Ayer volvieron las migrañas. Postrado en la cama, con la frente perlada de sudor, combatía el dolor de mi cabeza. A duras penas logré conciliar el sueño. Entre los estertores de mis delirios y las vueltas en la cama llegué a un conclusión que brillaba en mi habitación. Era una certeza clara y firme. Estas migrañas eran tu resaca. El que hayas sido mía, otra vez, por unas horas, hace que mi cuerpo no entienda porqué vuelves a alejarte.
Y le comprendo y le consuelo. Aún no, me digo, todavía no.
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