martes, 22 de noviembre de 2011

Capítulo 3

Se despertó sobresaltada. El alboroto del exterior la desveló poco después del amanecer. Se apresuró a cubrirse con una capa y se aproximó a los balcones. La ciudad, la capital de Sárrimar, estaba siendo atacada. Los sarrianos corrían de un lado a otro, poniendo a salvo sus posesiones y en el palacio se escuchaban pasos inquietos y ruido metálico de armas. La princesa corrío a vestirse y no había acabado de hacerlo cuando unos golpes nerviosos resonaron en su puerta. La guardia real esperaba al otro lado, inquieta. El capitán hizo una reverencia al aparecer la princesa en el marco de la puerta.
-Mi señora, las defensas estan cediendo- dijo con aire compungido-. Vuestro padre esta dirigiendo nuestras últimas fuerzas y vuestro hermano logra mantener la muralla a duras penas. Tenemos orden de sacaros de la ciudad y poneros a salvo.
Ahogando un suspiro y conteniendo las ganas de gritar, se internó en la habitación recogiendo unas escasas pertenencias y, discretamente, ocultó un puñal en sus bolsillos.
Al cabo de poco tiempo, la princesa cabalgaba protegida de unos cuantos hombres, que lucían el emblema real, hacia una de las puertas laterales. Tras un estruendo y una breve quietud, soldados de la ciudad corrían hacia ellos soltando las armas intentando ponerse a resguardo.
 -¡La puerta ha cedido!.Mi señora, ¡resguardaos en la ciudadela!- gritaba un capitán, dirigiéndose a la pequeña hueste- ¡No hemos podid...!
Una flecha le atravesó la garganta, y las palabras quedaron suspendidas en un aire bélico y peligroso. Mientras el séquito de la princesa volvía grupas para buscar otra salida, de las calles aledañas aparecieron los soldados enemigos y cayeron sobre los caballeros de la escolta con una furia ancestral. Sin tiempo para reprimir los golpes, muchos iban pereciendo bajo los mandobles coléricos de sus enemigos. La poca escolta que quedaba luchaba por poner a salvo a la princesa.
Aneria miraba a todos lados, horrorizada. No sabía cómo actuar. Los caballos, asustados, habían retrocedido hasta una pared y los dos últimos escoltas vendían cara su piel. En ese momento, saetas salidas de la nada, abatieron a los enemigos más cercanos. Y de los soportales que rodeaban la pequeña plaza surgieron sombras corpulentas y ágiles que maniobraban con la espada a una velocidad vertiginosa. En el centro de ellos peleaba, con pasmosa tranquilidad y mecánicos movimientos, el extraño jinete que tanto había impresionado a Aneria y que descubrió observándola la noche anterior. El resto del grupo, apenas diez hombres, acabó con los asaltantes con una rapidez asombrosa. Al instante y reuniendo los caballos necesarios para ellos, la princesa y lo que quedaba de su escolta, se abrieron paso por una puerta secundaria que salía de la ciudad y emprendieron una loca galopada por toda la llanura hasta llegar al bosque que circundaba la región.
Llegados al linde del bosque, al resguardo de la espesura, descabalgaron. La princesa, aún atónita, se dirigió a Salíh, que en ese momento ayudaba a un herido. Salíh levantó la vista y se cruzó con la temerosa mirada de Aneria. Se incorporó y se separó un poco de sus hombres, seguido por la princesa.
-Las defensas cayeron antes de que nadie pudiese remediarlo- suspiró Salíh- la última orden de tu padre fue que te sacará con vida de aquella ratonera.
-¿Pero que ha sido de mi padre y de mi hermano?- imploró la princesa.
-La última vez que les vi, aún estaban con vida- contestó Salíh.
Y enmudeció al no saber que más aportar a la incertidumbre de la bella princesa. Ella luchaba por mantener la compostura. Pero estalló en un llanto sentido y desgarrador por el desconocimiento de la suerte de su familia.
-No se preocupe- se apresuró a decir Salíh- con toda seguridad estarán vivos y a salvo o en el peor de los casos, vivos y prisioneros. 
Tras unos segundos eternos, la princesa logró componerse:
-Además...-y volvían las lágrimas a sus ojos- además hoy es mi cumpleaños...- gimió la princesa.
Salíh dudó unos segundos y al cabo, empezó a buscar en sus alforjas. La princesa le miraba sorprendida. Cuando encontró lo que buscaba lo ocultó a sus espaldas y, con una sonrisa, se acercó a Aneria.
-¿Que hace una princesa como vos sin un vestido apropiado?- inquirió Salíh.
Y mostrando las manos antes ocultas, descubrío un hermoso vestido negro de encaje. A la princesa se le iluminó la cara y una sonrisa afloró en su rostro.
-¿Pero...?- y la pregunta moría en sus labios- ¿Pero porqué tenéis un vestido en vuestras alforjas?- consiguió articular, ebria de la emoción.
- Lo traía para vos- respondió Salíh, con una sonrisa en los labios- tan solo estaba esperando al momento adecuado.
La princesa, riendo, le increpó:
- ¿Y este os parece el momento adecuado?
Salíh soltó una carcajada y guardó silencio. Tras una breve pausa miró directamente a los ojos claros de la princesa.
- El indicado para enjugar vuestras lágrimas y robaros una sonrisa. 











  


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