lunes, 11 de junio de 2012

A fuerza de golpes

Abrazo mi almohada mientras cierro los ojos. La oscuridad es completa y solo oigo pasos en el piso de arriba. Llevo un par de horas dando vueltas en la cama. Los últimos días han sido agotadores. He apretado los dientes muchas veces. Demasiadas. Pero siento que mi cuerpo se endurece. Poco a poco. Mi ojos miran ahora con recelo. La confianza, ahora, es algo más larga y cansada. Cuesta recorrerla. No puedo olvidar ya lo que he hecho. Todos los errores que me han traído a este día. He fallado tantas veces que ahora me duele darme cuenta. Ahora, cuando todo es irrevocable, sin remedio, abres los ojos. Siempre antes de estrellarte. O cuando ya lo has hecho. Las desgracias nunca viene solas. Alas negras, noticias negras. Todo rey lo sabe. Todas juntas de la mano, asaltando tus bastiones. Donde creías que eras invencible. Siempre veo una batalla en cada asunto apretado. En cada lance de la vida. Dos fuerzas dispuestas a degollarse. Y, esta vez, el reducto de Terheyden, es un paseo bajo los nogales -por ejemplo, cogido de su mano-. Pero Lope de Vega acude en mi ayuda: espada tengo. Lo demás, Dios lo remedie. 


Sabes a que mano me refiero.

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