Me despierto sudando. La noche es oscura y por la ventana se adivinan copos de nieve buscando su final en el suelo de las calles, cubriéndolo todo de blanco. He vuelto a soñar con ella. Otra vez, la tercera en una semana. Miro la hora en el reloj del móvil, que me deslumbra, y parpadeo aún dormido. Enciendo el flexo y me incorporo, destapándome. El sudor y el aire frío consiguen que me estremezca. Abro la nevera y bebo
ávidamente de la botella de agua. Qué gran compra esta botella, pienso. Desando el camino a la cama con la botella en la mano y la apoyo en la mesilla. Mi mirada se cruza con el libro que he dejado sobre ella. Miro por la ventana y pienso en lo que he leído antes de dormirme. Algo así como:
La luz de ese amanecer de otoño, azul y gris, triste, le parecía el presagio de que, esta vez, la perdería para siempre.
Otro escalofrío me recorre la espalda.
Miro otra vez la hora, calculando las horas que me quedan de sueño, y un pensamiento me cruza la mente. Y sonrío. Si se lo contase -a ella-, me volvería a decir eso de que soy un personaje. Bueno, concluyo, mejor haberlo intentado. Mientras me levanto de la cama, mirando con determinación el cielo negro, canturreo Mountain Sound. Me visto con calma, sonriendo mientras pienso en lo gordo que está el cantante. Meto la cartera y las llaves en el bolsillo izquierdo, el móvil en el derecho, la bufanda atrapándome el cuello como una serpiente, abro la puerta que da al pasillo y la cierro de un portazo.
El cielo empieza a cambiar de color cuando salgo a la calle. Suaves retazos anaranjados de un sol que quiere atravesar la niebla de la mañana. Los copos, impávidos, siguen cayendo como pequeños paracaidistas. Ando encogido por las calles con las manos en los bolsillos. Recorro la calle principal por la carretera. No hay ningún coche que quiera disputarme ese derecho. Voy pensando en esa desconocida que ha conseguido que me olvide de todo lo demás. Pienso en todos los momentos que ya hemos compartido. Pienso en sus llamadas de madrugada. En su acento del norte. En cómo te acaricia con esa mirada tan suya.
Me quedo mirando el edificio. Siempre me gustó la fachada. Las luces encendidas, los primeros empleados andando por el hall gigante y desierto, entre columnas de otro tiempo. Las preguntas acuden como imantadas a mis dudas. Yo me abrazo al tatuaje que nunca me haré: equivócate. Eso me convence de cruzar las puertas de la estación. Decidido, pensando en su sonrisa, su voz emocionada y su mirada de cobre sigo al legañoso taquillero que ha abierto. Este me acompaña hasta su ventanilla, mirándome extrañado. Tarda en dar la vuelta y se sienta tras la mampára de cristal; y, finalmente, tras acomodarse, me pregunta qué deseo.
Mi cabeza recibe la sangre de mi corazón furioso. Mi pecho recibe sus embates estócaimente. Mi mente me grita que es una locura, mis manos se aferran al mostrador. Durante un segundo, el interior de mi cuerpo se convulsiona violéntamente. El sí y el no luchando dentro de mi. Respiro y miro a los ojos al taquillero que no entiende mis largos silencios. Con voz pausada, lenta y casi cansada pido lo que llevo persiguiendo una vida.
Un billete a París, por favor. El primero que salga.
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