Veinte primaveras.
Y un invierno de más.
Y aún sigue luchando.
Nunca se cansó de que el Destino la pretendiese para ser inagotable.
De mirada suave y firme, negra como la noche que la viste, te enseña la grandeza de lo sutil.
Rinde pleitesía al esfuerzo y la recompensa siempre es la victoria.
No lo dice, pero lo piensa, luchar o morir.
No concibe rendirse.
La fuerza de un titán puebla su duro y esbelto cuerpo.
Sus manos destilan el poder de una espada o de una caricia, doblegando la voluntad de las palabras ajenas.
Fuego en la penumbra de lo conocido, en el entreabrir de goznes engrasados y en el cruzar de las piernas.
Lenguas de llamas que todo consumen.
Es luz. Sencillamente, ilumina.
Una noche cerrada es un juego colgado de su amparo.
Puede perderse en su propia mirada recordando dolor propio y pasado.
Perderse en un silencio que únicamente otorga, que nunca dice que no.
Sabe cuando hay que difuminar los besos entre caricias, gestos que no dicen nada pero que representan un todo.
Sólo quería volver a ella un breve pestañeo de tiempo.
Ser la voluta que arde con ella una efímera eternidad.
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