Me gustan las cosas sencillas. El calor de una toalla un día frío y desconsiderado. El silencio tranquilo del arrullo del agua, la cascada de tus piernas. Un pestañeo fugaz y dedicado. El tacto de la piel y el erizarse los suspiros. La mirada encontrada, buscando sombras imposibles. El estómago encogido, la incertidumbre. Una sonrisa cómplice. La amistad sin esquinas ni atajos, directa y franca. Las pestañas largas, los silencios cortos, los besos largos, las reticencias breves. El estallar de la pasión. Abandonarse a un regalo. Los quebraderos adorables de cabeza. El teclear con miedo y la espera ansiosa. La mirada que vuelve. La dificultad para respirar sin ansia. El horizonte de tus ojos. Tus rodillas. Las manos sobre la boca. El robo de un beso. Lo fugaz de mis dedos y tu piel. En fin, todas las cosas que ya son inherentes en mi manera de andar. En la inclinación de mi cabeza al sonreir. En cómo mi pecho arde. Todas estas cosas, simples a su manera, tienen un sinónimo común. Un origen estipulado y final desconocido. Todo se reduce a cómo te echo de menos y de las cosas que hago para no sentir que mis manos añoran un cielo, que respiro fuego y que mis ojos saben a pérdida.
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