Y un día, acariciando el atardecer con manos trémulas y estudiadas, recuerdo que antes solía buscarte en las nubes que este sol agonizante tiñe de fuego. Mi mirada corría de un lado a otra esquina buscando rastros de tu presencia. Y ahora, nada. Sólo quietud y desenfreno controlado. Paz en mi pecho en ruinas y en obras, que le pesan las cicatrices de las guerras en su nombre.
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