Cocinábamos en aquella casa que ya no es de nadie. Era un domingo lluvioso, mi padre tocaba la guitarra en el salón. Tu risa atravesaba todos los arpegios para llegar a la cocina. Lloraba mientras cortaba la cebolla. Siempre pensé que sería mentira. Pero en cuanto corte dos veces aquella cebolla no pude evitar llorar. A pesar de la guitarra. A pesar de tu risa. Entraste en la cocina y te asustaste. Al segundo te diste cuenta de lo que pasaba. Aún recuerdo tu manos vacilantes, tu rostro contraído y preocupado. Después vino tu risa, más resuelta y feliz que antes.
-¡Viz! -gritaste divertida-, ¡no llores hombre!
Atravesando el pequeño recorrido que nos separada me rodeaste la cintura por detrás, con los brazos. Dándome un suave beso en la mejilla me susurraste:
-Sigo aquí.
Y volviste a reír para después contarme que antes de pelar una cebolla hay que meterla en la nevera. El resto, los últimos esbozos de nuestra historia, logro olvidarlos poco a poco.
Hoy, cosas de la vida, he abierto una nevera. No era en mi casa. Pero aun así me he quedado mirando, completamente ausente, la cebolla solitaria que estaba en un estante. No sé cuanto tiempo he estado así. Tan solo recordé una de nuestras muchas conversaciones. Ninguna en particular. Siempre llegaba a casa con el corazón encendido. Pensando en que había dicho demasiado. Que no había hablado suficiente. Que a lo mejor me habían faltado cosas por decir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario