está cansado, está agotado. No digáis muy triste, usad taciturno. El lenguaje se inventó para enamorar a las mujeres y eso no se consigue con vaguería”. El noble arte del timo. Que prosigue el poderoso drama y tu puedes contribuir con un verso. Me quito el reloj, las llaves, la chaqueta y me acuerdo de que hoy La Roche duerme en mi casa y que no hay nada más parecido a dormir con un oso. Recurro a lo último que me queda, a la vergüenza de perderse en uno mismo, la satisfacción de llegar vivo al crepúsculo. Me meto una cuchara en la boca y el metal, frío e impersonal, me devuelve a mi casa, a unos pies descalzos que caminan por la hierba en La Rioja, a la suave lluvia que decora mis mañanas. Con un yogur en la mano busco la ventana indicada, encuentro la escalera de incendios y subo con cuidado dejando atrás el murmullo lejano de la calle. Los coches que pitan a los turistas despistados, chinas que ofrecen masajes, mendigos que tocan la armónica como un soldado dispara -ausentes y resignados. Esos ojos hundidos y distantes estancados en algún lugar del siglo pasado. Subo, como digo, la escalera de incencios y me siento como Tom Bishop subiendo a aquella azotea en Berlín. Pero ya no siento la violencia en mis manos y las gaviotas graznan en una negrura sin futuro.


No hay sillas ni esperanza pero apoyo la espalda contra una pared de ladrillo y contemplo en la lejanía los tejados de Londres, la espalda de Nelson, las cúpulas y chimeneas; el vapor que huye hacia el cielo. El tacto de la cuchara en mi boca, el sabor metálico de la sangre. Stephen tenía clase y Bloom tenía a Stephen. Vuelvo, qué remedio, a Atiqur, a Atticus Finch y cuando empiezo el yogur de vainilla -que está de cojones- el silencio del abogado me alcanza – otra vez, una más. Huyo hacia delante y sonrío y me doy cuenta de que tengo menos miedo, de que he empezado a olvidar. Sus sentencias vuelan en mis labios: 
Uno vence raras veces, pero alguna vez vence.

Sonrío a la oscura noche. Es duro, hay vacío, melancólica soledad. Pero es importante saber dejar que las cosas se acaben. 



sábado, 9 de enero de 2016

Saber renunciar

Decía Hemingway que nunca hay que escribir sobre un sitio hasta que te has marchado. Al final todo puede reducirse a las manos de mi madre. Es navidad y ha puesto toallas blancas con renos rojos en todos los baños de la casa. A ella le hace ilusión. Me descubro volando un lunes de madrugada con una rabia indescriptible guiándome como un sonámbulo. Y recuerdo; cojones, qué remedio. Recuerdo con una nítida perfección que asusta las cenas en casa de mi abuela. Las voces, las risas, los besos a mi primo pequeño que suenan a promesa: chuick, chuick. La venganza que leo en los ojos de Javierito. Ya creceré, cabrón, me dice su sonrisa mientras le como los mofletes. El concurso de tortillas de patata; mi primo Luis aceptando su derrota, sirviéndose, humillado y herido, el último trozo de la tortilla contraria. Leopoldo tocando Día de feria en el office. Las conversaciones desnudando a Zweig, a Rulfo y a Onetti. El poema El Futuro de Cortázar. La niebla que surge del Pisuerga, las manos en los bolsillos. Siempre, en la plaza mayor, nos recordamos unos a otros el suicidio de nuestro antepasado. Mi abuela abriéndose en abanico: todo esto, antes era nuestro. Mi tío Javier, por detrás, descojonado, diciendo que es mentira. Los diálogos de la trilogía que me acompañan como un bálsamo: no os diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas. Tienen razón. La familia, al final, es la que tú eliges. Las personas que te salvan día a día. Amigos fieles y eternos. Aun así, no te puedes negar ese íntimo pálpito, la relación sanguínea, el orgullo de estirpe; de prolongación. Ese anhelo ancestral que te vuelve a reunir de cualquier manera. En mi avión, ese que me aleja de mí mismo, me sonrío. Empieza a despegar y aprieto un libro contra mi pecho, acojonado. El avión se eleva, pierde el contacto con el suelo y yo me pregunto si este será el vuelo donde definitivamente palmo. Durante unos minutos no puedo pensar en nada, atento a mi estómago. Mirando con los ojos desencajados por la ventanilla, comprobando que todo sigue en su sitio. El tío que tengo al lado observándome como si estuviese loco. Vuelvo a mi nostalgia cuando el avión se estabiliza. Recuerdo la Castellana en moto; la lluvia llenando mi salón de penumbra y todos sepultados bajo mantas. El consomé para las resacas, Xavi (en su español voluble) explicándole a mi padre a qué se dedica un trader. Mi padre diciéndome que vendo humo. Salir un martes: Las Tablas, El Cuento, Green. Me pegan por bailar con alguien. Todas las visitas que se quedan en el tintero. Y no sobraba papel. Las cosas que se acaban, que perdemos; y que por lo tanto son ya siempre nuestras. Turbulencias. Puta isla. Es imposible llegar sin turbulencias. Bueno, si me mato hoy, no sería tan grave. No me dolería tanto. El amigo insensato, pujas de chupitos por regalos de mierda. La familia, la otra familia, la que elegimos. Diego escribiendo en un libro de Conrad: "Cuando todo falla, cuando todo se va a la mierda y no puedes más, sólo hay dos cosas que te pueden salvar: la música y la compañía de un hermano al que has elegido". Y brindo por ello. Yo escribiendo mierdas, borracho, en ese mismo libro pensando que lo había ganado otro y resultó ser para mí. Más turbulencias. Me agarro al brazo del de al lado y me quita la mano con violencia: ¡qué cojones haces! Mi estómago me dice que no estamos cayendo. Agarro con fuerza el libro y recuerdo cuando hace una eternidad, hace un año -la coña de Noche Vieja: nos vemos el año que viene- en diciembre, volví a casa. Cenando con mi madre de madrugada. Ella corta jamón de la pata mientras yo bato tomate y tuesto pan. Ya sentados, lo pruebo y cierro los ojos, transportado a un lugar donde no te pueden arrebatar las cosas. Mi madre muerde la tostada y también cierra los ojos murmurando que se abriría una cerveza. Digo que vamos a abrir una, que qué cojones, que estoy en España, que es Navidad. La compartimos y levanto mi vaso, brindando por nosotros. Mi madre levanta su vaso y me corrige. Por el futuro. Por el futuro, que es brindar también por las alegrías y los desvelos. Por todas las derrotas que tuercen nuestra mirada. Por las conquistas. Por lo que vendrá. Por el vértigo, la pérdida y el miedo. Por el valor que desconocemos pero que intuimos. Por el camino y el cambio. Por la Navidad que ha empezado a acabarse. Por los que no están y por los que no estarán. Por la familia, la de sangre y la elegida. Porque -lo decía Bukowski- seguir vivos es la victoria. Por los atardeceres que aún quedan por contemplar. Porque este puto avión no se caiga.  Por llegar y saber marcharse. Por romperse. Por saber volver a empezar.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Tres días

Resulta que, al final, ayer o siempre, quien sabe, llego tarde a casa. Estoy cansado , me escuecen los ojos y tengo que quitarme el traje apagadamente, sin mucho entusiasmo, sin un destino que me defina y nos de sentido. Una vez desvestido me doy cuenta de la húmeda soledad que ha crecido en ese lunes lluvioso y también de que no me quedan calcetines limpios, que hay cobardía inhóspita en mis manos; que el eco y las paredes resuenan a tardes de otros. Y ahí estoy yo, esperando a que el tambor de la lavadora estalle y que se acabe esta ciudad sin magia. Exhausto, contemplo las lentas revoluciones como quien observa un paisaje, un hecho o una tostadora. Me refugio en Onetti. En el difuso final de las palabras, en las gotas que revientan y se pierden para siempre. Un lejano reloj -quizá el Big Ben, quizá Saint Pauls- anuncia que ha llegado el hemisferio más oscuro de la noche. Donde las tragedias se enhebran con la bruma y el coraje de quien desafía, por ejemplo, a un fantasma. Me encuentro solo, cargando ropa mojada que huele a refugio y a melancolía, y una sonrisa feroz acude a mis labios y tarareo, sin insistencia, una canción derrotista y cobarde que resume una vida demasiado conmigo y rotundamente sin ti. Los ritmos pausados y ausentes. Aun así, recurro al cinismo, a una valentía marchita que aún asombra para bailarle a la noche. Mientras todo se derrumba, los hombres justos y honrados duermen y la luna despliega su relente sin complejos. Yo bailo -lejana interpretación de movimientos- como homenaje a las cosas que se rompen. Inauguro las miradas sin consuelo, las fotos que recuerdan que un día estuvimos a tiempo. Bailo para encontrar el juicio, para que el mar siga siendo simplemente agua y no una frontera. Bailo porque cuando todo va mal pienso en ti y ya no hay remedio, ni cura, ni cobardía, ni anhelo. Bailo y canto entre dientes esa estúpida canción y recupero una ignota idea que intuyo pero no recuerdo. La ropa está mojada, las sombras lamen las esquinas. Yo sonrío y bailo y todo vuelve a ser como antes. No estoy cansado, aún es de día y hay luz, y todavía me quedan putos calcetines limpios.  



