viernes, 11 de marzo de 2011
A un amigo
Sólo tú sabes hacer tan perversamente bien que él se sienta así. Vacío. Triste. Y acaba merodeando por los recovecos de su memoria. Preguntándose donde tiene que esconder los jirones de su desgarrada alma. En que hondonada. En que remota colina tiene que refugiarla. Para que no presencie el amanecer de tu ausencia. Que brilla despiadada. Cómo un día sin ocaso. Sin final. Una secreta certeza impide que atenue su brillo mortífero. Sólo tu haces tan perversamente bien que él se sienta feliz. Dichoso. Y sólo espera que la paz que tanto ansía anide en él en forma de lluvia y que lo empape de arriba a abajo. Y lo limpie de tantas camas vacías y besos huecos sin esperanza.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario