Me sonríes mientras te tocas el pelo y giras lentamente la cabeza. Evitas mirarme a los ojos. Yo cojo tus subrayadores mientras te cuento alguna tontería. Tus ojos se clavan en mis labios. Tu cuerpo persigue mis palabras. Porque me escuchas pero no me oyes. Sólo entiendes que estamos tú y yo en medio de un silencio tosco y cansado. Hablamos entre susurros pero nuestras risas, inevitablemente, rompen la agonía de las palabras. Sigues rizándote el pelo y yo intento perder la vista a lo lejos de la sala, como reflexionando, dejando que el erudito silencio se cuele entre nosotros. Tus labios pasan de una sonrisa a un temor. Cambias las piernas de lado y te inclinas hacia mí, llamando mi atención.
- Oye- susurras a escasos centímetros de mí-, ¿puedo hacerte una pregunta?
Observas la reacción en mi rostro. Yo intento que mis músculos no me traicionen. Pero los poros de mi piel no entienden de momentos. De pronto, tengo la frente perlada de sudor, e intento apartarlo con un movimiento natural. El corazón se ha convertido en un tambor rabioso. Mis manos no encuentran un lugar donde quedarse quietas.
- Claro- respondo sumiso y, a la vez, intrigado.
Mis ojos intentan resolver la tempestad de tu expresión. Te muerdes el labio, bajas la mirada y sonríes. Observo como tu pecho se arma de valor y como levantas la mirada. Con ojos divertidos me preguntas:
- ¿Vendrías a buscarme si los zombis nos invadiesen?- me sueltas a bocajarro, aguantándote la risa-. Pero ponte en situación- continuas, impretérrita-, Madrid esta totalmente infestado de zombis. Tu familia ha conseguido salir a campo abierto. Estás alejándote ya hacia el norte cuando, de repente, te acuerdas de mi. ¿Volverías a por mi?- concluyes, triunfal y con una sonrisa pletórica en los labios.
A mi rostro, rauda, acude una sonrisa imposible. Una risa implacable. Pero tus ojos expectantes me impiden no pensar una respuesta. Vuelvo a extraviar la mirada a lo lejos. Finjo que medito una respuesta, cuando siempre he sabido cual sería. Aunque no me hubieses formulado la pregunta, la respuesta siempre habría estado ahí. Paciente y oportuna, esperándote.
Tras un momento de reflexión y, perdiéndome en las líneas de tu cara, te respondo:
- Nunca habría salido de Madrid sin ti.
Te ruborizas e intentas y juguetear con el bolígrafo de color verde que tienes delante. No consigues mirarme a la cara. Finalmente, alzas la vista y, perdiéndote en mis facciones, susurras:
-Buena respuesta.
Yo, sonrío con rabia y ladeo la cabeza:
-Buena pregunta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario