Supongo que los lunes no dan la bienvenida a nadie. Son ellos los protagonistas, esclavos de su fama. Pienso en ello al salir de la estación de tren. Un borracho grita a fantasmas que sólo él puede ver. Las luces de domingo hoy no iluminan Faidherbe en esta noche templada. En la Grand Place, desierta, otro borracho canta en una esquina Nessun Dorma. Canta a voz en cuello -sonidos desgarrados- pero canta bien. Me estremezco cuando habla de su nombre y que nadie lo sabrá. Un escalofrío me recorre de arriba a abajo, como siempre que la escucho, cuando grita que, al alba, vencerá.
Yo sólo siento que he perdido. No una pérdida física. Ni un extravío. Siento que he perdido algo. Tal vez una oportunidad o, simplemente, un beso. Ando despacio rememorando los recuerdos que se agolpan en mi cabeza. Acariciándolos uno a uno. Tú encima de tu mesa, mirándome. Riendo mientras revuelves las estanterías buscando vasos. Tú, otra vez, envuelta en un silencio tenaz que respondía a mis preguntas. Sonrisas a medias sentados en unas escaleras. Notre Dame, a nuestra derecha, iluminada para nosotros. El Sena robándonos los sonidos. No paré de decirte que París hay que verlo de noche. No me diste la razón hasta ese momento. Mi corazón volvía a bombear urgentemente sangre. Mis manos, trémulas, necesitaban un destino. Tus labios, lo sé, buscaban equivocarse.
Pasear contigo me ha devuelto el silencio y la mirada. Las manos en los bolsillos eran obligatorias ya que, de otra manera, podíamos acabar enlazándolas. Tu risa -horrorosa- poblaba los callejones, amortiguaba mis pasos y me hacía reír. Nadie se ríe de una forma tan natural como lo haces tú. Te ríes con toda la cara. Cierras los ojos y abres la boca. Cierras los puños y los alzas. Siempre abrías los ojos y me encontrabas mirándote. Ya no sabía que gilipolleces decir para que estalláses en carcajadas, y te lo decía. Tú me empujabas y me decías que soy la cosa más sosa que has conocido. Entonces yo me encogía de hombros y seguía andando. En silencio. Consciente de tu proximidad y tu alegría. Tú me mirabas de soslayo, preguntándote si soy el precio a pagar por sentirte libre.
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