viernes, 25 de marzo de 2011
Erasmus
Al principio. En el momento inicial. Nadie notaría nada. Ni el mas leve temblor pertubaría la quietud de este mundo cobarde. Pero yo sabría que había llegado la hora. Con una pasmosa tranquilidad me levantaría de la mesa en la que estaba sentado. Y ante el mudo asombro de mis compañeros abandonaría la clase. Entre leves balbuceos de las paredes y la inquietud de los suelos, caminaría a paso calmado por los pasillos. Cuando el edificio se empezara a estremecer yo ya estaría en el segundo piso. Y todavía no habría cundido el pánico. Ni aquí ni en ninguna parte. Solo cuando la oscilación de los armonicos de la corteza terrestre empezara a sacudir los cimientos de la ciudad, la multitud se pararía. Una sacudida. Un aviso. Y yo ya por el primer piso. Y sigo andando. Sé lo que viene ahora. Cómo una segunda ola que arremete contra las rocas. El segundo seísmo sacudiría los cimientos de todas las civilizaciones. Desde Uzbequistán hasta Laos. Desde Madrid a Canberra. Todo se moverá bajo un ritmo en el que se adivina la destrucción y la muerte. Y no podremos evitarlo. Y mientras las paredes tiemblan de miedo y de impotencia. Los marcos de las puertas se desmoronan. Los vidrios explotan extasiados de tanta acústica y trágica musicalidad. Yo me hallaré en el vestíbulo. Acompasando mis pasos al subir y bajar de la Madre Tierra. Y cuando atravesara la última puerta. El edificio entero se desmoronaría. Para pasmo de toda la gente que aún se reponía de la primera impresión. Y caería a plomo. Y de ese modo, el resto de edificios de alrededor. De las islas. Archipielagos. Penínsulas. Llanuras. Todo. Todo quedaría completamente arrasado. Ni una construcción del hombre levantaría mas de un palmo del suelo. El hombre ya no tendría sentido en este planeta valdío y sin esperanza. Ya no existiríamos. Los remaches de mi ropa irían perdiendo fuerza. Así como las costuras. Y mientras sigo andando hacia un horizonte puro y sin edificios que lo oculten. Yo. El último de mi especie. Lejos de sentir lástima o desazón por todo lo que dejo atrás. Abandonaré este mundo. El mundo que creamos tú y yo para nuestro deleite. Dejaré a su suerte a éste despiadado lugar que me pago con sangre y lágrimas. Y envuelto en un halo de luz resplandeciente. Me retiraré a la oscuridad. Para nunca apagarme. Y para volver dentro de una eternidad. A intentar de nuevo esta utopía llamada amor.
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