viernes, 27 de febrero de 2015

Que sepas solo quiero

La niña que siempre he imaginado ahora tiene tus ojos. Qué remedio. Grandes, redondos, llenos de luz y aperjados de cobre. Relente de oro líquido. Morena, frágil, ávida de vida. Con una sonrisa despeinada llena de viento. 

Lo escribí cuando volvimos de Rabat. Hace ya tanto tiempo. No sabía bien qué sentía. A dónde quería llegar.

Soy un fantoche, lo sé. Y hasta mala persona. No sé aún, mientras escribo esto, si permitiré que lo leas. Si responderé a tu email. Nunca he recibido algo parecido. Te lo juro. Tu sinceridad me explota por dentro y se hunde en mi garganta. Voy a ir esta tarde a tu casa y no sé de donde sacaré las palabras. No lo sé. Me gustaría empezar haciéndote sonreír. Un poco, lo mínimo, para que una punzada de dolor me sacuda el cuerpo como a una marioneta. Sentirme verdaderamente culpable. Y decirte, no lo sé, decirte que últimamente he alejado de mi a las personas que han intentado quererme. Que siento que me hundo y que me gusta esa sensación. Supongo que estar demasiado tiempo solo te asilvestra, vuelves a ser salvaje, y la cautividad no es una opción. Ni siquiera una alternativa. No es que exista otra mujer, te aseguro que no hay nadie que te llegue a los talones. Tu cálida indiferencia, tu risa rápida, tu mirada despierta. No hay ninguna como tú. No es eso. Soy plenamente consciente de la cadena que rompo, del barco que arde y del puente que dejo atrás. Sé lo que dejo atrás. Me dedico a romper relaciones. A desbaratar existencias. Y lo siento joder. No puedo quererte como mereces. Y no mereces ni mi puntual indiferencia, ni mis silencios ni mis besos rotos. Te conozco. En ti late la leona que se intuye en tu pelo. Ese corazón salvaje se adivina en las dentelladas que das por besos. Tu manera, última, de explotar conmigo. No me parece justo. Te condenaría a una relación desigual para la que no estás preparada. Y sí, puede que tenga miedo. Puede que me de vértigo asomarme a tu mirada y ver tanta verdad que me asuste. Que el tiempo nos quite el aliento. Puede que haya olvidado cómo comprometerme con alguien. A pesar de que seas tú. Por eso mi decisión es marcharme. Dejarte vía libre, que encuentres otro camino. Permitirte que me olvides. Y es lo que debes hacer. Porque te quiero, y lo sabes, y nunca te lo he dicho. Porque has sido, eres y serás el eslabón que me ata a mi forma de ser. Porque eres perfecta pero, de alguna manera, mi corazón ha encontrado la forma de evitar tus trampas. Ese cabrón errático ha dicho que no. De alguna manera he de ser fiel a sí mismo. Supongo que eso es lo que te enganchó tanto. Espero que ahora seas fiel a ti misma y que, con resolución definitiva y sin retorno, me entierres. En el Sáhara, o en aquel estanque en medio de la nada; en el más desgarrado olvido.

lunes, 9 de febrero de 2015

Por sobrevivir al peor de los tiranos

Puede que la felicidad sea eso. Saber que no necesitas una alternativa. Elegir tus mañanas. La flemática calma de la desesperación; transformada en decisiones, en días, en encuentros. No desear ser otro. ¿Y quién ser? La risa, la mirada cómplice. Los recovecos de una amistad que hace tiempo dejó de funcionar. Pero que sigue siendo un puente, una balsa o un clavo ardiendo. La certeza. El sentimiento inexplicable de cerrar la puerta con la maleta en la mano; realizar una reverencia a un público que no existe y dejar atrás los retazos de otra vida que te acompañará siempre. El tacto del reloj en la muñeca, el suave engrane de cada rueda, la historia, la correa surcada por melladuras de noches vulgares que no podrás olvidar nunca. La sencillez, el calor de llegar a casa. La penumbra del invierno. Ese frío que te invita a la melancolía y que hace que seas más tú que nunca. Más mirada, más tacto y más verdad. Fronteras. La lluvia, en el Coliseo, mientras construyes una pira verbal a Cayo Valerio, a Mario Juvencio Tala y a tantos otros. El sueño, las ganas de escribir, los verbos que se escapan por una ventana abierta a los recuerdos. Las frases con un sentido último. Una mirada en un taxi, el estupor de la sorpresa. Un libro en el regazo, la elegancia de perderse en una mirada ausente; aún prisionera de las palabras. Un regalo, las cartas que nunca llegan o la manta que un día mandé a una dirección. Como pidiendo disculpas por marcharme, por no quererla tan fuerte. Por besarla tan flojo. La rutina del coche y el augurio de los pájaros. Recuerdo cuando subía aquella cuesta, con el amanecer despuntando, nervioso. Y el canto de unos pájaros invisibles me deseaba suerte. Los rayos de luz atravesando las ramas de los árboles. Una copa más. La penúltima. Y habré secado el lago de sus ojos, el de tantas, siempre con un reproche en los labios. No querer estar en otro sitio. Por lo menos, no pretenderlo. Aun así, las calles se hacen pequeñas y los techos muy altos.  El cielo se tiñe de teja y acacia y, ¿quién soy yo para marcharme? Para decidir qué es lo audaz y qué lo cobarde. Las líneas que no me salen. El libro que no llevo dentro. La vida que se me escapa.


Puede que la felicidad sea eso. No querer estar en otro sitio, haciendo otra cosa, siendo otra persona. 

lunes, 19 de enero de 2015

Te dieron a elegir entre amor y dudas, y escogiste la soledad de hacer las cosas bien

Ella se enamorará de otro. Es normal. Tan normal como que ayer nevase, que haga frío, que el cielo sea azul, o que las mujeres tengan secretos. Logrará despegarse de mi olor, olvidar mi mirada y dejará de temblar cuando me tenga cerca. Su corazón taladrará su pecho cuando otro ronde sus domingos, le diga lo guapa que está vestida de negro o el pedazo de culo que le hace un pantalón. Se sonrojará cuando él le pregunte la profundidad del abismo de sus ojos. En donde él, irremediablemente, sentirá vértigo al asomarse. Vértigo y aventura. Porque verá verdades, miedo, mentiras que son sólo de ella y nostalgia. Y no tendrá el valor de preguntar el porqué de cada cosa. Sabe que en cada mujer está el silencio de todas. Pero le bastará su sonrisa sincera para saber que puede formar parte de su camino. Sabrá que pueden compartir derrotas. Y ella le querrá, por que sabrá interpretar los silencios que ella supo tolerar. Porque con él siente que puede arreglarse por dentro, con paciencia. Y sabrán empezar de nuevo y habrá nuevos amaneceres que justifiquen tanta agonía, las lágrimas y el pecho teñido de azul melancolía. Merecerá la pena. Haber tropezado tanto para tropezar, una última vez, contra su boca. Cantará en el coche, se morderá los labios mientras se pinta los ojos y no recordará cuando no supieron quererla. Cuando no tuve el valor de besarla a bocajarro. Tu corazón, de su profundo sueño, tal vez despertará.

Es normal, digo, que vuelva a empezar. Que utilice esas herramientas viejas que arreglan los problemas más antiguos del mundo. Herramientas que buscamos pero que nos encuentran ellas. Aun así habrá un día en el que un olor, una manera de pasar las páginas, de peinarse. La forma en la que llueve, un bar por el centro de Madrid, una canción, un juego de mesa, un escalofrío provocado por el frío, una risa, la manera de pedir perdón, de sonreír; habrá un día, en el que ella estará de vuelta. Yo no lo sabré, ni me daré cuenta. Puede que esté durmiendo, mamándome con mis amigos o escribiendo alguna gilipollez de Vasco. No se acelerará mi corazón ni seré consciente de que un detalle, un gesto, una palabra ha hecho que ella se acuerde de mí. En medio de cualquier calle, de cualquier país. Y volverá el añil a teñir sus pulmones y mirará al suelo, creyendo que puede perderse un momento en esa nostalgia suave que le envuelve el cuerpo. Y suspirará. Por todo lo que pudo ser. Ese quizá al que yo no tuve el valor de saltar ni ella de empujarme. Suspirará porque el pecho le pesará un poco, porque en el hueco que me llevé quedan golondrinas o porque la rabia que ya no se permite le atravesará el esófago, subirá por la laringe y lo soltará al mundo como quien suelta lastre. Y si está con él, él la mirara y hará preguntas con los ojos. Esos ojos a los que ella mentirá. Ese pacto tácito de ocultar viejas cicatrices que sólo llevan a calles cortadas. Le dirá que ha olvidado algo, que a una amiga suya esto, que su padre lo otro.


Y yo seguiré con mi vida. Y ella con la suya. Puede que no nos volvamos a ver más, o puede que nos encontremos en una fiesta o por la calle. Y puede que finjamos esa simpatía fría y cordial. Y puede que los polos se derritan, que el giro de la tierra desacelere un microsegundo más o que el siroco empiece a soplar de una forma perpendicular al viento de tramuntana. Puede que descubran un flujo laminar paralelo a la capa viscosa y que, entonces, la capa límite hidrodinámica no exista; y tenga que cambiar el nombre de esta página o mandarlo todo a la mierda. Puede que ella se enamore de otro. Que el mundo gire. Puede que yo olvide lo gilipollas que fui un día. Y todo lo que perdí por cobarde. Por ser justo conmigo mismo. Por tonto. Por valiente. Por no saber decir, a determinadas cosas, que no.

jueves, 8 de enero de 2015

Your hands on my cheeks your shoulder in my mouth

Ocupas más tiempo del que en un principio reservé como tuyo.

