En el principio
ella era el negro y el misterio
era risa contenida
ojos altivos que buscaban desafío
y pies pequeños con los que pasear.
Su piel era un destino
y cruzaba las piernas como quien cruza el campo.
Su rostro no pretendía más de lo que era.
Y aun así, era una belleza terrible. De final de sangre. De luz de estrella.
Él, en un principio,
pensó que sería sencillo.
Y pensó que el futuro no brillaba; no tanto,
pero que podrían quemarse juntos.
Sin descripciones,
con voracidad, se abandonaron el uno al otro.
Sin esperanza. Hubo reservas, sí, ojos suspicaces
pero se rompían cuando estaban juntos.
Se enumeraron, una a una, las ganas.
Deshojaron las manecillas de un tiempo que les perseguía
y que era del todo suyo.
Con vino tinto y blanco se estrellaban, cada noche,
en un arcano ritual de manos y quiebros.
De roce y escalofrío.
Piel al servicio de la piel. Miradas materiales.
Tan cómodo,
en su colonia de otro mundo,
en la antagonía que le era asignada,
en sus manos,
volvía a casa con el corazón resonando en cada paso.
Después del amor
volvía a una calle
sin luces
sin gente
y sin lluvia
donde nada importaba
y donde reinventaba su euforia
desmembraba recuerdos
desenterraba su parte del botín.
Y de nuevo se dijo:
qué sencillo.
Pero el futuro se ahogaba en una oscuridad sólida
y su fuego se quedaba sin pretextos. Sin golondrinas.
Sin ella su copa estaba vacía,
sus ojos perdidos,
sus brazos sin motivos.
Con calma desesperada
con manos de destino truncado.
Lento, constante y resignado.
Empezó,
como un león enjaulado,
a rugir de nostalgia
herido de recuerdos salvajes.
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