Piérdete en los recovecos y pliegues de mi valor. Llega a mí siendo cobarde. Puede que un atisbo de duda asome en mi mirada desengañada. Y pueda que finja creerte y que te deje entrar. Si cojo un vaso, ron, hielo y el sonido de tus tacones andando a mi lado, puedo evocar un recuerdo irreal y difuminado de morir en una reyerta, a cuchilladas, en cualquier calle de cualquier suburbio. Y mientras grito rabia y recibo destinos, me desangro pensando en la puerta entornada por la que me deslicé en tu vida.
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