Esta ciudad quiere mi alma. Pretende mi sangre, mi desgracia. Su certeza palpita en la calles. El cielo, invadido de un gris ceniza, se abalanza sobre mi y me falla el coraje. Olvido las palabras que me salvan. La tentación está por todas partes: en los lunes, en las siete de la tarde, en la lluvia, en los cubiertos de plástico, en las ventanas de guillotina. El final rápido y sincero que todo ello evoca. El abismo está en las miradas vacías de los transeúntes, en la débil luz de la mañana; esa luz que despierta el sentimiento de huida, la necesidad de abandonar. El otoño perpetuo en el que está anclada. El viento errático, los pasos rápidos que no quieren -ni saben- llegar a ningún sitio. El miedo a perder o a triunfar. Las salas con pantallas cegadoras, las luces, el eco que en todo repercute magnificando la soledad. Esta ciudad se ha salvado a sí misma tantas veces que no recuerda la compasión pero sí la tragedia. Siempre ha llovido y siempre hubo barcos que buscaron sitios menos mortales. Las murallas, ya desmoronadas, que encerraron al Bardo de Avon se erigen entre la bruma y los lamentos, buscando lo que en mi resiste.
Debería, entonces, entregar mi espada. Renunciar a la esencia que me perfila, al carisma que en mi late y revive. Perder el brillo en los ojos. Rehuir el silencio, ese último recoveco donde se reina sobre lo que uno calla. Debería relajar los hombros, no apretar los dientes y recibir sus tormentas a cielo cubierto. Y si me inunda, no debería disfrutar con ello. Abandonar el fuego. Recordar viejos soles, el tacto cálido de la piel, perderme en mejores recuerdos. No romper lo que escribo. Vivir cediendo, olvidando. Traicionarme y ser un último Viriato. Pero no será así. Se vive rompiéndose: traficando con certezas, amor, ilusión y desvelos. El cielo engulle los últimos estertores del día. Será sin banderas, sin honor, sucio y despiadado. Esta ciudad quiere mi alma y yo estoy listo para su guerra.
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