Dicen que cuando atardece las almas de la gente que han abandonado este mundo pueden asomarse a él como a una ventana. Caronte detiene su barca un momento, un instante, y el dios Ra respira complacido. El cielo se tiñe de matices rojos y anaranjados. Las nubes se ciñen al pacto secreto que tienen con los colores. El sol desaparece lentamente como una moneda encendida en el horizonte. El día se apaga y, en sus últimos minutos, nos reclama el silencio que nunca le daremos.
Los atardeceres siempre me han sorprendido en los sitios más insospechados. Me asaltaban, de repente, en lugares remotos y sublimes. Yo me asombraba, como si aquello no sucediese cada día. Como si estuviese en el lugar preciso en el momento oportuno. Y que cojones, guardo atardeceres en la retina que sólo se podrían describir con el aliento contenido y el silencio derramado en aquellos instantes. El día moría y yo estaba ahí, de pie, para gritar su nombre como Escipión gritó el de sus tribunos. El fuego siempre corría a cargo del cielo.
Una vez, mientras me perdía en la violencia de los colores del cielo africano, Ray me susurraba si pensaba en alguna mujer. Otra vez, mi primo y yo nos mirábamos en silencio mientras el sol se desparramaba sobre los campos de trigo de la meseta castellana. Tuvimos que apagar las motos para que la agonía del día nos llenase el alma. Nunca comentamos ese atardecer de silencio y paisaje, antiguos castillos recortados por una luz herida de oscuridad. En Soria vi el sol ponerse en la Laguna Negra. Cincuenta gargantas conteniendo las palabras. El sudor y el esfuerzo en la cima del Despeñacabras. En Francia he visto como los últimos retazos de luz iluminaban los diques donde tantas encamisadas hicimos. Donde las espadas españolas se tiñeron de sangre hereje. Quizá por eso me gusta correr a esa hora por la Citadelle. Los canales me recuerdan lo que fuimos y el sol que muere fue el mismo disco tibio que les alumbró. El cielo estalló para mi en el Caribe. Un amanecer deslumbrante, de cielo horneado, amigos y amor de tumbona. En Trieste el agua acompañó al sol en su letargo. En San Millán desapareció entre montañas, dejando un reguero de oro y aliñando el cielo de rojo y naranja. En Zadar fue un atardecer azul y negro. Azul mar oscuro, casi embravecido y negro perfilado de dorado. Completamente diferente a todo lo que había visto. Europa del Este me recordó a los pantalanes de mi infancia. Ese atardecer me encontró con Xavi y con ganas de perderme en su milenario misterio.
Pero hay uno que recuerdo con nostalgia. Hay un atardecer al que siempre vuelvo cuando no puedo dormir. Se ha convertido en mi bálsamo en la tormenta. En mis amotinados de Alost. Es un recuerdo que me reconcilia con mis decisiones. Me susurra que todos los caminos son irrepetibles y que lo único importante es vivir con pasión.
Navegábamos por el Mediterráneo. Dejábamos atras Formentera. Se nos había hecho tarde y el capitán desplegó completamente las velas para ganar velocidad. Yo estaba, solo, cansado en la proa. Meditabundo observaba el casco del barco romper las olas. Me mecía suavemente con el subir y bajar del mar. Manu cogió su ipod y buscó una canción mientras me miraba sonriente. Tunnel of love inundó la cubierta. Alcé la vista mientras se sentaba a mi lado.
Que canteo de atardecer, ¿eh?
Asentí sonriendo y girando mi cabeza para contemplar el sol hundiéndose en el mar cristalino. El barco continuó subiendo y bajando entre el oleaje tranquilo de las Baleares. Nuestras wayfarer blancas y falsas nos permitían observar el paisaje. El sol nos desafiaba y un sentimiento de aventura se apuntaló en nuestros corazones. Nos henchimos como las velas que teníamos a nuestra espalda. El agua estaba regada de reflejos dorados. El cielo se despedía, una vez mas, aunando en sus contornos todos los colores que gritan y luchan por no desaparecer. La música seguía con nosotros, guiando nuestros pensamientos. Haciéndonos sentir únicos e invulnerables, afortunados.
El sol agonizaba cuando viramos para encarar el puerto. El rugido naranja del cielo había dado paso a una calma azul oscura. Se adivinaban los últimos estertores de fuego. Motas de oro bramabando que nunca hay que rendirse. Justo en ese momento, de eterna calma, la música cesó y el sol desapareció tras el horizonte abrasado.
Se ha acabado la batería de los altavoces.
O algo así alcancé a oir. Yo pensaba que las casualidades no existen. Que era afortunado y que nunca podré elegir los atardeceres que me encuentran. Como nunca podré elegir la lluvia que me cala hasta los huesos, los amigos irrepetibles o un amor que me consuma hasta los cimientos.
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