lunes, 7 de diciembre de 2015

Detective de consecuencia

Existe la lealtad fácil. La de siempre, la común, la corriente. La que se sostiene en un día gris de diario, cuando compras un billete de autobús o contemplas el otoño por una ventana. La que no se explica por sí sola porque necesita un tercero, un motivo. Y hay otro tipo de lealtad. Una que no tiene esperanza ni futuro. Una lealtad que se enroca en los remordimientos inconfesables. Esa lealtad no tiene sentido; es primitiva, gutural, prehistórica. Una mirada que gira alrededor de un histeria fiel y tenaz. Eterna. La lealtad de afrontar un destino trágico por unos silencios imperecederos. La manera de sostener una mirada. La indiferencia ante la muerte. Una frase que resume una vida -el amor, una bolsa de dinero, los casquillos de las balas chocando contra el suelo- en medio de una vorágine letal y definitiva. Una lealtad que nunca consigue resignarse a tiempo.

domingo, 15 de noviembre de 2015

No sabía muy bien qué decir y recurrió a su voz

Tenía la tez ovalada, los ojos aceitunados, una sonrisa sin margen. Morena, con reflejos cobrizos. Unas piernas sin pausa. Caminaba erguida, como si un antiguo dolor le llenase las articulaciones de rabia. Fruncía el ceño y el cielo se ensombrecía, taciturno y débil. Pero en su mirada, en la de él, habitaba la luz del que resiste. Seguir vivo era su victoria. Ella le recibió con el rostro relajado pero las manos crispadas. Intuía, como sólo saben intuir las mujeres, las intenciones veladas de aquel hombre sereno. Hablaba, él, enseñando los dientes, manteniendo una relación distendida de manos. Suavizando las palabras. En cambio, su mirada era una lanza. Ambos la sentían. Él le hablo de su tierra natal, de una educación que no tenía, de negocios que se habían intuido en el tiempo. Inventaba palabras que le llenaban de una falsedad necesaria y precaria. El interés de ella desembocó en leves aspavientos de luz, una mirada al suelo llena de hastío, fuego en sus movimientos cortos y violentos. Todo estalló tras una mirada larga y sin sonido. Cuando ella no aguantó el juego al que la sometían. En el que él estaba tan cómodo y ella se sentía tan sucia. Preguntas a bocajarro, encogimiento de hombros, palabras que no quieren ser pronunciadas. Manos que llaman a la calma, ojos que quieren guerra. 

-¿Qué es lo que quiere? 

-Se lo he dicho: información. 

-Mire, usa bastón, se mueve como un soldado. Estoy segura de que no tiene una hija y mi perro y su procedencia le tienen sin cuidado. No ha tenido un sólo empleado a su cargo y estoy cansada. ¿Qué es lo que quiere? 

-Supongo que a usted. En el sentido menos literal de la palabra. 

-Entonces - altiva, triunfal, alzando el mentón, endureciendo su mirada-, ¿qué es lo que ofrece? 

No esperaba su media sonrisa, sus ojos mirando el suelo. Las manos tranquilas acariciándose una barba descuidada. Alzó los ojos -unos ojos verdes indefinidos, de un estigma perfecto- para mirarla como quien se levanta del suelo. Divertido y tranquilo. 

-Sólo puedo ofrecerle peligro y vértigo. Tesoros de memoria. -Calló, consciente de la incredulidad que ella destilaba-. Cielo azul y una vasta orilla de arena blanca. -El silencio acariciaba los objetos y fuera, en la calle, conversaciones lejanas llenaban un salón sumido en la inmovilidad-. Siento la opulencia de mis palabras. Lo que pretendo es insuflarla el sentimiento que no se permite. Ese que no se atreve a imaginar. Le ofrezco la libertad.

-Empiece. 

En su voz se escondía una curiosidad que gritaba pidiendo explicaciones. Él se levantó con una lentitud medida, ayudándose de su bastón. Los ojos de ella se agrandaron, expectantes, inocentes y rendidos. 

-Aún no. Pero pronto. 

