El ruido de cascos rompía el atardecer dorado. Los centinelas, atentos, se asomaban a las almenas heridas por los rayos últimos del sol. Unos lanceros le cortaron el paso al jinete que ocultaba el rostro tras un pañuelo de viaje. El caballo se encabritó y el jinete masculló una maldición en un idioma desconocido. Controlado el caballo se dirigió a uno de los soldados:
-Vuestro rey solicita mi presencia en palacio- dijo, firme y decidido.
Acto seguido, de los pliegues de su capa apareció un salvoconducto y se lo tendió al atónito centinela.
-Os esperan en palacio- logró balbucear- dese prisa.
Sin esperar respuesta, el jinete espoleó el caballo y entró a toda prisa en la ciudad. Diez minutos después entraba en los establos reales y dos pajes, solícitos, le pedían las riendas de su montura y el otro le pedía que le siguese. Iba el misterioso jinete alisándose los faldones de la capa y ajustándose la espada cuando se topó, casi chocándose, con una bellísima dama envuelta en aceites y aromas de otro mundo.
-¡Oh, disculpad!- exclamó ella- iba distraída inmersa en mis pensamientos.
-La culpa a sido mía -dijo el jinete, cortés- debería haberos intuido.
Ella le obrservó, divertida. Como encontrándose con un jueguete perdido hace tiempo. Y con una sonrisa irónica en la cara le preguntó:
-¿Os molestaría si os hiciese una pregunta?
Él se revolvío imperceptiblemente. Y clavó sus ojos oscuros en los almendrados de ella.
- ¿Os molestaría si no os contestase?
La sonrisa desapareció del hermoso rostro de la joven. Y alzando el mentón y con voz desafiante le increpó:
-Soy Aneria de Torre,señora de Éboli y princesa de Sárrimar. Heredera al trono de la ciudad donde ahora mismo moráis. Y os ordeno que me digáis quien sois.
El embozado jinete, dejó al descubierto su rostro.
- Yo solo soy Salaj Abdera Salíh, señor de los jinetes de las estepas. Y vengo a vuestro reino por orden expresa de vuestro padre. Creo que tiene un pequeño contratiempo y vengo, sin demora, a prestarle mis servicios.
Dicho esto, giró sobre sus talones y con un gesto indicó al paje que continuara. Y se perdió por las cámaras del palacio entre el resonar de sus botas en el mármol del palacio y el silencio obstinado y tenaz de la princesa.
Próximamente mas.
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