Supongo que no es fácil reconocerte ciertas cosas,
determinadas debilidades. Tampoco confesar temores, aceptar fracasos ni llorar
derrotas. Llegar a la conclusión de que has perdido. De una manera o de otra,
no has conseguido lo que tus ojos de niño soñaron con ser. Aun así, hay gente
que lucha, que no se conforma. Que miras en sus ojos y sigue habiendo fuerza,
desafío. Sus voces son sonoras y sus convicciones fuertes. Y me gusta esa
gente. A lo mejor me gusta porque tengo una delante que ha hecho de la
resignación un sacramento y de la risa su medicina. Y consigue salir de la cama
cada día pensando que aún hay esperanza. Que si luchas, todo llega. Porque
llorar no es tan malo, y llorar de rabia libera. Hay días en los que tienes que
gritar en un coche aparcado dando golpes al volante. O conduciendo una moto.
Porque la angustia es energía. Sin desesperación no llega la búsqueda, sin
búsqueda, no hay cambio. Porque en eso consiste tu pecho en llamas. En caer,
pero levantarse. No le pido mucho al futuro, El Hado, ese desconcierto de destinos. Sólo que mis músculos, convicciones e ideas sigan adelante. Que nunca se rindan. Que un fuego, cada noche de ansiedad, pueble mis
pulmones, mi estómago, mis miedos; que consuma las dudas y que ilumine mi
camino. Por lo menos saber a dónde se quiere llegar. La vida, según dice peña
que sabe más que yo, llega cuando tienes algo que hacer, alguien a
quien amar y alguna cosa que esperar. Por eso escribo, por eso te
quiero en este silencio desesperado y por eso sigo buscando.
Por eso me gusta esa gente. La que es capaz de sonreír
cuando el estómago le da vueltas. Las que escuchan, las que tienen dudas pero
aun así aprietan los dientes, cierran los puños y se lanzan al vacío. La vida –el
cambio- es un salto de fe. Me gusta la gente que se la juega. Pierdes porque
has apostado. Ganas porque has perdido. Gente fértil en silencios. Los que
siempre están ahí, sujetándote sin pronunciar palabras, mirándote el alma y
acompañándote en un dolor que conocen. No siempre existen palabras de consuelo
y me gusta la gente lo sabe. Me gusta la gente que evita el: Hay más peces en el mar. Porque saben
que te la sudan el resto de peces. Me gusta la gente con fuego en los pulmones,
con ganas de olvidar, la gente con poco tacto, la gente que dice que no,
cojones. Que no quiero. Lo auténtico hecho frase. La personalidad en una
mirada. Me gusta los que siguen siendo optimistas informados, que básicamente
son pesimistas; y me gusta la gente que es capaz de decir cosas que duelen pero
que curan. ¿Os gustáis eh? Pues se está
follando a otro. Gente de alcohol y betadine. Palabras que duelen y paseos
que reconfortan. Gente que escucha, joder. Que no necesita ser nadie. Y menos
delante de ti. Que se la pelan las modas, que si no quieres yo tampoco –si tú
no vas, no voy-; y si me apetece voy yo sólo. Gente leal infiel: los que siguen
los designios de sus impulsos rompiendo diques, barreras y relaciones; rehaciendo
corazones. Los que no tienen cabeza pero sí el doble de sangre -de ganas, de rabia- en el cuerpo. Lo
fascinante de la química humana. La gente con principios, gente que dice: no me parece bien, pero haz lo que te salga
de los cojones; y después de partirse la cara por ti pregunta que
qué ha pasado. Aunque lo sabe, o lo intuye. Gente que le dice a su padre que ha salido a él. Gente para los
que la distancia es sólo un número, la risa un medio de transporte y el
whatsapp un puente. Gente que merece la pena. Gente que hace que, cada día,
puedas y quieras volver a empezar.
En fin, peña que debería decir muchas cosas, pero que se las
guarda porque prefiere hacerlas. Se desesperan, se reinventan y te arrastran a
emociones imposibles. Gente inquieta. Gente que arde y brilla. Gente que en su
silencio se adivina una enérgica proclama a favor de seguir luchando. A favor
de seguir viviendo.
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