He visto tu sueño. Extranjero y extraño. Era una jaula de estaño y estambre. En medio de una calle recóndita y rebuscada. La gente pasaba, ajena y ajetreada. Tus gritos herían el cielo y el cieno de esta ciudad desangelada y desierta. Las orejas mudas, los ojos apretados como puños. Y tu gritando. Todos esos indecentes e indeseados. Percibían tus ondas sonoras y tus sueños hundidos. Y tu seguías gritando. Gritando sin hacerte ver. Para ellos eras un lamento mecido en el viento. Una llamada. Y todos, sin mirar siquiera, con un dedo inocente, pulsaban "colgar" y "condenar".
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