domingo, 23 de enero de 2011

Inocuo

Estaba concentrado en la viscosidad de mis manos. Calculando el flujo de mis ideas a través de sentidos horarios. Cuando el techo de la sala empezó a moverse. Crujía y se quejaba. Y como un anciano, tosía en forma de movimiento. No se oía nada. Salvo el avance implacable del contrasuelo. Y el pavor ocupó la mente de todos. Todos intentaban coger el máximo de apuntes posibles. Para poder, por supuesto, seguir estudiando en otro sitio. Y huir por la única puerta que había. La expresión de alivio de los primeros que llegaban a la puerta era palpable. Pero el grito del primero en llegar encendió las alarmas. Estaban cerradas. Y el techo bajando. Inexorable. Casi nos tocaba las cabezas. Empezaron a lanzar sillas contra las ventanas. Intentaron derribar el resto de puertas. Pero todo en fue vano. No se podía salir. Y la gente, resignada, rezaba o se besaba. O se reía. Otros relinchaban. Y se revolvían furiosos. Mientras tanto, yo seguía intentando estudiar. Con una sonrisa en la cara. Por fin tendría silencio. Por fin, la eternidad. Algunos, en un último intento, intentaban abrir la puerta cerrada. Con palancas, golpeandola, incluso probando con sus propias llaves. La puerta hacia su rutina infinita. Una pena que a nadie se le ocurriese mirar en mis bolsillos.

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