Lo único que he aprendido. La excepción de esta pasajera y temporal agonía. La claridad de este crepúsculo artificial es una verdad como un dolor. Aparentemente eterno. Y muy real: las mujeres despampanantes sólo están para mirarlas. Es un consejo. No te acerques. No paran de buscar objetivos entre la multitud. Hombres desprevenidos y dóciles. Siempre van de puerta en puerta. Vendiendo galletas. Mendigando amor. Y robando las ganas de vivir. Y cuando ya no te queda ni dinero. Ni entrañas. Ni luz en los ojos. Comienzan a balbucear. Y a frotarse las manos. Y a cruzar los pies. Y ahí, hombre desprevenido ya prevenido, tienes que plantar cara. Tienes que decir.¡Qué decir!. Tienes que gritar: ¡Si quieres irte, vete!. Y por favor, por favor. Hombre ya prevenido. Omite el murmullo apagado que brota de tus labios y dice: pero vuelve pronto.
Algún día te llegara. Oh sí. Y no estaré ahí para verlo. Pero ya no me importará. Y en ese momento. Cuando yo ya haya olvidado tu nombre. Tú te acordarás del mío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario