lunes, 2 de septiembre de 2013

Que sucede en septiembre

Bodas. El problema de hacer un viaje de cinco horas con mi madre y mi hermana es que, últimamente, sólo desemboca en una cosa: bodas. Mi madre, de copiloto, con el Hola en el regazo, se gira para encarar a mi hermana que se apoya en el respaldo de los dos asientos delanteros, inclinada hacia delante. Hablan y hablan de bodas. Que si se ha casado no se quién de Jordania. Que si el hijo de Fulana en septiembre. Regalos de pedidas, relojes, joyas, cuánto cuesta un cubierto, que si tu a mi boda no vas a invitar a todas tus amigas y un largo etcétera.

Oye mamá, entonces, ¿qué bodas tienes tu ahora?

Pues en septiembre la de la hija de María y en octubre el hijo de Carmen. 

¿Y que vestidos te vas a poner?

En septiembre, el mismo que el de la graduación de tu hermano. Y para octubre me he comprado uno verde monísimo. 

¡Mamá! ¡No puedes repetir vestido!

A veeer, es gente diferente. ¡No se van a dar cuenta!

Ya, mamá, ¡pero en las fotos se ve!

Y así todo el rato. 

Sé poco sobre bodas. He ido a muchas de pequeño. Tengo fotitos llevando las arras en una boda de unos primos lejanos -desconocidos-. Algunas en mi adolescencia, con mi madre tajada con dos vinos y mi hermano rogándome que le pida Malibú con piña. Y un par recientes pero muy tranquilas. 

Lo que sé sobre bodas, más bien, lo que sé sobre compromiso me lo enseñó el padre de mi tío político. Cada vez que alguien habla de bodas o se pregunta en voz alta quién será su mujer me acuerdo de una tarde de invierno en Logroño, en casa de mis abuelos. Mi tía Painto -yo la llamaba así de pequeño- es la ama y ya había conocido a unos tres o cuatro novios suyos. Mi abuelo sólo negaba con la cabeza y suspiraba cuando mi abuela le decía que venía con alguien. Pero esta vez era diferente. Se hablaba de pedida y mi tía, siempre sonriente, era un manojo de nervios. Esa fría tarde de diciembre anunciaba algo más. Mi madre nos había arreglado y mi abuela nos había repetido, mil veces, que nos comportáramos. 

Y sonó el timbre. 

Mi abuelo, paciente, se aproximó a la puerta. Seguido por mi tía, dando saltos y susurrado a mi abuelo. 

Y papá acuérdate de...y por favor no cuentes nada de lo de...

Todo regado con una mirada suplicante, teñida de nervios y gritos contenidos. 

Se abrió la puerta y una procesión de desconocidos cruzó el umbral de la puerta. El primero que entró fue el padre de mi actual tío, seguido de su mujer. Después, mi tío, Miguel, y detrás de él, sus dos hermanas. Todo fueron saludos, quetales, que alegría conocerte por fin, he oído hablar mucho de ti, ¡así que tu eres Nachete!, pasad, pasad al salón. 

Y así, estábamos todos sentados en los sofás, mirándonos mientras se intercambiaban historias. Mi padre lograba relajar la tensión contando chistes y mi abuelo se reía con esa voz profunda tan suya. Nos habíamos sentado todos alrededor de mi abuelo y del padre de Miguel. Ellos se sentaban en dos butacas, frente a frente, junto a las brasas de un fuego que ya nadie se preocupaba de avivar. La mirada de mi tía oscilaba entre Miguel y su padre. Sus dedos parecían nudos. Miguel estaba sentado rígido, en silencio. Cuando las miradas de Miguel y mi tía se encontraban, la emoción crepitaba en sus ojos. Sonreían y desviaban las cabezas. 

Y de pronto, el silencio. 

Nadie parecía tener nada más que decir. Entonces los dos patriarcas se miraron, como enfrentándose a lo inevitable. Con sonrisas de medio lado. El padre de Miguel dejó su vaso en la mesa. 

Bueno, Ignacio, aquí nos tienes a todos. A nuestras dos familias. 

Mi abuelo asintió, solemne. El padre de Miguel continuó. 

Hemos venido, aquí, todos, para hacerte una petición un tanto particular. 

Y se sostuvieron la mirada un segundo. 

He venido aquí para pedirte, formalmente, en nombre de mi hijo Miguel, la mano de tu hija, Carmen. 

Los pechos contenían la respiracíón. Y las miradas taladraban a mi abuelo. Mi abuelo, sonrio, desarmado. Enseño las palmas de las manos y miró con una ternura infinita a su hija pequeña. Después, clavó sus ojos glaucos en los de su interlocutor. 

Ante todo, comenzó, agradecerte que hayais venido, hasta aquí, a pasar la Nochebuena con nosotros. 

Posó su mirada en el suelo y retomó la conversación, alzando la vista. 

Y de lo que me pides, y habiendo hablado largo y tendido con mi querida hija, estoy encantado de darle la mano de Carmenchu a tu hijo Miguel. 

Se levantaron y se dieron la mano, acompañado de afectuosas palmadas en el hombro y un intercambio de regalos. 

Y claro, sonrisas por todos lados. Lágrimas de mi madre. Painto y Miguel cogiéndose de las manos. Mi hermana tapándose los ojos cuando se dieron un beso. Las miradas febriles y emocionadas de los dos, con ojos sólo para perderse en el otro, rodeados de todos sus seres queridos. 

Y mientras vuelvo de mis pensamientos, mi madre -otra vez en el coche-, tras reflexionar, contestando. 

No se ve en las fotos porque no las suben al Facebook. 


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