Me siento lejos pero en paz. Mis párpados amenazan con bajar el telón de acero que separa mi pensamiento de tus flirteos. No puedo mantener el hilo de mis ideas porque se consume en cuanto me pongo nervioso. Se calienta, se dilata y, finalmente, se marchita hilo a hilo. Salto de un fogonazo de inspiración a lagunas en calma y repletas de interrogantes creciendo en los árboles mustios. Me gustaba mucho aquel libro, y es curioso que ya no recuerde ya no su título, sino su argumento. Podría, a cambio, escribir yo uno. Uno con un título largo, laborioso y difícil de recordar. Donde plasmara, trazo a trazo, tu entreabrir de boca. Y sólo fuese eso, un ensayo extendido sobre cómo perder el tiempo mirando por la ventana. Intentando que las miradas de reojo no lleguen a su destino. Aderezado con un final en el que explico cómo podría llegar a no zozobrar entre los obstáculos que me lanzan mis reservas, plantarme delante de tu sonrisa arrogante y decirte que, en el fondo, no eres para tanto.
Me podría acercar, por detrás, y susurrarte al oido que para mi cuerpo eres un destino y para mis manos una vocación. Pero prefiero que te quedes sentada, preguntándote en que momento se cambiaron los papeles. En qué momento tus ganas de sonreirme y apartarme se conviertieron en una mueca de amargura. Que a suaves penas logras ocultar tras los movimientos inquietos de tus anhelos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario