La proa del barco rompe las olas. Un suave vaivén
nos mece en un ocaso donde el sol, potente, se estira a lo largo de la
superficie del horizonte. Las islas se perfilan a lo lejos, pero las vamos
perdiendo de vista. La brisa hincha las velas y el barco se escora, pero de una
manera leve y cómoda. Navegamos en silencio, disfrutando de él. Del regalo de
poder compartirlo. Sólo se escucha la música que alguna vez conocimos. Tenía
pensado contarte tantas cosas que, ahora, no vienen a cuento. Ya son de otra persona.
Surcaremos el mar buscando un lugar donde no distingamos el cielo del agua.
Donde no tengamos nombres. Yo perderé la memoria de mis palabras. No sabré
terminar mis frases. Aprendí a hablar para que tu me escucharas. Ahora, en
medio de todo ese azul prometedor, nuestros pasados quedarán obsoletos. Solo
estaremos tú, yo y el mar infinito. Pero un detalle brilla en mi mente. Se
revuelve contra la amnesia. No quiere que olvide. No quiere que me pierda en
ese azul infinito sin que recuerde una cosa. Eres tú. El detalle me recuerda que
viajo contigo a un futuro incierto. Poco a poco, en mi mente empiezan a desdoblarse dolorosos recuerdos. Empiezo a recordar y recuerdo, por ejemplo, porqué aprendí a hablar. También rescato las notas de la música. Abro los ojos y estoy contigo en un barco dirigiéndonos a la inmensidad. Y como nunca supe acabar esto, supongo que
solo estamos tú,yo y algún marinero al que le crezcan las ideas.
Te grité. Hice señales con los brazos. Hace ya mucho tiempo de eso. Ese pasado que querías que olvidásemos. Te grité, ¿te acuerdas? Tú me recibías con aquel odio tuyo en la mirada. Me respondías con todo el orgullo que tu raza te había dado. Eso es lo que hoy casi olvido. Casi olvido que, entre el amor y el agua, siempre eliges ahogarte.
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