Se dirigió hacia la puerta. La pierna le latía sin piedad, los movimientos torpes le restaban elegancia al gesto, al momento. Ella le seguía con la mirada, los ojos clavados en su espalda. Giró el pomo y tiró. Cruzó el umbral sin mirar atrás, dejando en un lujoso salón de techos impracticables y muebles lejanos a una mujer hermosa desbordada por la zozobra y la incertidumbre. 


domingo, 25 de octubre de 2015

Eran dos fusiles en una esquina, una biblioteca y escaleras de madera

Coinciden varias cosas. Ocurre, entre otros desajustes, que dejo de leer una novela mal escrita y empiezo a Delibes. Coincide, estalla, que leo eso de la flor en un jarrón, lo del reloj destripado y lleno de libros. Algo se arrebata dentro de mi y consigo imaginarme a esa mujer serena y llena de aventura. Una mujer que permuta un prado por una casa. Esa, que como recuerda Jabois, añoro aún antes de haberla conocido. Muy asturiano, muy nostalgia y lluvia fina. El orbayo llenándolo todo de pérdida. Coincide, también, que ese día conozco a Claudia. Que me pierdo en el laberinto de su nariz invadida de pecas. Esas que me recorren los brazos. Piel que siempre me recuerdan a mi padre. Resulta que me sonríe como si estuviésemos solos y que lleva la espalda al aire y que baila y que se inclina hacia mi como quien se asoma a un abismo. Vuelve el calambre, el vértigo. Y resulta, al final, al día siguiente, que estoy de resaca. Que llueve. Que el cielo es una amalgama de grises violentos. Que no tengo abrigo y que recibo las gotas que caen de lado como una tragedia donde yo soy la espada. Resulta que sonrío y que el calor del Anglesea Arms se ha deshecho. Camino por South Kensington y me pierdo y contemplo los parques vacíos. Las altas verjas que me separan de un verde imposible. Los salones que se intuyen en cada ventana inmensa; casas de espejismo. Y resulta, al final, donde todo muere, en el principio -que es, a la vez, final y altura- hay una ventana abierta en una de las impolutas casas blancas. El cielo se detiene, las gotas amainan, el sonido crece. El desgarro de un violín llena la calle. Me quedo, sin remedio, paralizado frente a esa ventana al mundo. Y me digo que no puede ser. Que la casualidad es destino, historias entrelazadas. Me digo que Juan me enseñó a Howard Shore por una razón. Intuyo, como se intuye que un ascensor sube, que el destino me ha alcanzado. Que soy afortunado por tener esa certeza; esa lucidez. Las notas de Tchaikovsky -siempre es Tchaikovsky cuando suena un violín- rompen la lluvia, la inutilizan. Estoy solo. En un país que fue mi enemigo en una calle que desconozco ante una ventana imposible. En uno de esos salones, de techos altos, tan blancos, con cuadros de artista maldito, en uno de esos salones una mujer con vaqueros toca el violín. Lo hace ante un atril. Concentrada. Sin apenas esfuerzo doblega la voluntad del instrumento. Se mece suavemente mientras el arco sube, baja y se desvanece. La música se hunde en mi garganta como la proa de una galera; llenando de emoción mis pulmones. Ahí concluye mi día, mi esperanza y lo que arde. Todo converge en ese momento. Las mareas, el paso del tiempo, el amor obstinado y las mujeres subiéndose a un taxi con otro hombre. Muere el decírselo a un amigo. Pierde su sentido. La mujer, la de los vaqueros, la que me roba el alma como lo hace esta ciudad, se interrumpe y el sonido acaba. Me mira y ve a un desconocido en su ventana, mojado y herido, contemplándola como quien ve un dragón. Sonríe e inclina la cabeza. Yo, desorientado, la inclino aún más. Despliego una sonrisa tímida y recuerdo mis piernas. Y empiezo a andar. Si he de morir, pienso, ese día, la música de ese violín cantará que he sangrado, que me rompí y que fui leal hasta el final. Que la risa es un remedio y la vida una aventura.  

sábado, 10 de octubre de 2015

Ahora vivirás en mi libro

Pronuncio esa palabra y un remordimiento acude a mi como a una llamada. Desastre. Incapaz de la altura tuve que contentarme con una visión romántica del vértigo. Aún llamas a mi puerta con esos ojos de cobre. En una madrugada en la que siempre se difumina mi valor. Vuelve a mi Trocadero, donde casi lloras. Donde te reías. Dejo que la culpa me envuelva el cuerpo como una fina niebla implacable. En noches como las de ayer pude abrazarte sin reparos. Pero ya estas lejos, me reconoces en una distancia que te divierte y alivia. Desde un barco que se aleja te veo, de pie, con unos ojos imposibles, en un puerto que arde y desaparece. Tú serás donde empezó todo. Yo seré el lugar donde todo se rompió. Decirte, tan sólo, que, al menos, conservo tu risa -esa risa horrible que rompía todos los cristales- en lo más hondo de mi carcajada. Sé que es poco, no es mucho y no tiene sentido. Te robé el saber expresarme y contigo quedó mi cordura.