lunes, 4 de julio de 2011
Barucs
Mientras el sudor se demoraba en mis pestañas, he vuelto a recordarte. Tu ya nunca sabrás que te estoy haciendo inmortal. En un pequeño rincón de una memoria solitaria, pero eterno. Mientras corría he escuchado risas despreocupadas que evocaban un tiempo que ya no volverá. Nunca recordarás y poco a poco tu cara se irá difuminando en lágrimas y en recuerdos que buscan ser quien eras. Una voz cascada contará, a quien quiera escucharla, como eras. Como sonreías. Tu, yo y el cielo que nos ampara sabe quien se embriagará de imágenes y de alcohol. Todo para olvidar llorando y regodeándose en un dolor estúpido e implacable. No hablé contigo nunca, pero nos conocíamos bien. Nos adivinábamos las miradas. Tu voz crecía y se hacía vigorosa. Empezabas a ver luz en los puntos vacíos de tu existencia. Y tu sonrisa afloraba más a menudo. La luna –siempre fuiste de la noche cerrada– te ungía, rayo a rayo, de su esplendor prestado. Pero todo se quebró. Llegó un día en el que te sobró el coraje, pero te falló el cielo, el mar y el aire. No volviste con nosotros y te llevaste –a donde nos esperas– pedazos de lo que éramos contigo. Nos queda tu sonrisa, plasmada en el cielo nocturno por tu madrina, los días de cuarto menguante.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario