Fue un día de primavera. Donde los pájaros cantan y el corazón reposa tranquilo. Como bañándose de todo lo que le rodea. Una mesa en un jardín. La suave brisa cálida del atardecer. Un vaso de vino tinto en la mano. Manteníamos una conversación fluida, sembrada de risas y lágrimas. Anécdotas que ya nunca volverán pero que eran nuestro pasado y, a la vez, nuestra forma de ser. Fue un instante donde la nostalgia nos asaltó. Un momento donde dejamos que la tristeza impregnara nuestro espíritu fatigado. Se lo pregunté a bocajarro, dando por hecho que lo hacía. ¿Qué Escribes? El me lanzó una mirada profunda como un pozo. Sus labios eran una línea fina y sus manos dejaron de tamborilear en la mesa.
-Mi padre- comenzó, tranquilo- siempre me contaba que yo de pequeño era zurdo.
Yo, paciente, esperé a que continuara.
-Utilizaba el arco al revés y cuando tocaba la guitarra, mi padre, me cambiaba las cuerdas de lado.
Su mirada se perdía en la tarde castellana. Intentando evocar en la lejanía los recuerdos. Yo me mantenía en silencio.
-Cuando empecé, yo sólo, a cambiar de mano, a utilizar la derecha, mi padre me miraba intrigado. Un día entró en casa cansado. Tenía la mirada febril y brillante. Me llamó a su lado...-no logró terminar la frase.
Se interrumpió de manera abrupta. Los recuerdos, dolorosos, se amontonaban en su mente. Con un suspiro apoyó los codos en la mesa. Se tomó su tiempo. Cuando ordenó las palabras me miró fijamente. Taladrándome las pupilas.
-Me dijo que cuidara esa parte creativa de mi cuerpo. Mi lado izquierdo. Que nunca la perdiera. Esa parte de mi me llevaría a casa. Que esa parte, algún día, salvaría mi alma.
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