Las espigas que faltaban por segar me rozaban las rodillas. El agua fulgía en destellos de oro. Su arrullo penetraba en los más hondo de nuestro pecho. El rugido del motor de las motos rompía el silencio del atardecer y lo hacía sublime. Navegábamos en un mar de oro ondulante y voluble a la brisa de la meseta. Nos mirábamos a través de las viseras de los cascos y nos sonreíamos en miradas de complicidad que lo decían todo. El atardecer inundaba de colores apagados el cielo. No teníamos palabras y no hacían falta. Reíamos. De pura felicidad. Sabiendo que otra persona entendía el amor a aquel paisaje. Castizo y puro. No hacía falta -decían nuestras miradas perdidas en el horizonte- recorrer medio mundo para sobrecogerte. Las suaves pendientes nos arropaban en un espectáculo que explotaba en cada recodo. Cada cuneta, cada brezal, se disponía a nosotros. Los trigales acababan de ser segados y las alpacas, cuidadosamente apiladas, ofrecían el mejor palco para una puesta de sol. Para nuestra puesta de sol. Casi estábamos en la reserva de gasolina, pero en los últimos minutos de sol nos olvidamos por completo. Nos abandonamos al silencio. Una iglesia, antigua y abandonada, se recortaba a lo lejos, adivinándose solo la silueta. Urueña a nuestra derecha, altiva, se erigía en su colina milenaria. Por un instante, fuimos parte del ocaso, huíamos del día con él. Luego el sol desapareció tras el desdibujado horizonte amarillo y rosa y volvimos a ser quienes éramos. Mas tarde, con el corazón rebosante, la oscuridad nos acompaño de vuelta a casa.
Cuando abandono este lugar estos campos y estos atardeceres únicos se despiden de mí. Alumbrando a su manera sus montañas y arrollos. Orquestando un final personal e irrepetible. Borges siempre acude en mi ayuda:
...noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino,
firmamento que estoy viendo y perdiendo.
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