sábado, 9 de noviembre de 2013

J´ai l´essayé

Le jode confesárselo a si mismo. Se mira en el espejo, abatido, y suspira derrotas mientras se apoya en el lavabo y se moja las manos. Anda mirando al suelo, arrastrando los pies y si alza la vista es para mirar a lo lejos. Para atisbar futuros en un horizonte que se le escapa. Aprieta los dientes cuando el corazón le falla, cuando le traiciona. Y sonríe, regodeándose en un dolor diluido en su alma, recordándola. La he perdido, piensa. Entonces las casas son más altas, las calles más largas y llueve. El I will wait de Mumford ya no tiene sentido y los poemas que recibe cada día, de madrugada -en qué me momento se apuntó a eso- hablan de desconocidos. Es otoño y las hojas secas le recuerdan la pérdida. La amalgama de colores del cielo sabe a nostalgia y el mar ya no brilla como antes. Ya no. Sonríe, sí. Pero la procesión va por dentro. Se sorprende en la calle, andando sólo, o se queda mirando una pared sin ver nada. Pensando. Recordando. Y suspira. Suspira con determinación, con brillo en la mirada y después sacude la cabeza. Alejándola. Recriminándose su debilidad. Seguro de que ella no volverá. Nostálgico, recorre caminos en su memoria ya imposibles. Intransitables. Y una tristeza infinita le invade los pulmones -pues ahí es donde siente todo-.  Los domingos son eternos y su cama demasiado grande. Todo le recuerda a Borges:

¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada? 

En qué momento me apunté a la mierda de los poemas, dice en voz alta. Le asaltan los fantasmas cuando se descuida. Su mano rizándole el pelo mientras conduce. Su mirada. Ella dormida. Y sacude, por enésima vez, la cabeza esperando que su recuerdo se deshaga en su cuerpo. Que el otoño eterno por donde pasea explote en un invierno demoledor. Se esfuerza en tararear Salvation. Y se imagina otros ojos que logren robarle el corazón.


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