viernes, 28 de junio de 2013

Cualquier primavera antigua e irrecuperable

Subíamos en el ascensor en silencio. Cada uno perdido en sus problemas. Quemando neuronas, como siempre. El ascensor llega al tercer piso y se desliza la puerta hacia la derecha. Avanzamos unos pasos, saco de mi bolsillo las llaves y abro la puerta.
Cuatro cajas de cartón en el suelo. Abiertas. Xavi se sienta en mi cama. Y las mira fíjamente, callado. Yo cojo la cinta de embalar y empiezo a cerrar la primera. Los dos envueltos en un silencio tenaz, sólo roto por el sonido de la cinta al desenrollarse. Sin mirarme, Xavi habla en voz alta. Su castellano voluble cargado de nostalgia.

¿Te acuerdas cuando las subimos en octubre?

Yo, sin  mirarle, amago un sonrisa.

¿Estás triste Xavier?

El sigue mirando las cajas. Observa mis dedos manipular la cinta, mis piernas presionando alrededor del cartón.

Otro año que se acaba, tío.  

Y obstinado, ignora mis silencios.

Ya se acaba todo. Empezamos a currar. ¡Es un cambio de la ostia! Piensalo, no nos podríamos haber ido a Bosnia.

De pronto toda la nostalgia me golpea. Y viene a mi mente la foto del soldado que se despide de su novia en la estacion.

http://urblog.org/media/besoestacion1.jpg

Odio las despedidas. No se me dan bien. Siempre intento no mirar a los ojos y abrazar fuerte. Como para ahogar el desamparo que me dispara por la espalda. Nunca sé qué decir, cuales son las palabras apropiadas o qué cara poner. Simplemente no lo sé. Y nunca lo he sabido.
Se podría decir que huyo de las despedidas. Pero ha sido un año salpicado de ellas. Despedidas al pie de las escaleras de la residencia. De madrugada en medio de la calle, lloviendo y llorando todos, etílicos por supuesto. Despedidas en la estación de tren. Manos diciendo adiós a Maxime desde un autobús. Abrazos precipitados. Besos fugaces en puertas entreabiertas. Amaneceres huérfanos entre sabanas ajenas. Horizontes perdidos. Madrugadas sin sentido y resacas anhelando besos. Domingos de pizza en la cama. Miradas por la ventanilla del coche, por el espejo retrovisor. Promesas que murieron nada más pronunciarse: Si vienes a Málaga, como no me llames te mato. Regresos solitarios al aeropuerto en taxi, rumiando recuerdos. Ojos apretados. Manos nerviosas. Te quieros. Dile a estos que vengan. Nudos en el estómago. Eternos "y si nos quedamos". Y si me quedo…Portazos.

 El silencio cae otra vez en mi cuarto. Roto, únicamente, por el ruido de la cinta al despegarse. Y cada ruido es un golpe. Un disparo. Cada silencio trastocado me recuerda lo que dejo atrás. A lo que voy a renunciar. El gran paso que supone acabar este año.

Los jueves se escapan por mi ventana abierta. Los martes de desayunar contigo hasta las 11 se desvanecen, segundo a segundo. Ya no está Pablo raptándome un lunes para ir a Sierra Nevada. Los viajes. Salir un domingo. Ir de empalme a clase o no ir. Las migrañas en casa. Y un largo etcétera. La nostalgia, que siempre la he evitado;  hoy, esta noche, me asalta mientras cierro las cajas. Mientras Xavi se abandona a ella. Con plomo en el alma cierro la última. Y lanzo un largo suspiro. Miro a Xavi y me sonríe.

¿Vamos?, me dice.

Yo asiento con la cabeza. Desorientado. Realmente me da rtigo dejar todo atrás. No quiero bajar estas cajas.

Todo se acaba, reflexiono en voz alta.

Xavi se agacha y coge la primera caja. Se gira, me mira y me sonríe, tranquilizador.

Pero todo empieza, nene.

Y se vuelve y me mete prisa. Que el moro de la recepción no nos va a esperar toda la noche.

A la vuelta, contemplo mi cuarto vacío. Pero sonrío recordando a Bagger Vance, cuando en medio de la desesperación le dice a Junuh que si mira tranquilamente, verá el lugar donde las mareas, las estaciones y la rotación de la tierra se unen. Pienso en mi camino. En Chaouen, que dice que todos van a Roma, pero que pasan por tu casa. Pienso en el futuro, en el miedo y en la forja de uno mismo.

Me refugio en la creencia de que cruzarse es vivir. Que las despedidas son necesarias y nos obligan a recordar lo que fuimos y porqué somos lo que somos. Nos enseñan a valorar lo que perdemos. Y, sobre todo, lo que no queremos perder. El acojone del mañana es lo que nos mantiene hoy -a algunos- vivos y juntos.


De todas formas, algunas despedidas definitivas, sólo desembocan en reencuentros urgentes.

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