viernes, 18 de noviembre de 2011

Segundo Acto

La noche era tibia y suave. Y los insectos nocturnos rompían la paradisiaca penumbra con ruidos quedos pero agradables. Salíh estaba asomado al balcón de sus aposentos. El reflejo de la luna se desdibujaba en el estanque con trazos inseguros. Suspiraba. Había estado mas de tres horas con el soberano de Sárrimar. Y había intentado asimilar sus problemas y buscar una solución. Pero una ventana se entreabría todo el rato en su mente. Una mirada le hacía romper con la conversación de su rey. Su hija. El recuerdo de la conversación le hacía sonreir. Será como todas las princesas son, pensaba. Bella e inaccesible. Pero el recuerdo de su aroma y el tono de su voz le envolvían como un sudario de niebla. Conseguía atenuar los remordimientos de otros días. Su mirada era llegar a un santuario. De pronto, un sonido le sobresaltó. En su mano apareció una daga y se deslizo, suavemente, a una esquina oscura del balcón. Algo se movía en el jardín. Aguzando la mirada y protegiéndose con las tinieblas se aventuró a observar por encima del alféizar. Una figura femenina y desnuda se estaba metiendo en el estanque. Había dejado sus ropajes a unos pasos y ahora se introducía lentamente en el agua mientras reía entre dientes. La visión de la princesa bañandose desnuda le hizo perder todo instinto de seguridad e, irguiéndose, avanzo hasta la balustrada para contemplar el espectáculo. La princesa, alarmada por el juego de sombras y luces, alzó la vista. Sus miradas se encontraron y por un instante, un hilo invisible unió sendas pupilas. Al cabo de un instante imperecedero, la princesa corrió hacia su ropa mientras Salij desviaba la mirada y se precipitaba dentro de su habitación. Nervioso, empezó a balbucear excusas inconexas. Un torbellino de frases de disculpa se agolpaban en su mente. De pronto, furioso, paró en medio de la habitación.
– ¿Por que habría de disculparme? ¡Ella se bañaba delante de mi ventana! – exclamó convencido
De todas formas, pensaba, ella no hablará a nadie de este incidente. Mientras cavilaba estas últimas palabras, en su puerta resosonó un leve martilleo en la puerta. Como un estruendo lejano. Con la daga bajo las ropas abrió lentamente la puerta. La visión le dejó atónito. La princesa, envuelta en ropa mojada y con el pelo goteando agua, se erguía, desafiante, delante de él. Una sonrisa irónica asomó de sus labios. 
– Deberías dormir más – le susurró, divertida. 
Salíh se tomó su tiempo. Miró al suelo y clavó su negra mirada en su hermoso rostro. 
– Y tu bañarte menos –  contestó él, con una sonrisa cruzándole el rostro. 
– Cuando tu dejes de hablar solo y preparar como disculparte –  sentenció ella, con un relámpago cruzándole los ojos.
Y dicho esto, giró hacia la derecha y con rápidos pasos se perdió en los corredores. Dejando a Salíh, guerrero de sangre fría y veterano en mil batallas, deleitándose con el eco de sus pasos e intentando descifrarla en la fragancia etérea que había dejado tras de sí.  

Y no te flipes. Que Salíh también se las sabe todas.  

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