No sé que ha pasado con todo lo que he escrito hasta ahora. No lo encuentro. Lo he ido dejando en cajones, en bandejas de salida olvidadas. Frases garabateadas en folios proscritos. Epílogos de libros no impresos. Letras de canciones sin una melodía concreta. La tristeza -o la felicidad- hecha literatura en la contraportada de alguna revista. Y joder, de verdad, casi no lo recuerdo. Pero se lo merecen.
No sabéis como me empapo de estos momentos para pasar cada semana.
Lo escupe, casi con rabia, con la mirada perdida en los árboles que desaparecen veloces tras el coche. La música se escapa, mezclada con el viento, por las ventanillas. Y todo es silencio, remordimientos y ojalás. Entonces la mirada cómplice aflora, la sonrisa estalla. Con todos sus dientes. Una palmada cansada en el hombro, teñida de una resaca que parece eterna. Las montañas, verdes, nos roban, de alguna manera, el cansancio. Y el cielo agoniza y todos, impertérritos, seguimos sin pronunciar ningún sonido. Ese silencio cómodo, resignado y tenaz.
Entonces, lo sabes.
En el sudor de O Cebreiro. En una noche en Cañadío. En el viento de tramuntana.
Sabes que ellos son eternos.
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