lunes, 16 de mayo de 2011

La M de la L

Bien bien. Me lo pidió sin entusiasmo y como un crédito a muy largo plazo. Algo como: ¡ei!, ¡podrías hacerlo!. Pero lo que su sonrisa invitaba a pensar, sus ojos lo dementían. Pues he vuelto Eugene -he decidido llamarle Eugene, para que su anonimato no se vea comprometido- y voy a hacerlo.

Ya tiene 22 años, y nunca ha dejado de arrancar sonrisas. Estoy seguro que mientras el médico le daba las palmadas en el culo, lo hacía sonriendo. Pero empiezo por el principio. Metro ochenta y algo, moreno, pelo liso y andares graciosos. Es guapete el tío, ellas lo saben, yo lo se y lo mejor de todo, él todavía no se lo cree del todo. Tiene andares graciosos y atractivos. Eugene, presuponiendo su fealdad, la contrarresta con un carisma que impregna cómo una colonia. Le tienes que sonreir, es imposible odiarle. "Oye tío, me he pillado a tu hermana", ¡da igual!, ¡me encantas!. Te arropa, lo juro, lo he sentido. Es cómo si te quisiesen mil esquimales a la vez. Algo adorable. Te acoge en un regazo que roza lo maternal aunque casi ni te conozca. Las típicas palabras cómo qué tal los exámenes ó luego te veo las transforma en algo único y casi parece que las ha inventado en ese momento por y para hacerte sentir especial. Todo el mundo lo piensa y yo lo confirmo, es abrazable y le gusta. Si alguien lee esto y le reconoce, por favor, hacedlo. Y le decís: ¡que he leido que te gusta, tontorrón!. El hará un mohín pero sonreirá y se dejará abrazar. Ahora tengo que volver a empezar Eugene, maldito señor Blog. Podría llegar a ser tan cándido e inocente como su sonrisa, pero sus ojos ven más allá. Ya lo dije, pero sabe aparecer entre el dolor y las dudas, como una esperanza. Como una antorcha en un mar de tinieblas, e insuflarte calor y ganas de seguir adelante. Creces a su lado, aprendes sonriendo. Consigues intercalar bromas con momentos de miradas que lo dicen todo. También sé que ya lo había puesto, maldito Blog, pero los silencios son su especialidad. "Hay momentos en los que las palabras no nos alcanzan", o algo así soltó tranquilamente el otro día. Ala. Para que no estes atento a lo que dice. Y sabe hablarte con los ojos y con medias sonrisas que te dicen que estas cosas pasan. Y cuando pasan, te das cuenta de que él, de alguna forma, lo sabía. Y que no hay reproches, sólo alma en sus manos y brazos que te abrazan.
Me repito, lo sé, pero no hay preposiciones, conjunciones, verbos ni planos detallados que puedan reflejar con fiabilidad (del 95 por ciento) sus manos pequeñas y su titánico corazón. Dije antes que estaba describiendo un cuadro de tonalidades infinitas, pero él es mucho más. Es, por ejemplo, un atardecer milagroso, ó una lluvia en un mar remoto, ó simplemente calor que sientes al saberte querido por una gran persona y una gran sonrisa.
Nunca me haré i-phone, pero me seguirás queriendo.

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