Oigo con cierta nostalgia los pasos de unos zapatos. Resuenan en el mármol. Y en la soledad de un salón inmenso y vacío un hombre admira el techo mientras camina con las manos en la espalda. Con el sonido de sus zapatos llenándolo todo. Como si hubiesen encendido una vela que todo lame con su luz.
Así hay que esperar a alguien.
Con el corazón encogido porque siempre hay que marcharse. Porque todo acaba. Mirando por la ventana suspirando inventando futuros alternativos. La sonrisa derrotada.
Habría sido brutal conocerte.
A veces, todo es tan simple como saber disfrutar un atardecer. Saber hacerlo con los ojos cerrados. Notando como el calor de un sol agonizante recorre tu piel. Sentado. Pasando imágenes en tu cabeza como diapositivas. Seleccionando la gente con la que te gustaría disfrutarlo. Imaginando que al abrir los ojos, estará a tu lado, disfrutando en silencio.
Como cuando mi abuelo me decía que madrugar es de valientes.
Me habría gustado volar con él. Y cazar con él. Haber sabido leer en su mirada azul cuando encendía el fuego de la caseta. Se quedaba mirando cómo crepitaba. Y sonreía de lado, como esquivando balas - o recuerdos-. Sus manos decían tantas cosas que aún recuerdo cómo me acariciaba el pelo. El ritual de cargar su escopeta. Aún recuerdo cuando me decía que la clave del vino estaba en la lengua.
La melancolía es una mañana de invierno que te hace apretar los dientes.
Susurro frases sin convicción. Convencido de que no tienen ningún destino. Que sólo yo tengo un camino y que lo que siento se perderá en unas montañas y en un cielo que desconozco. Y que no he tenido tiempo de desentrañar del todo. Las ventanas me dicen - me gritan- todo lo que pronto perderé y yo sólo puedo escuchar música para aplacar la parte de mi que se rebela. Que se lia a puñetazos con mi resignación.
Somos valor puntual.
Tengo tanta ropa que huele a una mujer que mi memoria no quiere recordar. Y, cuando lo hace, se me anegan los ojos de unas lágrimas que no me pertenecen. Tan sólo porque le he robado al tiempo pedazos de eternidad. Las calles se ciernen sobre mi. El cielo quiere un sacrificio. Y ella no puede darme lo único que calmará mis hombros extenuados. Mi alma sedienta.
Cuando se acaba un viaje siempre es otoño.
Da igual que vuelvas a Madrid. Da igual. Ya no existirá un sofá donde no encontrarte. Ni la manta que tejí intrincando sueños y esperanzas una tarde de octubre. La madera no será tan oscura y la humedad de las librerías habrá despertado con nosotros, mojándolo todo.
Supongo que gritaré, al final, cuando llegue el atardecer. Cuando crepite el fuego. Cuando adivine en el cielo el azul de unos ojos que olvido, sin remedio, poco a poco. Me asomaré al dolor cuando mi ropa sólo huela a mi. Me crujiré los nudillos y sonará el eco de pasos impacientes en salones solitarios.
Mientras me repito un nombre.
Mientras espero bajo unos soportales y mis pasos resuenan, a lo lejos, en una noche templada de febrero.
Mientras busco las palabras para poder despedirme.
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