lunes, 20 de julio de 2015

El brazo de Nelson

La leve oscilación de una voz que lucha por no quebrase. La distancia, infinita, rota por una llamada. El estómago encogido. La ausencia, tangible y despiadada, los últimos consejos. Una mirada perdida. Un suspiro lejano, con razón de ser, el ritmo conseguido. Yo me descubro ante el acero español de hace doscientos años. Y huelo el miedo, el honor, la pólvora y los cañones del San Juan Nepomuceno; el grito de Churruca. Un monumento a la muerte y la gloria. Y en mi interior resuena Millán Astray. ¡Viva la muerte! Pero que sea a tu lado. Me coges de la mano mientras el mundo se desploma y el cielo estalla una madrugada de diario. Los ojos que no me miran y los labios que recuerdan: Ten claras las ideas. Las palabras vienen solas. Mis dedos se despojan del pretexto. El sudor perla mi frente y calculo que, al final, solo queda una opción; a la que siempre se recurre: Seguir.

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