De cualquier árbol cuelgan mis sonrisas. Aguantan estoicamente a pesar de estar colgadas por su risueño cuello. Ni la gravedad ni la suavidad mortal con la que se mecen logran ocultar un ápice su hilera de dientes alegres. Solo se aminalan cuando las lágrimas de tu sauce llorón impregnan su espíritu y sus hojas. Entonces sus bocas se cierran y las sonrisas perecen. Y caen una a una como fruta madura, como buscando cada una su silencio salado y terminal.
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