Conocí, hace ya mucho tiempo, a un hombre al que tuercebotas literarios calificarían de sabio, para luego olvidarse de él. Siempre hablaba de su profesión: orador de tabernas. Y hacía algo más en ellas. Sus mejillas y nariz sonrojada delataban el espíritu compulsivo de su cuerpo maltratado por los años. Su voz cascada dejaba entrever sus pulmones rebosantes de alquitrán y tiempo. Y su mirada siempre solía perderse en los recuerdos que sólo él podía evocar. A veces se quedaba con la mano sostenida en el aire, como para señalar algo imposible o, simplemente, saludar a alguien que sólo existía en sus remordimientos. Más tarde y, sobre todo, poco a poco, logré atisbar la simpleza y, a la vez, el sentido último de sus palabras. El porqué de su rabia lejana al pronunciarlas. Ahora puedo comprender porqué cada vez que mi mirada perseguía a cualquier mujer transeúnte de la calle me observaba, compasivo, y esbozaba una media sonrisa, siempre cansada. Yo me volvía hacia él, inquisidor. Y se limitaba a mirar de soslayo y murmurar: son todas unas princesas. Y tras una breve pausa, conocedor de la solemnidad de cada segundo, añadía mirándome directamente a los ojos: princesas agónicas.
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