jueves, 26 de abril de 2012
Roxanne
Tiene gracia, porque me considero una persona normal. Hago mis recados, compro lo que tengo que comprar y veo a mis amigos. Sigo una rutina cada semana y espero con ganas a que llegue el viernes. Disfruto de mis vacaciones y de vez en cuando me agobio con mi futuro. Hasta ahí todo normal. Pero hay excepciones. Por ejemplo, cuando escucho música. En especial, cuando escucho tangos. Concretamente cuando escucho uno. Un tango dedicado a una mujer. Inhóspita e indomable. Cuando los violines me invaden e involuntariamente cierro los ojos, puedo ser cualquier persona. Mi pecho viaja a un Madrid del siglo diecinueve, y recorro sus calles un Mayo desolador y sangriento. Con una pistola en la mano y aullando libertad. Me enfrento a cargas de coraceros implacables. Puedo surcar un océano lejano e impregnarme del silencio antes de un abordaje. Huelo las velas ardiendo y la pólvora quemada. Grito como un energúmeno -y me convierto en uno- cuando salto el bauprés y me lanzo sobre la cubierta enemiga de algún barco llamado Temeráire o Victory. Huyo de una ciudad milenaria cargando oro, mientras escucho como sacrifican a mis amigos en altares. Escucho sus gritos y fuerzo a mi cuerpo para correr más rapido, dando gracias por no ser uno de ellos. Defiendo la última ciudad cristiana en alguna cruzada. Con el brazo en cabestrillo, enarbolo en el otro, mi espada. Mientras los sarracenos logran acabar con nuestra última resistencia. En fin, ocupo mi lugar donde me corresponde. Donde mi orgullo me lleva. Pero mi preferido, mi lugar perfecto, es cuando acabo mis días a cuchilladas en cualquier taberna de Buenos Aires. Defendiendo un honor que ya no tengo y con una navaja que, curiosamente, siempre fue mía.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario