Se observaban, en silencio, como dos viejos amigos. La terraza estaba vacía y las mesas y sillas, abandonadas, estaban esparcidas ocupándolo todo de una forma caótica. Habían colocado una mesa en el centro y habían juntado dos sillas, una enfrente de la otra. Su ropa, gastada, dejaba entrever la soledad de los dos tipos. Capas y capas de ropa encontrada en los bancos de la calle y donada a la beneficiencia. Ambos lucían barbas largas y enmarañadas. La mochila de uno y un carro de la compra del otro -atestada de bolsas-, esperaban en un rincón a lo que tuvieran que decirse sus dueños. Pero seguían taladrándose los ojos. Sin lamentos de otra época ni desvaríos propios de los borrachos. Lúcidos, esperaban la primera palabra del otro. Rondaba la madrugada y era una noche suave. Una brisa primaveral mecía los mechones de sus cabellos. En el rostro de uno de los dos, afloró el amago de una sonrisa. Los ojos del otro, divertidos, dieron paso a una sonora carcajada. Ambos empezaron a reir antes de decir una sola palabra. Era un risa sencilla. Sin aspavientos. Carcajadas resignadas de alguien cuyo el humor es lo único que ya no puede perder. Cuando las risas arreciaron restituyeron las miradas. Pero éstas, eran miradas compartidas. Incluso divertidas. Uno, el más mayor, decidió romper el momento con palabras. Creyó que ya había llegado el momento.
- Así que...- dijo estudiando la expresión del otro-..así es como se vive cuando se tiene dinero.
El otro se tomó su tiempo, dejó planear su mirada a su alrededor mientras dibujaba una sonrisa cansada.
-Sí, supongo que sí- y parecía que había concluido.
Cuando el silencio volvía a intentar asaltar su infrecuente conversación, volvieron a mirarse a los ojos. El segundo continuó.
-Supongo que esto es lo que haces cuando tu preocupación es que vivan por ti...- y dejó la afirmación en el aire.
El duelo de miradas había vuelto. Se observaban directamente al iris de los ojos. Lanzándose dardos casi materiales. El que había hablado primero comprendió, bajó la mirada y esbozo una mueca de sabiduría.
En un susurro, hablando para un pasado que antes vivó, terminó la frase de su compañero involuntario de fatigas.
-Cuando tu única preocupación es perderte la vida.
Ambos se encontraron en sus miradas y estallaron a carcajadas. Esta vez con golpes encima de la mesa. Con lágrimas de felicidad y de comprensión, riéndose de el Destino y alegrándose de su propia fuerza y de su voluntad. Había poco aire aquella noche para insuflar de oxígeno a sus pulmones. Se reían sin tiempo, pues lo habían perdido.
Yo pasaba en una moto, aquella madrugada, cansado de hipotecar la vida y con el viento acariciándome el rostro, cuando sus risas atrajeron mi atención. Se fundían en un abrazo lento y largo mientras se reían y se daban palmadas en la espalda.
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