sábado, 8 de diciembre de 2012
t.a.
No tengo ayer ni siempre. Nunca supe qué es lo que trataban de gritarme. Sólo soy un pobre hombre dispuesto a amarte. Y ni siquiera sé tu nombre. Te amo. Alguien sabrá que por las tardes te resumía en canciones. Siempre combatí los abrazos a destiempo, bebí de las farolas que no te alumbraban y te esperé donde ya no ardía la esperanza. Me acostumbré a tu imagen. Me reía con tu risa. Yo, en verdad, llené la pleamar con mi alma. Te miro, digo amor, y vuelan palomas. Vi tu humo, tu ceniza, y decidí venir del fuego. Yo, en verdad, nací en tus ojos. En la ocuridad de cada parpadeo. Dueño de mi propia tiniebla, esclavo de tu sombra. Te amo. No tenía aire y creciste para insuflarme noches. Yo, en verdad, tenía un pecho débil. Incapaz de contener latidos. Llené la lluvia de tus manos. Ya te he dicho que alguien sabrá que le cantaba a las mañanas. Que mentía de balcón en balcón. Alguien sabrá que, por las noches, había tejados que, tristes, rememoraban antiguas lluvias. Tejados sin luna. Hombres que regresan a casa. Alguien sabrá que lloré hasta quedar exhausto. Tu sabrás que te amo y por eso vendré del fuego. Te amo y, nunca mas, tendré un ayer o un siempre.
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