¿Ya estás contenta?
No
¿Por qué?
Dame un beso
Mi frialdad se desmorona y no puedo mentirte, no tan bien como antes. A pesar de ello, mi verdad te traspasa, y tú, te revuelves contra ella; contra la certeza, a favor del caos. Corazón errático. En tu mirada está el niño que dejé de ser hace mucho tiempo. Por eso creo que te debo alguna explicación, para compensar tanto silencio. Aun así, nunca sabrás interpretar el temblor que me alcanzó esa última mañana de enero. Cuando decías que no querías seguir esquiando. Tus ojos verdes oscilando entre las lágrimas y la rabia. Tú tirada en la nieve y yo riéndome. De ti, de la situación, del mundo.
Es una lástima que vengamos de antiguos errores; y una pena que estemos condenados a repetirlos.
Pero no es nuestro ahora, ni nuestra circunstancia ni ese lugar donde las mareas, las estaciones y el movimiento de la tierra se reúnen. Esa mirada febril, tanta definición, tanta palabra, tanto amor. Cuando al final son sólo gestos. Confidencias. El beso arrobado, lento, mientras entrelazas las manos alrededor de mi cuello. Eso, todo eso, son gestos en los que cada vez creo menos. Hay cosas que están condenadas a un final. A una última explosión. Está la rutina, el fulgor decreciente, la erosión. Factores de desgaste. Esa puta película, El amor dura tres años. Perder el vértigo. Quizá me acojone eso. Extraviar el miedo. Olvidarlo. Y no lo sé, de verdad que no sé, cuál será el -nuestro- porvenir.
Aun así, ten en cuenta, que se llama porvenir porque no llega nunca.
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