Miraba cómo dormías. Tu pecho subía y bajaba en un lento devenir y podía oír tu respiración acompasada. El tiempo no transcurría en aquella pequeña habitación. La cama era esperanza y mi mirada somnolienta te cantaba canciones que te hacían esas caricias que tanto necesitabas para poder dormirte. Y entonces abriste los ojos.
-Hola- me susurraste.-Menos mal que sigues aquí. Pensé que por la mañana te marcharías.
Eras un ángel entre sabanas y tu sonrisa, aún dormida, y tus mohines con tu pelo y la almohada me arrebataban el destino. Tu cuerpo para mis manos y mis labios era un fin. Una certeza.
-Buenos días -conseguí articular.- Intenté irme un par de veces pero siempre encontraba algún pretexto para volver al calor de tu cama.
Y tu sonreías. Tu sonrisa me devolvía la confianza y desmembraba la incertidumbre de la noche.
-Cuéntame como era- me decías mientras te estirabas, felina- siempre se te a dado bien describir las cosas.
-Había montañas,- te respondí tras varios segundos de silencio, donde ordenaba mis ideas- montañas coronadas por un cielo azul e intenso. Cuando amanecía, en el momento antes de que el sol apareciese en el cielo, te juro que oía el silencio. Era como si el mundo aguantase la respiración para contemplar el desenlace final. El juego de las luces, de los tonos del cielo y el color era un milagro en medio de la nada. Era una broma pesada de algún dios turkana. Y se reía viendo y sintiendo nuestra impotencia de no poder grabar en la retina la brutalidad de ese nuevo día. Las luces del amanecer, tímidas, revelaban la tierrra y sus secretos como siempre lo han sido. Solía haber nubes, y pájaros y gente a la lejanía que volvía de hacer cosas que ya nunca sabré. El mundo despertaba y nosotros le llevábamos el desayuno. Era lo más antiguo, lo más prosaico de este mundo. Un amanecer, ¿que cosa hay más simple que eso?. ¿Cuántos verás a lo largo de tu vida?. Y sin embargo estoy aquí, en una cama. Lejos, a kilómetros, de lo que te estoy describiendo, con los ojos fantásticos de recordar lo que sentía e intentando conseguir que lo entiendas.
Enmudecí de repente. No sabía si había estado hablando media hora o un par de minutos. Tú me mirabas con esa mirada oscilante que debería estar prohibida. Yo sólo quería perderme en tus besos.
-Ojalá hubieses estado ahí, conmigo- te susurré mientras besaba tus párpados y tu te hacías un hueco entre mis brazos. Te deslizaste hasta mi oído y hablaste dentro de mí. Cómo si el sonido viniese de mis recuerdos. De mi conciencia. Esa frase, esas palabras, usadas y viejas eran sólo para mí.
-Lo estaba.
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