¿Ya estás contenta?

No

¿Por qué?

Dame un beso

Mi frialdad se desmorona y no puedo mentirte, no tan bien como antes. A pesar de ello, mi verdad te traspasa, y tú, te revuelves contra ella; contra la certeza, a favor del caos. Corazón errático. En tu mirada está el niño que dejé de ser hace mucho tiempo. Por eso creo que te debo alguna explicación, para compensar tanto silencio. Aun así, nunca sabrás interpretar el temblor que me alcanzó esa última mañana de enero. Cuando decías que no querías seguir esquiando. Tus ojos verdes oscilando entre las lágrimas y la rabia. Tú tirada en la nieve y yo riéndome. De ti, de la situación, del mundo. 

Es una lástima que vengamos de antiguos errores; y una pena que estemos condenados a repetirlos. 

Pero no es nuestro ahora, ni nuestra circunstancia ni ese lugar donde las mareas, las estaciones y el movimiento de la tierra se reúnen. Esa mirada febril, tanta definición, tanta palabra, tanto amor. Cuando al final son sólo gestos. Confidencias. El beso arrobado, lento, mientras entrelazas las manos alrededor de mi cuello. Eso, todo eso, son gestos en los que cada vez creo menos. Hay cosas que están condenadas a un final. A una última explosión. Está la rutina, el fulgor decreciente, la erosión. Factores de desgaste. Esa puta película, El amor dura tres años. Perder el vértigo. Quizá me acojone eso. Extraviar el miedo. Olvidarlo. Y no lo sé, de verdad que no sé, cuál será el -nuestro- porvenir. 

Aun así, ten en cuenta, que se llama porvenir porque no llega nunca.   

domingo, 21 de diciembre de 2014

Una mujer cuya medida sea un domingo sin miedo

Me preguntas, cándida, que porqué ya no escribo. Que porqué mi melancolía ya no encuentra palabras. Tú. Me lo preguntas tú. Mientras me robas la última parte de orgullo a la que me he aferrado durante estos últimos meses. Me lo preguntas con una copa en la mano. Con una sonrisa ancha que te atraviesa la cara, y mi ronco corazón, se engrasa, se alimenta de tu espalda, siempre infinita, y empieza - por enésima vez- a tamborilear recuerdos. Y llega este domingo, este puto domingo, sin ti. Sin tu futuro. Rodeado de conversaciones que no me llevan a tu mirada. Ni a tus manos ni a nada.

Y ya no escribo porque no quiero escribir lo de siempre. La falta que me haces. Porque ya lo he escrito todo, joder, y nada ha hecho que vuelvas. Porque es una mariconada y me jode que lo que me impulsa a sentarme, ponerme música y aporrear las teclas eres tú. Siempre has sido tú, perra devastadora de mi insulsa vida.

Así que, no voy a escribir lo de siempre, nada de ¿donde estás? ladrona de mi felicidad, senescal de mi tenebrosa noche. Vértigo en mi salto hacia el olvido. Dónde decides no estar. Explícame el porqué de tu ausencia en cada esquina que ya no doblo. En el vericueto, trémulo, de cada despertar con los pulmones encharcados de melancolía. 

Mierda.


Lo estoy volviendo a hacer. Escribir mariconadas. Resumiré mi pecho, tu ausencia y esta tarde tan debuti que hacía hoy en esto:


— Andá a saber -le dijo Oliveira a alguien que no era Talita-. Andá a saber si no sos vos la que esta noche me escupe tanta lástima. Andá a saber si en el fondo no hay que llorar de amor hasta llenar cuatro o cinco palanganas. O que te las lloren, como te las están llorando

 Y empiezo.


Ayer, me inventé un poema. Se lo dije en coma a otra que no eras tú, en un taxi. Empecé a inventármelo con uno de Borges. Entre mi amor y yo se han de levantar trescientas noches como trescientas paredes y el mar será una magia entre nosotros. -Aquí empieza lo bueno-. Y que será de mi, en cada noche que se excluya de esa magia. En tu mirada de mar abierto, en tu mar de miradas. Tú, amor. Que cada noche surcas la existencia que nos une, como si fuera un camino y tu rostro de sorpresa -esto lo dije porque la tía estaba flipando-  palpita en el cielo como una estrella indecisa. Quinientas noches de desvelo que te entrego sin mirarte, porque de hacerlo, tendría que robarte los días en donde te quise. -Y termine con otro de Benedetti-. Porque tu existes siempre donde quiera, pero existes mejor donde te quiero.

