El sonido del agua redundaba en cada instante. La luz del sol al atardecer creaba sombras y rincones inquietos, que pujaban por espacio en cada recodo. Las fuentes tenían mil rostros y de todas manaba agua por sus bocas. Con chorros firmes y rectos. Aquella villa recóndita se escondía en un pequeño pueblo romano. Y tardamos largos paseos en dar con su entrada. El ambiente era húmedo y olía a hierba mojada y musgo. Como césped recién cortado. Como a cada mañana en La Rioja. Pero estába en Italia, me lo recordaba cada vez que descubría una fuente. Siempre mas agresiva, inhóspita y bella que la anterior. Mas espectacular. Recorriamos en un respetable silencio los pasillos al aire libre de hierba y flores. Intentando -yo por lo menos- grabar en mi retina cada resquicio de ese pequeño paraíso. Era sublime, más que muchos monumentos. Era, por así decirlo, un catedral natural. Las escaleras de piedra parecían tallada por el propio tiempo. Y las enredaderas y plantas, cuidadas por los propios árboles, que cobijaban todo bajo su poderosa sombra. Al oeste, una balustrada te permitía ver la inmensa campiña -más inmensa sin ti, diría Neruda- que se extendía a los pies del muro. Para variar, la vida, inescrutable, te deparó a mi lado. Te miraba de reojo, y lo sabes, y sonreirás cuando leas esto. Eran tres direcciones que por algún casual se fundieron en una tarde: tú, el lugar más hermoso del mundo y yo. Nos perseguían grupos con su guía, pero lograbamos despistarlos tras las murallas verdes. El sonido repiqueteando del agua nos ocultaba en nuestro juego. Reíamos y te inmortalizaba en cada instante. Hasta que ocurrió. Mientras descendíamos por una escalera de piedra, ante la fuente mas embaucadora del mundo, un hombre, en un tímido rincón, hincó la rodilla en el suelo ante su pareja.
-Mira, mira- te susurre, cómplice.
Tu no entendías nada y te paraste detrás de mi sin comprender que sucedía.
-Fíjate.
Tus ojos se agrandaron al contemplar la escena.
-¡Le esta pidiendo matrimonio!
Bajaste la voz, y con el corazón encogido, nos acercamos. Con aire de casualidad y, ambos, con los ojos encendidos nos aproximamos midiendo nuestras pisadas. Nos paramos a contemplar el majestuoso espectáculo de la cascada mientras a nuestra izquierda, aquel intrépido hombre se ponía en pie para besar a su sonriente y futura mujer. Yo ya no miraba a la pareja, la ingente cantidad de agua estrellándose contra la rocas me había atrapado en su vorágine de espuma.
Mientras se alejaban me miraste otra vez, con una sonrisa nueva y manos nerviosas.
-¡Le ha pedido matrimonio!- repetiste, entusiasmada-. ¡No me lo puedo creer!
Yo te sonreía, divertido por tu agitación, y giré mi cabeza para contemplar, otra vez, ese homenaje al agua.
-Sí se lo ha pedido- te respondí-. Y realmente ese tío ha elegido el lugar más romántico de la Tierra para hacerlo.
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