viernes, 6 de enero de 2012
Vallatang
Solo sus ojos podían desmentir la quietud de sus ojos. Sus manos
perfilaban sus manos. La boca sugería placer efímero. Placer a cambio de
riesgo. De miradas preñadas de rabia. El patriarca de sus celos
pretendía nuestro rechazo. Nosotros nos dedicábamos miradas largas, ojos
gastados, duelo de luces. Mi espalda recibía el desatino del áspero
gentío. La sorpresa. El descrédito de la escena. La camarera y el
extraño. Su diosa y su pecado, su castigo. Se entreveía un lance
apretado. Tu y yo, juntos, ralentizamos el tiempo y emparejamos a cada
cual con su final. Luego vino el amigo y su mirada, su boca colmada de sinsabores. La luna que riela y
argenta nuestros lánguidos abrazos. Efímeros y a la vez prometedores.
Prometiendo un mañana que, de antemano, sabemos que no amanecerá.
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