Tenías que haber visto la cara del taxista. Tenía los ojos desencajados. A lo mejor hasta se lo escribió cuando nos bajamos.

La tronca esta me dijo que no me lo había inventado, que era de alguien. Y me inventé otro.

Cameron es de Estados Unidos, y le ha parecido curioso cuando hoy, tomándonos algo, le he dicho que un tío me daba vergüenza ajena. Se ha quedado mirándome. Con esa mirada profunda que no ve, porque estás metido en tu cabeza, pensando. Ha pensado durante cinco segundos y me ha dicho, con su español voluble, que entendía el concepto pero que era la polla la palabra. Yo le he preguntado si en inglés no existía ese término. Se ha quedado mirándome -otra vez- y me ha dicho: me voy a inventar un poema. Ha empezado con uno de Walt Whitman.

Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros. -Y ha seguido, inventándoselo- La latitud del bombeo de la sangre, de mi corazón al de mi amada, tiene las coordenadas de una farola. Solitaria, anárquica y volátil. Alumbra de una manera precoz, inquisitiva y elaborada. La observo desde mi casa, sobre todo cuando decide llover en mis domingos. Y ahí, ella, estoica, heroica y contumaz, decide qué alumbrar en cada jornada, en cada giro de astro. Ella, la farola, mi amada, la antorcha en mi huída. Un verano lejano, alumbrado a medias, donde se oye el crecer la hierba. - Y ha terminado con otro de Bukowski-. Si vas a intentarlo, ve hasta el final.

Esta vez, el poema era la cara del camarero. Cameron, mirándole, le ha dicho, creo que se va a titular Un buzón en llamas. Yo no entendía nada. 

Después, de esta finde lúdico y lúcido. Me he dicho, qué cojones. Voy a intentar yo escribir uno. Y nada. Como he empezado diciendo, me preguntas que porqué ya no escribo. Te contesto con un micropoema que, para variar, alguien se inventó:

Faltas, y todo sobra.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El porqué de tu ausencia cuando te necesito

Por un tiempo olvidé los finales abruptos. Conseguía difuminar en distintos escalones despedidas que no me importaban una mierda. Un adiós por fascículos.
Leí hace tiempo...
Sí, hace tiempo. Las hojas de los árboles. Esta mañana lo he pensado. Cómo caen lentamente, trazando amplios arcos, como si pudieran invertir el movimiento. Volver a subir. Verlas posarse en el suelo sabía a derrota.

Supongo que lo verdaderamente importante se volvió irrecuperable, hace ya un tiempo.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Viva Escocia

Se escribe, entre otras cosas, para saltar sobre los abismos de la memoria. Para recordar miradas, tacto y emociones. Se escribe, creo, cuando el vértigo es más grande que las ganas. Cuando la lluvia inunda el salón, o una idea.Cuando es la última alternativa. Un lastimero vamos a volver a empezar

Escribo porque he leído lo que dijo Pina Bausch, con una certeza nacida del horror y de los huesos, “Bailen, bailen, o estamos perdidos”.

Hace dos días. Barcelona. Y ese frío tan de costa que se cuela por las uñas y abraza los sentidos. Esa luz, una ventana abierta al mundo y un sol moribundo arremetiendo contra cada esquina. Contra cada silencio. El sonido de una casa de techos altos y recuerdos innombrables. La cama, blanca, y la ausencia de una espalda aún mas curva, más lejana, más tardía.
Los hielos crujen en vasos de plástico que se abandonan en cualquier historia. Taburetes de otras selvas, miradas que no caben en los ojos. Y sonrisas. Gritos de admiración, miedo y gritos de impotencia, de querer amalgamar esos momentos como crisálidas. Impotencia de tiempo, que se escapa entre las manos ansiosas. Gritos, con esencia de ultraje. Con corazones palpitando de fondo. La farándula, dejándose las ganas en casa. Esos ojos de rifle, de tan maligna hermosura. Eran todos ese pobre amante incapaz de nadar en una fuente. Ellas, chocando con las sonrisas. Y una camarera, atónita, jovial, de pronto otra vez joven. Que se admira y exclama: ¡por vosotros! ¡por la vida!

En fin, Atticus Finch tiene demasiada razón. Lo que da miedo no es lo que has perdido –con eso aprendiste a lidiar en el frío- ; lo que da miedo es lo que puedes perder.

¿Y tienes miedo, ojos negros? Tú, con tu espíritu indomable. Tú, la que siempre me esperaba. ¿Tú? ¿Miedo?

Pero, si es así, entonces, baila.