miércoles, 7 de octubre de 2015

Y como espada empuñaré tu sonrisa

Esta ciudad quiere mi alma. Pretende mi sangre, mi desgracia. Su certeza palpita en la calles. El cielo, invadido de un gris ceniza, se abalanza sobre mi y me falla el coraje. Olvido las palabras que me salvan. La tentación está por todas partes: en los lunes, en las siete de la tarde, en la lluvia, en los cubiertos de plástico, en las ventanas de guillotina. El final rápido y sincero que todo ello evoca. El abismo está en las miradas vacías de los transeúntes, en la débil luz de la mañana; esa luz que despierta el sentimiento de huida, la necesidad de abandonar. El otoño perpetuo en el que está anclada. El viento errático, los pasos rápidos que no quieren -ni saben- llegar a ningún sitio. El miedo a perder o a triunfar. Las salas con pantallas cegadoras, las luces, el eco que en todo repercute magnificando la soledad. Esta ciudad se ha salvado a sí misma tantas veces que no recuerda la compasión pero sí la tragedia. Siempre ha llovido y siempre hubo barcos que buscaron sitios menos mortales. Las murallas, ya desmoronadas, que encerraron al Bardo de Avon se erigen entre la bruma y los lamentos, buscando lo que en mi resiste. 
Debería, entonces, entregar mi espada. Renunciar a la esencia que me perfila, al carisma que en mi late y revive. Perder el brillo en los ojos. Rehuir el silencio, ese último recoveco donde se reina sobre lo que uno calla. Debería relajar los hombros, no apretar los dientes y recibir sus tormentas a cielo cubierto. Y si me inunda, no debería disfrutar con ello. Abandonar el fuego. Recordar viejos soles, el tacto cálido de la piel, perderme en mejores recuerdos. No romper lo que escribo. Vivir cediendo, olvidando. Traicionarme y ser un último Viriato. Pero no será así. Se vive rompiéndose: traficando con certezas, amor, ilusión y desvelos. El cielo engulle los últimos estertores del día. Será sin banderas, sin honor, sucio y despiadado. Esta ciudad quiere mi alma y yo estoy listo para su guerra. 

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