viernes, 19 de septiembre de 2014

De cómo Cortázar perdió la cabeza


¿Qué tendrá esta oscuridad?
Lo dice un mamao mirando al cielo en la ladera de un castillo. Escucha, de madrugada, preguntarse eso. La oscuridad y todas esas gilipolleces. Y se acuerda de Rust, diciendo, reflexionando sobre la lucha ancestral de las estrellas y la negrura del cielo. De la luz contra esa oscuridad.
Y sonríe. Porque cree que ese borracho –y, a su pesar, amigo- no ha entendido nada.
Sube, por ejemplo, por Montparnasse. Reflexionando sobre la vacuidad del tiempo y lo intangible del amor, la amistad y los recuerdos. Tiene el corazón resabido y en sus ojos no hay blancura suficiente para la compasión; y mucho menos para los suspiros. Ya no.
Aprendió que los lugares no son importantes. Que la catedral, el mar y los campos infinitos de trigo le sobrevivirán y que serán importantes para otros. O más temibles. Tuvo que aprender, a base de perder instantes, que lo que resuena en las paredes cóncavas del alma es la risa, las miradas cómplices y las noches de brisa cálida que embotan los sentidos. Lo demás eran circunstancias
Desentrañó, en noches necesarias, la esencia del sentirse opaco. Sin salida. Sin opciones.
Ha llegado el momento de que se quiten las caretas. Se miran a la cara y aceptan, con ojos abiertos e incrédulos- que el pasado es irrecuperable. Y que su amor, fue –nunca tuvo valor presente- una verdad efímera. Y dejó de escribir por convicción y perdió muchas miradas en muchos horizontes. Contemplando lo que estaban dando por hecho. Pero la conclusión es que siempre perdía. Siempre lo hacían.
Y dan igual los lugares, los recuerdos, porque todo les lleva a un fin que en verdad es el comienzo de otra aventura. Otro volver a empezar. Ya no hay dolor, ni ese lastre en el pecho tan cruel e innecesario.
Porque crecer es mirarse al espejo y saber que aquí hemos venido a palmar. Morir matando. A sentir, a llorar y a reír. Que nada es fácil. Y que si algo es demasiado bueno para ser cierto, no lo es. Los consejos secos y frases escuetas cargadas de batallas. De tragedias. Ya hemos crecido tanto que sabemos de lo que hablamos. Y sabemos lo que queremos. No nos hace falta nadie para reinventarnos y hemos aprendido a no gritar de impotencia los domingos.
Por eso agoniza una etapa. Un camino. Tantos mundos, tanto tiempo, tanto espacio… y coincidir. Y hay que cerrarla. La etapa de los libros y de responsabilidades con matices. Incluso la etapa de Palma. La inocencia perdida y todas esas mierdas que ahora añoramos. Nuestras miradas, a partir de ahora, siempre buscarán desafíos. Altura y vértigo. Sorpresa. Y ya no vale, no. Los errores desfilan por una memoria cansada pero dispuesta a todo. Lo anterior, todo lo escrito hasta hoy, hasta ahora, ha sido un escalón. Un pretexto. Quizá, algún día, pueda escribir de un viaje o de una mujer o de un amigo con la altura necesaria. Incluso conseguiré plasmar esa nostalgia con palabras, pero nunca será lo mismo. Es lo que dice Cortázar, que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. Y luego todas esas medias personas. Que no han sabido bajar al barro y luchar.

La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.
La huída de explicar algo con palabras. El amor de La Maga. Horacio. Como, al final, todo es un juego de luces y de lugares. Siempre ajenos a nosotros mismos. El capítulo 93, entero.

Tendemos a inventarnos mundos imposibles. Utopías que se esfuman en cada conversación; en un beso robado o en un amanecer que resume un día, un año o una vida. Vidas forjadas en décimas de segundos. 
Una mujer magnificada a constelación.

Y siempre, al final, todo se reduce a lo que oculta esa impenetrable oscuridad. 

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