miércoles, 13 de abril de 2011

Preludio de Neftalí

Te recuerdo tal como eras;
el preludio del derroche de mil estrellas.
Para sobrevivirme, te esgrimí como un arma
y me disgregué, ardiente, en la noche fría.

No creas, no, que no descubrí tu pozo insondable.
Pude ver en tu ceguera diurna, a través de tus párpados pesados como culpas.
Eras fácil y tranquila, como un viaje
y los árboles en ti se detenían.

Pero cae la hora del crepúsculo
y las penas danzan como sombras.
Tus silencios persiguen mis horas acosadas.
Mis dentelladas buscan tu osadía.

Tus palabras, huecas cómo suspiros, buscan su camino de retorno.
Sólo encuentran paredes altas y noches y oídos sordos.
No quieren que te aferres a las volutas de un letargo.
En los espejos pulidos no se refleja tu pasado. 

Mis ojos, alegres como brasas, lamentan tus horas baldías.
No queda nada de lo poco que iluminaste,
más nunca iluminaste tu agonía.

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