Se escribe, entre otras cosas, para saltar sobre los abismos
de la memoria. Para recordar miradas, tacto y emociones. Se escribe, creo,
cuando el vértigo es más grande que las ganas. Cuando la lluvia inunda el salón, o una idea.Cuando es la última alternativa. Un lastimero vamos a volver a empezar.
Escribo porque he leído lo que dijo Pina Bausch, con una
certeza nacida del horror y de los huesos, “Bailen,
bailen, o estamos perdidos”.
Hace dos días. Barcelona. Y ese frío tan de costa que se
cuela por las uñas y abraza los sentidos. Esa luz, una ventana abierta al mundo
y un sol moribundo arremetiendo contra cada esquina. Contra cada silencio. El
sonido de una casa de techos altos y recuerdos innombrables. La cama, blanca, y
la ausencia de una espalda aún mas curva, más lejana, más tardía.
Los hielos crujen en vasos de plástico que se abandonan en
cualquier historia. Taburetes de otras selvas, miradas que no caben en los
ojos. Y sonrisas. Gritos de admiración, miedo y gritos de impotencia, de querer
amalgamar esos momentos como crisálidas. Impotencia de tiempo, que se escapa
entre las manos ansiosas. Gritos, con esencia de ultraje. Con corazones
palpitando de fondo. La farándula, dejándose
las ganas en casa. Esos ojos de rifle, de tan maligna hermosura. Eran todos ese
pobre amante incapaz de nadar en una fuente. Ellas, chocando con las sonrisas. Y una camarera, atónita, jovial, de pronto otra vez joven. Que se admira y exclama: ¡por vosotros! ¡por la vida!
En fin, Atticus Finch tiene demasiada razón. Lo que da miedo
no es lo que has perdido –con eso aprendiste a lidiar en el frío- ; lo que
da miedo es lo que puedes perder.
¿Y tienes miedo, ojos negros? Tú, con tu espíritu indomable.
Tú, la que siempre me esperaba. ¿Tú? ¿Miedo?
Pero, si es así, entonces, baila.
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