viernes, 22 de abril de 2011
Capuchones de Haro
El silencio se rompía paso a paso con una rabia descomunal y desconocida, aunque no resultaba extraña. Este silencio quebrantado se alzaba hacia el cielo, clamando por una redención antigüa. Una vergüenza ancestral. Tendrías que estar allí para entenderlo. Esos ojos cargados de lamento que eran arropados con un respeto que no tenía ni reproches ni edad. Era un regalo para mi espina dorsal, que se estremecía sorprendida. Y entre toda esa vorágine de sentimientos, tu sonrisa. Tú me buscabas y yo no me escondía. Y mi corazón compungido que latía en vilo, se sobresaltó. No se lo esperaba, tan lejos de casa y tan desprovisto. Habías estado en mí tanto tiempo que me eras familiar. Me habías besado con aquellos besos furibundos, tímidos y sin nombre hace apenas unos días. Hace dos semanas te desvestías para mi en una casa ajena. Y hace varios meses me pedías una tregua en cualquier calle. Y otra vez, volvías enfundada en un cuerpo diferente para quererme de otra manera una noche más. Por eso siempre estarás en mi. Me recordarás con nostalgia y volveré cuando tu estómago se encoja y tus manos tiemblen. Y tu serás para mi la desgracia de cualquier devaneo nocturno o las sonrisas en alguna terraza solitaria. Gracias por pararte ante mi esta noche, cargada de un misticismo medieval, y recordarme lo que puedo llegar a ser y que estoy dispuesto a serlo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario